• La Verdad del Sureste |
  • Viernes 06 de Marzo de 2026

CÓMO DESCUBRÍ EL NUEVO MUNDO GONZALO J. GONZÁLEZ CALZADA

Publicado el:

J. GONZÁLEZ CALZADA


En el pueblo, Tacotalpa, sólo había una escuela primaria, la “Coronel Lino Merino”. Allí terminé de aprender a leer, proceso iniciado en la escuela también primaria de carácter público “Matías P. Piedra”, de Jalapa. Era una enseñanza de tipo memorista y aunque tenía regular memoria de la que hoy me he olvidado, me gustaba. A la par del gusto por leer me hice adicto al estudio, adherencia que dura hasta la fecha. Esto que platico ocurrió hace muchos años, como en los cuentos. El afianzamiento de mi “vicio solitario”, el apego a la lectura, se vio reforzado al mirar a mi padre leer con mucho interés libros y más libros. Los solicitaba directamente a la ciudad de México, porque en aquel entonces ni cómo obtenerlos en el pueblo, ni siquiera en la capital del estado se tenía esa oportunidad. Él era comerciante y tenía muchos amigos entre los agentes de venta quienes también colaboraban llevándole libros.

En la familia ese gusto era visto como raro, ya que a nadie más le entusiasmaba semejante afición. En mi papá también se veía extraño pues apenas terminó la educación elemental y al quedar huérfano de padre a los trece años de edad, se hizo cargo de su mamá, mi abuela, y de sus cinco hermanos, todos más pequeños que él. Después de cerrar la tienda, hacer el corte de caja del día y cenar, las siguientes horas se hundía en las páginas del libro en turno. Siempre tenía un ejemplar a la mano y acostumbraba leer hasta la madrugada. Lo observaba con curiosidad y de tanto hacerlo, me nació el deseo de conocer el contenido de sus libros. Con naciente entusiasmo me fui metiendo en la lectura, no la obligada de la tarea escolar, sino en la motivada por el ejemplo paterno y así, libro que mi papá terminaba, yo lo comenzaba. De todos los iniciados, pocos leí completos.

Eran unos ladrillos, sin embargo eso me bastó para realizar descubrimientos sensacionales, saber de otras realidades, conocer personajes diversos, recorrer lugares increíbles y saber de anécdotas extrañas y hechos insólitos. Las aventuras más heroicas y arriesgadas las pude vivir en fantasía arremolinante y enajenadora con tal fuerza y entusiasmo que nunca más pude abandonar el libro, los libros. Me volví un adicto a la lectura sin concesiones y lo mejor, me hice un adicto selectivo. A temprana edad pude conocer “Servidumbre Humana” como premonición incierta. De igual manera me hice amigo de escritores como Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Charles Dickens, Fédor Dostoievsky, Emilio Salgari, Luois Stevenson, Edmundo De Amicis y otros clásicos más, quienes con sus relatos me hicieron la vida mejor. Pero no todo era seriedad. También leía revistas de monitos como la Pequeña Lulú, el Conejo Bugs, el Pato Pascual, los Supersabios, Batman y tantos más. En especial, no perdía la oportunidad de la compra y lectura de los “Clásicos Ilustrados” una serie de novelas trascendentes llevadas a la historieta, excelentes para iniciar a los niñ@s en la buena lectura, por las magnificas ilustraciones y los textos amenos. Todo lo anterior me indujo poco tiempo después, a escribir. Deseaba ser escritor sin ninguna oportunidad en aquellos años, pues el desarrollo artístico de la infancia y de la adolescencia era cuestión sin importancia para padres y maestros, a pesar de la vocación de algunos.

En secundaria estudiando en el “Instituto Juárez” de Villahermosa y con los conocimientos de biología, me nació la intención de ser médico, pero durante los meses de vacaciones de fin de año, de vuelta en el pueblo, dedicaba el día a los juegos, ayudaba en la tienda a mi padre, iba a bañarme al río con los amigos, fumábamos a escondidas y nos masturbábamos en grupo haciendo competencias y demás relajos. También, era rutina acudir a fiestas y celebraciones diversas, visitar el burdel sin que lo supiera mi papá, un decir, porque en un pueblo todo se llega a saber tarde o temprano, pero entrada la noche, mi dedicación era la lectura y desde luego la escritura a la luz de un quinqué, ya que el servicio de energía eléctrica solo se proporcionaba de ocho a once de la noche. Me desvelaba en serio. Esto durante el período vacacional.

El ambiente se hacía propicio, por lo que escribía a gusto y en solitario, como cualquier escritor que se precie de tal. Todo el mundo se iba a dormir, se suspendían los distractores y las interrupciones incómodas. Con lápiz y papel de estraza (“papel de pan” le decíamos) escribía con desesperación las ocurrencias que intentaba fueran los capítulos de una segunda novela de la que no se conserva ni una sola cuartilla para desgracia de la literatura universal. Mi primera novela la escribí al terminar la educación primaria en la escuela urbana “Lic. Lorenzo Calzada” de Teapa, habiendo sido el tiraje de cinco ejemplares que se agotó en la familia, sin poder recordar su contenido. Una lástima. Reitero, el hábito por la lectura iniciado en la escuela primaria y afianzado al observar a mi padre metido en esa rara manía, jamás he podido abandonarlo, pues leer es una oportunidad de continuar aprendiendo y aprehendiendo mundos desconocidos, vivir experiencias inéditas, multiplicarse en vida de muchos personajes, fomentar el crecimiento personal y mejorar conductas y actitudes en la modulación de la propia personalidad y la relación con el entorno. Es una actividad que ofrece ventajas y sorpresas.

Muy ocasionales desventajas. Una vez acostumbrados a la lectura, uno se hace adicto a ella, sin poder abandonarla nunca y qué bueno, por tantos beneficios que generosamente ofrece. Sería tonto deshacerse de algo tan valioso. El consejo es sencillo: leer no es perder el tiempo sino ganar vida, vidas. dr_calzada@hotmail.com