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La Verdad del Sureste

CRIMINALES II


Henry Laufenburger escribió: “Cuando los conservadores llegan al poder, ellos son partidarios de la profusión de los impuestos al consumo.  Cuando el gobierno se asienta sobre los partidos de izquierda, éstos tienden a la nivelación presupuestaria, acentuando la tributación por la progresividad inexorable del impuesto personal sobre la renta.”

    Desde Salinas hasta Peña, pasando por Funesto Zerdillo, Vaquero Loco y Fecal, la potenciación ha estado inclinada hacia el impuesto al consumo, llámese IVA o IEPS, ambos agresivos impuestos que gravan el consumo. El impuesto al consumo lo pagan todos, ricos o pobres, propietarios o indigentes. Es un tipo de tributación criminal.
    Los principios de la escuela liberal en materia fiscal –y más los criminales del neoliberalismo económico que son su expresión más cruel y bárbara- se fundan en una errónea concepción del impuesto y sus consecuencias, así como de las condiciones del bienestar social. Según ellos el impuesto sólo se justifica como precio de los beneficios que los servicios públicos reciben en común de los miembros de la colectividad, y debe herir lo menos posible las actividades productoras, cuyo principal estímulo es la obtención de fuertes beneficios por las empresas privadas. De ahí la preferencia concedida a los impuestos indirectos, por ser los únicos que se pagan voluntariamente, de acuerdo con las necesidades cuya satisfacción garantiza el gobierno, y que pesan exclusivamente sobre el consumidor.
    Pero, hablando en plata y desenmascarándolos, todo ser humano decente y la moderna doctrina del impuesto rechazamos tales principios como falsos, injustos y antieconómicos. Son falsos, porque el impuesto es una obligación y no el precio de un servicio. Son injustos porque a pretexto de combatir el privilegio, agravan las desigualdades sociales, condenando al pobre a sacrificios mayores, dada la limitación de sus recursos, que los exigidos de los ricos.
    Y, por último, son antieconómicos, porque la riqueza pública como producción y acumulación de bienes, depende de la manera como son distribuidos estos, o sea del grado en que todos participamos en su aprovechamiento, lo que quiere decir que será tanto mayor cuanto menos grandes sean las desigualdades sociales, y que no podrá existir ni aumentar allí donde unos cuantos vivan en la opulencia y el resto en una extrema miseria.
    El espíritu fiscal de la burguesía, su bestial esencia, les impulsa e impele a: repercutir el impuesto en el consumidor. Y es tan bestial ese impulso de la burguesía que, incluso en la actual Ley del Impuesto Sobre la Renta, se grava más al trabajo que al capital. Por eso, el neoliberalismo económico -que se traduce en privatización de la riqueza y socialización del costo-, no es acorde con lo dispuesto por la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (que éste 5 de febrero cumplirá 100 años de haberse Promulgado), centralmente en su artículo 3o. fracción II, inciso a), el cual señala que: la democracia es un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo. Dice “del pueblo”, no de los empresarios potentados o del gobierno federal.
    Por esas razones, Alexis de Tocqueville afirmó en su magna obra: “El mismo impuesto que soporta fácilmente un contribuyente rico acabará de reducir a un pobre a la miseria.”
    Hace tres décadas en México: el Sistema Nacional de Coordinación Fiscal es la instrumentación jurídica que permite al Gobierno Federal el control político y económico del país.
    Súmele usted, a la escalada impositiva al consumo puesta en marcha por los gobiernos neoliberales, la depreciación o devaluación de la moneda y la movilidad de la inflación y tendrá un país pobre de pobres. Devaluar o alterar la moneda significa gravar a los súbditos con un impuesto, sin su consentimiento y, la inflación es la forma de tributación que el público encuentra más difícil de evadir, y que incluso el gobierno más débil puede hacer cumplir cuando no puede hacer cumplir nada más. Mediante un proceso continuo de inflación, los Estados pueden confiscar, de forma secreta o desapercibida, una importante parte de la riqueza de sus ciudadanos.
    Es válida la afirmación de Keynes de que: “La inflación es una enfermedad, peligrosa y a veces fatal, que si no se remedia a tiempo puede destruir a una sociedad. Los ejemplos abundan. Los períodos de hiperinflación en Rusia y Alemania tras la primera guerra mundial, cuando los precios alcanzaban un valor doble o superior de un día para otro, prepararon el camino para el comunismo en un país y el nazismo en otro. La hiperinflación que se produjo en China tras la segunda guerra mundial facilitó la victoria del presidente Mao sobre Chiang Kai Shek. La inflación en Brasil, país en el que el aumento de precios en 1954 alcanzó la cifra del cien por cien, trajo el gobierno militar. Una inflación mucho peor contribuyó a la caída de Allende en Chile en 1973 y a la de Isabel Perón en 1976, seguida en ambos países por la toma del poder por parte de una junta militar.”
    Pero Peña, y los impulsores del neoliberalismo económico se hacen guajes de estos datos; y más lo degenerados Salinas, Zedillo, Fox y Calderón. No es un apodo sino un apelativo llamarles criminales; conservadores criminales.

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