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La Verdad del Sureste

FALLAS DE ORIGEN


Un autor y destacado asesor de diferentes programas de reformas de gobiernos y administra­ciones de todo el mundo –Crozier- señaló que, a su juicio, la mayor parte de los procesos de reformas admi­nistrativas fallidos lo habían sido por el sistemático olvido de la opinión de los ciudada­nos en relación con el enfo­que y orientación de las más diversas políticas públicas.

Las preguntas pues, que hemos de hacer a las ad­ministraciones federal y es­tatal son: ¿Es la opinión de los ciudadanos la que guía sus políticas y decisiones? ¿Qué opinión persiste de los ciudadanos respecto a la ad­ministración pública que se está ejerciendo y ofreciendo? ¿Traen calificaciones de la opinión pública, aprobatorias o notoriamente reprobato­rias?

Los ciudadanos tie­nen derecho a exigir deter­minados patrones o están­dares en el funcionamiento de la Administración, y ésta, está obligada, en toda de­mocracia, a distinguirse en su actuación cotidiana por su servicio objetivo al interés general. ¿Ha servido la admi­nistración pública en áreas -por ejemplo, de seguridad pública y procuración de jus­ticia- o han sido reprobados con calificación ínfima por los ciudadanos?

La buena Administra­ción pública es un derecho fundamental de los ciudada­nos, y un principio de actua­ción administrativa. Designar un gabinete en atención a la cuota de poder -o de tajada-que le quiere otorgar el que decide a cada grupo de po­der que le rodea y sostener a los designados, aunque haya notoria incompetencia, visi­ble ineficiencia y evidentes actos de corrupción, es sim­plemente un acto de suicidio político o de abandono del mando. Y cuando se abando­na el mando, otro lo asume para sí.

Como si éste apoteg­ma no tuviese valor ni impor­tancia, proliferan gabinetes de cuarta y quinta calidad. Cuando desde su origen la forma que se utilizó para de­signar a quienes van a venir a formar parte del gabinete está basada en darle a los gru­pos de poder -o a los grupos que el titular cree que le han apoyado y ayudado a llegar al cargo- un espacio o tajada de la administración (cual si fue­ra una cuota de botín), el re­sultado se torna desastroso.

El derecho funda­mental a la buena adminis­tración, trae consigo un re­planteamiento de ella en su conjunto. Hoy, desde la cen­tralidad del ciudadano y des­de su participación activa en la conformación de los inte­reses generales, el concep­to de buena administración y sus principales categorías deben ser formulados, ya que, la relevancia de los de­rechos fundamentales de la persona sugiere nuevas for­mas de comprender el siste­ma de una buena administra­ción pública.

El término buena ad­ministración ha salpicado la vida de las empresas y de las instituciones públicas de ma­nera creciente en un intento de mejorar el contenido de la propia actividad de conduc­ción o manejo de estas ins­tituciones, de estas corpora­ciones; más al tiempo en el que estamos, en plena crisis económica y financiera en el país. En realidad el tema es estructural y se refiere a la recuperación de la perspecti­va ética, de servicio objetivo a la ciudadanía, que siempre debió caracterizar a las admi­nistraciones públicas.

La ineficiencia, in­eficacia y, sobre todo, el sis­temático olvido del servicio objetivo al interés general en que debe consistir la esencia de la administración pública, aconsejan nuevos cambios en la forma de comprender el sentido que tiene el gobierno y administración del interés general.

Políticos hay que por azar de la suerte, de manera repentina logran obtener una posición de privilegio políti­co; corroboran su incompe­tencia e inutilidad tan luego comienzan a designar como sus subalternos a personajes improvisados que responden solo a su cercanía y amistad con el titular o a cuota de po­der del grupo que les impul­sa.

Cuando esa es la base para disidir quien o quienes ocuparan un cargo en un gabinete, toda tarea que se encomiende al miembro de gabinete no está ni siquiera mínimamente asegurada o garantizada. El desorden, de­sastre y la ineficiencia impe­ran.

Aunque esta inepti­tud es injustificable e imper­donable, es de menor enver­gadura en el daño que aquel que perpetra aquel político con experiencia que decide copar su gabinete de perso­nas recomendadas por los grupos políticos, olvidando la experiencia y el conoci­miento que se requiere para el cargo. De ahí a obtener pé­simos resultados sólo falta un ápice.

Pero que un político que suponemos experimen­tado recurra a sus enemigos y adversarios para creer­les sus amigos y designarles miembros de su gabinete, es el acabose. Más tarde que temprano perderá el poder; se lo arrebataran al entrar en alianzas y componendas sus adversarios empoderados.

El principio, y obliga­ción, de la buena Administra­ción pública, vincula la forma en que se deben dirigir las instituciones públicas en una democracia avanzada. Dirigir en el marco de la buena Ad­ministración pública supone asumir con radicalidad que la Administración pública existe y se justifica, en la medida en que sirve objetivamente al in­terés general. Si no, no sirve.

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