CORRUPCIÓN: PLAGA PERMANENTES EN LA HISTORIA DE MÉXICO
La corrupción como el uso ilegitimo y arbitrario del poder público para el beneficio privado, ha sido una de las plagas que ha azotado a México desde la época colonial hasta nuestros días; así lo constata la famosa frase de Álvaro Obregón, presidente de 1920 a 1924, quien al sostener de manera cínica que la corrupción es normal en el quehacer público dijo: “no hay general que resista un cañonazo de cincuenta mil pesos”.
En el México posrevolucionario, el gobierno de Miguel Alemán de 1946 a 1952 se convirtió en el sinónimo de corrupción, al permitir que la clase política amasara grandes fortunas mal habidas; lo cual fue recreado por Luis Spota, en su novela Casi el paraíso, donde narra como la élite política de aquella época hicieron del robo, la traición y el asesinato su modus vivendi. Mientras la corrupción se convertía en un estilo de hacer política, los gobernantes simulaban combatirlo; el presidente Luis Echeverría, solía decir en sus proclamas, que el fenómeno de la corrupción en la administración pública “era un cáncer de la Revolución”.
En el sexenio de José López Portillo, quien permitió y solapo una era de corrupción sin precedentes, al nombrar como jefe de la policía capitalina a su amigo Arturo “el Negro” Durazo, se atrevió a decir durante su campaña en contra de la corrupción “que, si el famoso revolucionario Emiliano Zapata hubiese estado vivo, lucharía contra los funcionarios gubernamentales deshonestos”.
El presidente Miguel de la Madrid, usó como lema de campaña la “Renovación Moral”; mientras que su sucesor Carlos Salinas de Gortari, centró sus acciones para “combatirla”, encarcelando a líderes sindicales y financieros que se opusieron a su candidatura.
La corrupción también ha sido una constante en los gobiernos panistas, como el caso de la empresa Oceanografía, donde los involucrados hermanos Bribiesca Sahagún, hijos de la esposa del ex presidente Vicente Fox, utilizaron la influencia presidencial para hacer negocios a costa del patrimonio de Pemex. En el gobierno de Felipe Calderón, tan solo para referirnos a uno de los casos más conocidos, aunque no el más grave, podemos citar la estela de luz para conmemorar el Bicentenario de la Independencia, que de un costo inicial de 400 millones, paso a un costo final de mil 35 millones de pesos.
En el México actual, la corrupción continúa campeando a sus anchas en el país, tan solo en 2017 han sido detenido por acusaciones de corrupción cuatro ex gobernadores priístas: Eugenio Hernández de Tamaulipas, Javier Duarte de Veracruz, Tomás Yarrington de Tamaulipas y Roberto Borge de Quintana Roo. Por parte del PAN, sobresale el caso del ex gobernador de Sonora, Guillermo Padrés, quien enfrenta un proceso judicial por diversos actos de corrupción.
Esta oleada de corrupción se ve reflejada en la publicación anual de Transparencia Internacional del Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) 2016, la cual ubica a México en el número 123 de 176 países, situándose debajo de Pakistán que ocupa el sito 116, Perú con la posición 101, El Salvador se sitúa en el lugar 95, Colombia en el 90 y Sudáfrica en el 64.
De acuerdo a dicha medición, entre las 35 economías que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), México es considerado como el más corrupto.
El Informe anual sobre el Clima de Negocios en el Mundo 2017, elaborado por el Departamento de Estado estadounidense, ubicó a México por tercer año consecutivo como uno de los países más corruptos, tanto en el sector público como en el privado; concluyendo que la corrupción imperante en nuestro país presenta serios retos para el Estado de Derecho y enfatiza que la respuesta del gobierno de Peña Nieto para combatir la corrupción ha sido “lenta e ineficaz”.
La corrupción como plaga social y económica, va más allá de un simple concepto, en la vida real se traduce en el robo de los ingresos de los hogares mexicanos, de acuerdo al Banco de México y el Banco Mundial, representa cerca del nueve por ciento del Producto Interno Bruto (PIB); pero no solamente eso, la corrupción también mata, como se ha podido constatar en los terremotos de las últimas semanas, donde varías edificaciones que se derrumbaron cobrando cientos de vidas humanas, no cumplían con los requisitos de las normas de construcción, pero si contaban con las autorizaciones por parte de la autoridad.
Mientras nuestras autoridades se ponen de acuerdo para instrumentar de manera plena el Sistema Nacional Anticorrupción, como ciudadanos empecemos desde nuestros hogares el fomento de los valores morales, éticos y cívicos, que dan cohesión al tejido social de nuestra sociedad y representan uno de los recursos más efectivo para combatir a la corrupción.
Manuel Rodríguez González
Presidente de la Fundación Vital y del
Movimiento de Renovación Global
www.manuelrodriguez.mx