Cultura política y valores
Democracia del siglo XXI
Lo que se vive en Occidente, desde principios del siglo XXI, es una rebelión contra la democracia liberal, casi como una negación de sus indudables beneficios, afectando así su salud y conciencia
política. El nuevo milenio inició una revuelta pacífica y popular de ciudadanos, con ansias de un gran cambio, al ver Estados aparentemente degenerados por años de relativa prosperidad, paralizados ideológicamente por el fin de la guerra fría, sujetos a una creciente globalización neoliberal, injusta en su distribución de riquezas.
Pero el enorme conjunto de Estados que integran “Occidente” y su periferia –en Europa, las Américas, Israel, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica– con sus versiones particulares y diferentes de esa herencia occidentalizada, necesariamente afectó a estos países de manera distinta, al formar sus propias conciencias nacionales y valores democráticos.
Contradictoriamente, la democracia liberal globalizada, que también ha tenido cabida en los países asiáticos más prósperos, al ofrecer una ortodoxia y un pensamiento crítico a tantos países, ha perdido (según sus críticos) su fecundidad nacionalista. Su descrédito, pues, ha sido no solo intelectual sino, sobre todo, nacionalista, moral y político, después del fin de las luchas ideológicas y del “fin de la historia” (ver El fin de la historia y el último hombre, de Francis Fukuyama).
¿Se ha convertido la democracia en su propio enemigo? La crítica contemporánea que se le hace –sobre todo a sociedades liberales, abiertas y democráticas– es de viejísima data y se remonta a los orígenes mismos de este sistema de gobierno en la antigua Grecia y tiene sus paralelos con el surgimiento de los regímenes totalitarios fascistas y comunistas de principios del siglo XX.
Esta nueva revuelta popular (tipificados por el triunfo de Trump en Estados Unidos, brexit en el Reino Unido y la popularidad de la ultraderecha nacionalista europea) se debe, además, a la inmensa insatisfacción que sienten sus ciudadanos al ver sus sueños frustrados, precisamente por ese neoliberalismo burgués del siglo XXI, supuestamente antinacional.
Pero la tremenda ironía es que esa rebeldía irracional está dirigida contra cada uno de nosotros, pues adversa la riqueza de nuestras diferencias; se opone a las múltiples culturas y nacionalidades que representan nuestra humanidad; es hostil a nuestra diversidad religiosa y étnica, sobre todo, es contraria a la solidaridad que nos debe unir globalmente.
La democracia, convertida en nacionalismo populista y tribal, por esta rebelión contra sus fuentes igualitarias originales griegas, recuerda la batalla entre la Atenas democrática y la Esparta oligárquica y tribal del siglo V antes de Cristo (ver La historia de la Guerra del Peloponeso, de Tucídides).
En esa ocasión, al final se impuso Esparta, que más tarde sucumbió a Macedonia, con el advenimiento después de Alejandro Magno y la proliferación del panhelenismo, fuente de nuestra civilización occidental y sus ideales humanistas.
Esta rebelión del siglo XXI, contra la uniformidad ficticia de la globalización, olvida la fuerza creadora y sin límites que la heterogeneidad humana, con su pluralidad étnica, cultural y religiosa da a la democracia, por eso no prevalecerá.