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La Verdad del Sureste

CULTURA POLITICA DEMOCRACIA Y VALORES

La corrupción


La corrupción es un problema moral. Un problema del ser humano y de su presencia como ser social. Para bien o para mal, somos lo que hacemos todos los días.
    El concepto viene del latín “corruptio” y consiste en “dañar” y transgredir los principios normativos de la conducta transparente. Por eso, el hombre corrupto viola la ley, las convenciones sociales, las tradiciones y los sentimientos más nobles de una sociedad.
    El hombre corrupto es malo y perverso. Como decía el filósofo inglés del siglo XVII Thomás Hobbes (1588-1679), “Homo homini lupus”, locución latina que significa “el hombre es un lobo para el hombre” por su maldad interior.
    Por eso, Marvin Harris, el famoso antropólogo estadounidense del materialismo cultural, subraya que “somos la especie más peligrosa del mundo, no porque tengamos los dientes más grandes, las garras más afiladas, los aguijones más venenosos o la piel más gruesa, sino porque sabemos cómo proveernos de instrumentos (de malignidad) que cumplen la función de dientes, garras, aguijones y piel en nuestra adaptación cultural”.
    El corrupto es agresivo, cobarde, deshonesto, desvergonzado e inmoral. El mal está arraigado en la codicia de conducta. Estafar, robar, engañar, falsificar documentos, apropiarse de los bienes de su vecino y del Estado es un rasgo esencial de sus funciones vitales.
    Es el “choricero” del barrio, de la asociación de desarrollo comunal, del gobierno local y de las instituciones gubernamentales. Hay corruptos en las cooperativas, en las profesiones liberales, en los partidos políticos, en las organizaciones deportivas, en las empresas privadas y hasta en la santidad de las Iglesias. El hombre corrupto soborna, corrompe a otros y paga por la ilegalidad.
    La corrupción política, como enseña el Compendio de la doctrina social, «compromete el correcto funcionamiento del Estado, influyendo negativamente en la relación entre gobernantes y gobernados; introduce una creciente desconfianza respecto a las instituciones públicas, causando un progresivo menosprecio de los ciudadanos por la política y sus representantes, con el consiguiente debilitamiento de las instituciones».
    Aunque la corrupción es de vieja data, se toma conciencia de ella en los últimos 40 años. En nuestros días se ha convertido en un fenómeno social de significativa evidencia por la naturaleza de su universalidad. Encuentra su mejor aliado en la impunidad, en la ausencia de instrumentos de control y en las recientes modalidades de criminalidad.
    Se hace necesario luchar contra la corrupción. El ejemplo de los gobernantes probos, el juicio ético de la ciudadanía, la formación escolar, el fortalecimiento horizontal de la democracia y la transparencia de los poderes de la República, los medios de comunicación colectiva y la moderna tecnología son reconocidos “frentes” de lucha contra el flagelo de la corrupción.
    La denuncia pública contra los gobiernos corruptos que “fácilmente logran trasladar capitales ingentes con la ayuda de múltiples complicidades”, contra los políticos que huyen de su tierra natal para ocultar los fondos recibidos en forma inapropiada, contra los funcionarios públicos y trabajadores privados que se enriquecen gracias a sus injustas e ilegales acciones y, en especial, contra la impudicia y el descoco (descaro) de todos aquellos ciudadanos que practican la corrupción hormiga en el ejercicio de sus funciones.
    ea: al jurista Hector Fix Zamudio. Solo con una postura coherente, uniforme, firme y organizada en sus objetivos, fines, metodología y educabilidad se combate la corrupción. Debemos apostar a la bondad natural del ser humano (Rousseau) y a sus intenciones de perfección (el hombre es imperfecto pero perfectible). No podemos permitir que los privados de libertad vean llegar a los corruptos de “cuello blanco” a ocupar importantes puestos de la estructura estatal. La lógica es clara y sencilla: Los defensores del bien (los buenos) somos más que los hacedores de maldad (los malos). Solo la nobleza e integridad del justo es competente para derrotar la corrupción de su vecino.
    Parafraseando a Aristóteles, sigo pensando que el ciudadano corrupto es “una bestia o un dios” (Érebo), perteneciente al inframundo de la oscuridad, que niega la luz de la virtud y la verdad.
    Término recordando la historia de aquel precandidato a diputado corrupto que frente a un hermoso y noble árbol le pidió ayuda para su campaña política. El árbol le contestó: “no tengo dinero, pero puedes tomar parte de mis frutos buenos y venderlos”.
    El hombre no se conformó con un poco de frutos, sino que mutiló al árbol cortando también sus fuertes ramas para venderlas como leña. Tiempo después, el precandidato regreso para obtener frutos y leña. El árbol le dijo: “No tengo más frutos ni ramas… tu egoísmo me mató pero yo volveré a crecer porque tengo mis raíces de rectitud y el bien de mi naturaleza”.
    En cambio, “tú eres el corrupto de siempre, que nunca vas a dar frutos buenos, hojas sanas ni ramas de honradez… Tú eres un “político” inmoral porque con el dinero de mis frutos y ramas compraste conciencias y engañaste a los asambleístas… en tus raíces oscuras está la indignidad de tus pretensiones… No vuelvas más para que no contamines la nueva y fresca hermosura de mi presencia partidaria».

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