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La Verdad del Sureste

DESILUSIÓN: LOS VENDEDORES DE FANTASÍAS


La corrupción no sólo campea en el sector público; no sólo los políticos del Pri, del Prd, del Pvem o del Pan son afectos a las corruptelas; no sólo los gobernadores de todo cuño, los secretarios de finanzas de los gabinetes estatales, o los presidentes municipales padecen la enfermedad moral de la corrupción.

    También hay corrupción galopante entre los “empresarios”, financieros, banqueros, comerciantes, periodistas, policías, peritos, ministerios públicos, jueces. Y el sistema anticorrupción debería servir para combatirla, detenerla y castigar a los corruptos. No será así porque el modelo que implementó la federación y que los gobiernos indolentes de los Estados han copiado no sirve para maldita la cosa.
    |En ese tenor, nadie cree que, Andrés Granier por sí solo se “carranció” 20 mil millones de pesos; hubo decenas de subalternos que le ayudaron a saquear al Estado y siempre fue por órdenes superiores y los subalternos le pusieron ahínco al no recibir castigo, reprimenda o no destituirles y permitírselo. Granier está en la cárcel –hasta ahora- por motivos de que el gobierno federal lo castigó y encarceló.
    ¿Y Luis Felipe Graham, y Amilcar Sala, y Beatriz Luque Green, y Deyanira Camacho Javier y Sergio López Uribe, y Alma Jiménez Árias, y Mario Eslava Gómez, y Francisco Rullan Silva, y Héctor López Peralta, y Vega Celorio, y Roger Pérez Évoli, Secretario de la Contraloría, y Ariel Cetina Bertruy, ex director de Invitab, y Mabel Zurita, ex director de Invitab y Evaristo Hernández, ex alcalde de Centro, y Rodríguez Castro, y Jorge Ventura y otros –cuando menos 60 más- exfuncionarios corruptos por qué no están en la cárcel? ¿Por qué sus averiguaciones previas ni siquiera se han iniciado e integrado?
    Es cierto, “no hay hombres sin hombre”; pero “no hay hombre sin cómplices”. La culpa siempre la tendrá el jerarca superior, sea por participación o por omisión. Pero como la impunidad es la que manda… y las instancias represoras no sirven…
    ¿Quién les creerá que esos que no han podido ni querido contra estos exfuncionarios granieristas podrán servir para combatir la corrupción y querrán castigarla?
    Gran señal de indignidad (que debería dar vergüenza a quien la practica más que la que nos da a quienes somos ajenos a ella) es el hecho de mostrar sumisión reiteradamente –convirtiéndola en abyección- a un jerarca político que no ha demostrado ni honradez, ni eficiencia, ni calidad humana ni profesional, ni tolerancia; da pena ajena aquel que se pliega deponiendo su dignidad, ante un jerarca político que ha sido un desastre como gobernante, que reiteradamente se ha relacionado con bandas delincuenciales o delictivas y que su esencia es la corrupción.
    Más vergüenza debería darle (y más repudio nos genera) aquel que demuestra su sumisión y abyección si sabe que su obligación -moral, ética e histórica- es defender a su Estado y a los intereses mayoritarios de la población de su Estado y propiciar el bienestar de esta, y sabiéndolo, pretexta la “institucionalidad” para justificar su sumisión y abyección –que realmente es cobardía-.
    Pena da y genera sentida decepción ya que demuestra con su abyección que nunca mereció el cargo que ostenta, que siempre fue un “segundón” sin dotes (“achichincles”, pues), que no tiene ideas propias sino sólo cumple las órdenes que sus amos le dan aunque lo ordenado sea una verdadera aberración y resulte ser una decisión gigantescamente ilógica. Con su actitud abyecta se vuelve cómplice y no merece ningún respeto.
    Demuestra que ocupa el puesto no por méritos propios sino por el impulso y el apoyo de otro (u otros); demuestra que sólo es reflejo de otra luz y opaco espejo de figuras más luminosas. Imposible es, que si depuso sus principios –si alguna vez los tuvo-, dejó y abandonó a un lado la defensa de la soberanía de su Estado y la búsqueda del bienestar mayoritario de la población por el pretexto de plegarse a las decisiones de la cúpula “superior” para tener un margen –que es mínimo- de ejercicio económico, entonces, no hay otra forma de denominarle más que traidor y decepcionante.
    Si, además, vive rodeado de políticos segundones expertos en mentirle a la ciudadanía -y le gusta rodearse de este tipo de seguidores-, expertos en vender fantasías, venderle ilusiones y quimeras tan ilógicas e irreales –que además las cree- que nadie en la población cree, cuya labor resulta nefasta y nada de resultados positivos, edificantes o reconfortantes dan, que nada resuelven bien, entonces demuestra que los motivos por los que los designó como sus segundos, no fueron con sujeción a calidades sino a complicidades.
    Al igual que Andrés Granier, quien al caer en la cárcel afirmó que sus segundones “lo engañaron”, no le asiste pretexto alguno; y menos pretexto si reiteradamente se le dijo –incluso públicamente-, que sus segundones nadan en centenas de actos de corrupción e ineficiencia y él no los remueve.
      

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