Todo cambio democrático es sin duda cultural. Obliga a pensar de nuevo las relaciones entre el Estado, la política y la sociedad. Es, decía el clásico, la conversión del súbdito en ciudadano. Exige tanto la reinvención del sistema constitucional como del aparato terminológico: demanda la transformación del derecho y del lenguaje.
“Tapado” era aquél que en el antiguo régimen era escogido por la cúspide para ser candidato y seguro ganador en una contienda política. Fruto del ingenio de Abel Quezada hacia las elecciones de 1958 en sus cartones aparecían varios personajes encapuchados, de los cuales sólo uno iba a ser designado. Cuando la decisión se conocía, dos enormes dedos le quitaban el antifaz al vencedor.
Por inercia extralógica, cada vez que un ciudadano anuncia libremente su voluntad de participar en una campaña electoral, se está “destapando”. Nada más contrario al sentido original de la expresión, cuando la decisión venía de lo alto. Se confunde la determinación autónoma y personal de contender con el dictado inapelable de un poder superior.
Así ocurrió hace días con la repercusión mediática de una reunión del Partido Movimiento Ciudadano en que reiteré mi plena disposición para ser postulado a la Jefatura del Gobierno del Distrito Federal. El propósito era hacer claridad en un proceso particularmente confuso, tanto por la proliferación de aspirantes como por la ignorancia respecto de los acuerdos de los partidos de izquierda y Morena para formar coalición en todas las elecciones del 2012.
Contribuye también a la penumbra que no se hayan establecido todavía las reglas del contienda en el bando progresista, Ello genera la multiplicación sin restricciones de la propaganda en las calles, que solo puede ser compensada por la palabra. Induce además a los encuestadores a concentrar en un solo partido la opción electoral de las izquierdas, con lo que se reduce arbitrariamente y se la contamina con los recurrentes problemas internos que afronta el PRD.
Era urgente desatar un proceso de esclarecimiento y reflexión en torno a los términos y el significado de elección en la capital. Sobre todo después de que el PRI hizo sonar los tambores de guerra y adelantó la candidatura de Beatriz Paredes –ella sí “destapada” por Peña Nieto- que los medios han contrastado con un panorama disperso y un tanto errático de nuestro lado. Es indispensable acortar los tiempos y volver transparente un curso unificador de las izquierdas.
Siendo simultáneos los comicios defeños y los federales -aunque los calendarios electorales no sean simétricos- no hay razón válida para retrasar la contienda en la capital y perder terreno en la opinión pública. Más aun cuando la intención evidente del priismo es alinear las dos campañas y restaurar la relación subordinada entre ambas esferas de autoridad. De ahí mi comentario: “lo que pretenden no es la Jefatura de Gobierno sino una nueva Regencia”.
Surgieron ayer al debate en la Comisión de Presupuesto de Cámara durante la presentación de Marcelo Ebrard los pactos rotos de la transición en el ámbito del Distrito Federal. Primero se torcieron los acuerdos de julio de 1996 respeto de la autonomía de la ciudad para el nombramiento de sus funcionarios, la fijación de su techo de endeudamiento y la capacidad de legislar sobre todas materias no reservadas a la Federación. Después se ha triturado anualmente su presupuesto en beneficio del crecimiento del correspondiente al Estado de México.
Para colmo, el Senado ha sepultado la iniciativa suscrita en la Asamblea de la capital para reformar la Constitución Federal a efecto de otorgar plena autonomía a esta ciudad, como a las demás entidades federativas y reconocerle el derecho de expedir su propia Constitución.
He ahí el nudo de la cuestión: la cabal recuperación de los derechos ciudadanos en la capital, mermados o conculcados durante centurias. La consolidación de una ciudad libre de la dominación política, la desigualdad y la ignorancia. Esa es la verdadera lucha, que estamos dispuestos a librar.
“Tapado” era aquél que en el antiguo régimen era escogido por la cúspide para ser candidato y seguro ganador en una contienda política. Fruto del ingenio de Abel Quezada hacia las elecciones de 1958 en sus cartones aparecían varios personajes encapuchados, de los cuales sólo uno iba a ser designado. Cuando la decisión se conocía, dos enormes dedos le quitaban el antifaz al vencedor.
Por inercia extralógica, cada vez que un ciudadano anuncia libremente su voluntad de participar en una campaña electoral, se está “destapando”. Nada más contrario al sentido original de la expresión, cuando la decisión venía de lo alto. Se confunde la determinación autónoma y personal de contender con el dictado inapelable de un poder superior.
Así ocurrió hace días con la repercusión mediática de una reunión del Partido Movimiento Ciudadano en que reiteré mi plena disposición para ser postulado a la Jefatura del Gobierno del Distrito Federal. El propósito era hacer claridad en un proceso particularmente confuso, tanto por la proliferación de aspirantes como por la ignorancia respecto de los acuerdos de los partidos de izquierda y Morena para formar coalición en todas las elecciones del 2012.
Contribuye también a la penumbra que no se hayan establecido todavía las reglas del contienda en el bando progresista, Ello genera la multiplicación sin restricciones de la propaganda en las calles, que solo puede ser compensada por la palabra. Induce además a los encuestadores a concentrar en un solo partido la opción electoral de las izquierdas, con lo que se reduce arbitrariamente y se la contamina con los recurrentes problemas internos que afronta el PRD.
Era urgente desatar un proceso de esclarecimiento y reflexión en torno a los términos y el significado de elección en la capital. Sobre todo después de que el PRI hizo sonar los tambores de guerra y adelantó la candidatura de Beatriz Paredes –ella sí “destapada” por Peña Nieto- que los medios han contrastado con un panorama disperso y un tanto errático de nuestro lado. Es indispensable acortar los tiempos y volver transparente un curso unificador de las izquierdas.
Siendo simultáneos los comicios defeños y los federales -aunque los calendarios electorales no sean simétricos- no hay razón válida para retrasar la contienda en la capital y perder terreno en la opinión pública. Más aun cuando la intención evidente del priismo es alinear las dos campañas y restaurar la relación subordinada entre ambas esferas de autoridad. De ahí mi comentario: “lo que pretenden no es la Jefatura de Gobierno sino una nueva Regencia”.
Surgieron ayer al debate en la Comisión de Presupuesto de Cámara durante la presentación de Marcelo Ebrard los pactos rotos de la transición en el ámbito del Distrito Federal. Primero se torcieron los acuerdos de julio de 1996 respeto de la autonomía de la ciudad para el nombramiento de sus funcionarios, la fijación de su techo de endeudamiento y la capacidad de legislar sobre todas materias no reservadas a la Federación. Después se ha triturado anualmente su presupuesto en beneficio del crecimiento del correspondiente al Estado de México.
Para colmo, el Senado ha sepultado la iniciativa suscrita en la Asamblea de la capital para reformar la Constitución Federal a efecto de otorgar plena autonomía a esta ciudad, como a las demás entidades federativas y reconocerle el derecho de expedir su propia Constitución.
He ahí el nudo de la cuestión: la cabal recuperación de los derechos ciudadanos en la capital, mermados o conculcados durante centurias. La consolidación de una ciudad libre de la dominación política, la desigualdad y la ignorancia. Esa es la verdadera lucha, que estamos dispuestos a librar.