Elección de Estado
@UTufigno
Conforme lo prevén las leyes electorales, a la hora establecida abren las casillas para votar en los cuatro estados en que hay elecciones: Coahuila, Nayarit, estado de México y Veracruz. En los dos primeros son elecciones locales en su totalidad, los mexiquenses eligen titular del ejecutivo local y los veracruzanos renuevan sus ayuntamientos.
Muchos electores, no acostumbrados a los mecanismos de la jornada, hacen fila desde antes de la hora establecida –e incluso antes- con la esperanza de concluir rápidamente para incorporarse a otras actividades. No saben o no recuerdan que previo al inicio de la recepción de votos tienen que cumplirse una serie de formalidades, lo que prolonga mucho más allá de las ocho de la mañana el inicio real de la votación.
En un escenario ideal, las mesas directivas de casilla se integran con los funcionarios designados como propietarios; en caso de que alguno de éstos no se presente, toman su lugar los suplentes, si es que se presentaron. Después, se revisan y cuentan los materiales electorales, se arman las mamparas y los funcionarios de casilla y representantes de candidatos toman algunos acuerdos. No piense mal, amigo lector, un poco de racionalidad viene bien al inicio de la jornada.
Ahora sí, inicia la votación. Los electores, formados desde hace varios minutos, entregan su credencial para votar, revisan su nombre en los listados nominales, le entregan la boleta, emite su voto, le devuelven su credencial y le marcan el pulgar con tinta indeleble. Cumplida su misión, los electores regresan a continuar su domingo. Bueno, no todos. Dividamos, a grandes rasgos, en grupo A y grupo B a quienes no siguen un patrón ideal ciudadano.
Grupo A. Al emitir su voto sacan su teléfono celular y le toman una foto; apenas salen de la casilla envían la foto a un número que les proporcionaron previamente y desde ahí les dan la confirmación de recibido o les dan alguna indicación para ir posteriormente a algún lugar, en donde les espera un “estímulo” por haber cumplido con su obligación ciudadana.
Grupo B. Caminan dos o tres cuadras y abordan un transporte, junto con otros votantes, que los llevará de regreso a su lugar de origen. Probablemente les compensen haber madrugado en domingo con una nutritiva torta de tamal y atole. Si son afortunados, también tendrán un estímulo económico.
Los integrantes de estos dos grupos no imaginan que el estímulo recibido –torta o dinero- les será cobrado con intereses más altos que los de cualquier prestamista. De esta manera han operado, sistemáticamente, desde el poder. Saben de la necesidad de la gente y saben cómo perpetuarla. Por eso mantienen las condiciones de pobreza, pobreza que no es generada únicamente por el limitado crecimiento económico.
De acuerdo con el Instituto para la Economía y la Paz, que está lejos de ser un “instrumento de la revolución bolivariana”, México ocupa el lugar 142 de 163 países evaluados en el rubro “índice global de paz”, y el lugar número dos en muertes violentas, sólo detrás de Siria.
Con datos de la misma organización, la violencia en México cuesta anualmente el 18% del PIB. Y si a esta cifra sumamos que se calcula que la corrupción cuesta casi un 10% del PIB, resulta que entre violencia y corrupción se van 28 centavos de cada peso que circula en la economía. ¿Qué tanto podríamos hacer con ese 28% del PIB?
Aunque las cuatro elecciones son importantes, hay que centrar nuestra atención en Veracruz y en el estado de México. En esta última los motivos son evidentes: es la entidad que gobernó Enrique Peña antes de llegar a Los Pinos y es el estado emblema de todo lo que significa el PRI.
En el caso de Veracruz, en donde el PRI no parece figurar en las preferencias, hay que ver hasta dónde llega el pago de favores que los tricolores le harán a Miguel Ángel Yunes, sin perder de vista que este estado aporta el tercer mayor número de votantes en las elecciones presidenciales.
El PRI sabe lo que está en juego para el 2018 y por ello ha puesto a disposición de su candidato mexiquense todos los recursos, incluso los que aún no genera, como la compra descarada del voto mediante la tarjeta “salario rosa”.