CORRUPCIÓN E IMPUNIDAD
La corrupción carcome las estructuras de la vida pública y política, socava la democracia, merma la confianza en las instituciones y provoca desigualdad social e inseguridad.
Eso precisamente ha sucedido en México los últimos sexenios, incluido el que está por terminar, pues ese flagelo se ha convertido en la raíz de todos los problemas que nos aquejan, y de la mano de la impunidad, ha convertido a nuestra nación en un paraíso para delinquir sin ser sancionado.
Según el estudio denominado Índice Global de Impunidad México 2018, presentado recientemente por el profesor de la UDLA Puebla, Gerardo Rodríguez Sánchez-Lara, en 26 de las 32 entidades federativas del país, el sistema judicial “está colapsado” por la falta de policías y de jueces, lo cual genera una condición de “impunidad rampante” que pone en riesgo el futuro del país.
Esto demuestra que en el país, la impunidad es generalizada y alcanza niveles alarmantes, que lo colocan en el cuarto lugar a nivel mundial y en el número uno en el continente americano, advirtió el especialista, quien señaló que solamente se denuncian entre cuatro y cinco delitos de cada 100 cometidos, y de estos cinco, aproximadamente un 12 por ciento llegan a un tipo de investigación con resolución favorable o en contra del denunciante, lo cual hace que la impunidad por delitos generales en el país sea del 99.3 por ciento.
Es por eso que para combatir la corrupción e impunidad, tanto quienes tienen responsabilidades públicas como los ciudadanos, están obligados a consolidar, para bien la comunidad, una nueva cultura de la legalidad, pero también una bien cimentada de la denuncia.
Si se quiere una mejor sociedad, los funcionarios públicos están obligados a ceñir su actuación dentro de la honradez y la transparencia, en tanto que la ciudadanía debe actuar con civilidad y no prestarse a la comisión de actos de corrupción.
Desgraciadamente esto se lee muy fácil, pero no lo es y por ello se ha tenido que crear herramientas que aunque de reciente creación, deberán de echarse a andar pronto y vigilar su funcionamiento muy de cerca.
Una de ellas es el Sistema Anticorrupción, con el cual se ha mandado una clara señal de la necesidad existente de correctivos ejemplares. Necesidad de ver que quienes cometen actos deshonestos forzosamente rindan cuentas ante la justicia; es decir, de acabar verdaderamente con la impunidad.
Para que ese sistema funcione, deberán existir en los tres órdenes de gobierno, funcionarios que actúen con honradez y alto sentido de responsabilidad en el manejo de los recursos públicos, pero también ciudadanos vigilantes, lo cual parece una tarea sumamente difícil, debido a que el “modus operandi” de muchos de ellos aún sigue siendo el saqueo en unos y la rapiña en otros.
Por ello, no solamente la clase política, sino también la ciudadanía en general, deben predicar con el ejemplo de actuar con sensibilidad y conciencia social.
Todos queremos un Tabasco con mejores niveles de salud y educación, en el que haya trabajo e igualdad de oportunidades; en el que exista crecimiento económico y bajos índices de inseguridad, pero ello solamente es posible desterrando la corrupción e impunidad, porque es sabido que estas limitan el desarrollo económico y social, afectan la inversión, disminuyen la eficacia de los programas sociales e incrementan la desigualdad.
La corrupción tiene un costo aproximado de entre el ocho y diez por ciento del PIB nacional, por lo que para enfrentarla será necesario simplificar y modernizar los servicios gubernamentales –incorporar tecnología—, ya que la ineficiencia de los mismos propicia actos de corrupción entre funcionarios y ciudadanos.
Otros puntos por atender son la especialización de las personas encargadas de combatir la corrupción y fomentar la participación de la sociedad en la construcción de sistemas locales anticorrupción.
En síntesis, cimentar una cultura de la legalidad --con programas de educación y prevención para niños, jóvenes y adultos, a fin de contar con una sociedad que rechace las prácticas corruptas-- sería caro, pero es más caro padecer las consecuencias de ese terrible flagelo.