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La Verdad del Sureste

Cuento de un gallinicidio


@UTufigno

Érase una vez un reino que, al igual que otros reinos, fue conquistado por otro reino que, a su vez, había sido invadido por otros reinos. Este antecedente que no parece tener la menor importancia porque así es la historia de cualquier reino, aquí sí importa por un detalle: hace muchos años un explorador extranjero quedó maravillado con el reino de este cuento y dijo que era “el cuerno de la abundancia”. Y sí que lo era.

El reino del que hablamos, tal y como lo había dicho el explorador –alemán, por cierto-, tenía riquezas naturales nunca antes concentradas en un solo reino. Tal parecía que la naturaleza, por alguna razón que no conocemos, había sido particularmente generosa con dicho reino y con su gente. Es conocido que el 50 por ciento de la plata que circula en el mundo proviene del reino de nuestro cuento. También tenía aguas, bosques, fauna y otros tesoros. Podríamos anotar más ejemplos pero vamos al tema de este cuento. 

Había ocurrido que, ante la ignorancia de un viejo rey, un grupo de voraces extranjeros estaban apropiados de un secreto: una gallina que ponía huevos de oro negro. La corte del rey, aduladora como son la mayoría de las cortes, también restaba importancia a la gallina para no sacar de su ignorancia al rey que creía que si los huevos eran de oro negro entonces carecían de valor.

Años después llegó otro rey quien sí se dio cuenta de la importancia de la gallina y del inmenso valor de los huevos de oro negro, por lo que decidió quitarle la gallina a los extranjeros. Como era de esperarse, el rey tuvo que dar una decidida batalla para quitarle la gallina a los extranjeros y determinó que aquélla y sus huevos de oro serían para beneficio de la gente del reino.

Gracias a la determinación del rey cambió la fisonomía del reino y comenzaron a construirse escuelas, hospitales y se sentaron las bases del desarrollo de la industria nacional que creció en los años siguientes. Tal parecía que el impulso duraría una eternidad. Sin embargo, no ocurrió así.

Antes de continuar, amigo lector, debe saber algo que no le he contado. En el reino de nuestro cuento el poder se heredaba entre monarcas de una misma dinastía de sangre roja, aunque hubo dos periodos en los que llegaron al trono príncipes de sangre azul. Hecha esta aclaración, continuamos.

Durante una gran crisis mundial que llevó a nuestro reino a una crisis económica interna, asumió el poder un rey que se decía descendiente de dioses aztecas. Vaya usted a saber. Lo cierto fue que, ante un súbito aumento en la fertilidad de la gallina, decidió que había que vender toda la producción de huevos de oro y que en el futuro sólo nos preocuparíamos por administrar la riqueza. Grave error.

Tiempo después llegó otro rey, tan corto de estatura como grande en perversidad, que decidió desmembrar a la gallina en cuatro partes, pero sin quitarle la vida por completo. Tuvo la intención de aniquilarla pero se dio cuenta que podría enfrentar una rebelión, así que desistió de ese propósito. Como resultado, la gallina quedó desmembrada y el oro de los huevos continuaba sin ser transformado ya que optó por una política de importar sus derivados. 

Posteriormente vinieron dos príncipes de sangre azul que continuaron torturando a la gallina que, casi sin fuerzas, ponía huevos de oro con mayor abundancia. Uno de estos príncipes azules llegó al extremo de ni siquiera darle agua para mantener su sobrevivencia. 

Un día ocupó el trono un nuevo rey. Decían las malas lenguas que había llegado por el apoyo de aquel rey perverso del que hablamos hace rato. Puede ser porque retomó con vehemencia la idea de aniquilar a la gallina en lugar de sanarla, alimentarla y transformar sus productos.

Para lograr sus propósitos convenció a miembros de la corte, los que piensan que “la ruta más corta para enriquecerse es el sendero de la política”, de la conveniencia de entregar a la gallina. Lo hizo, pero antes de hacerlo le extrajo los huevos que aún tenía en su interior: entre 2013 y 2015 le quitó casi 200 mil millones de huevos. ¿Quién mató a la gallina?      

 

  

 

 

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