La filosofía, la educación y el rescate de los valores
4ª Parte.
En la China del siglo VI a.C., se vivía un escenario de gran fragmentación política e incesante tensión bélica. Ese fue el contexto en que existió uno de los más grandes defensores de la transformación moral de la sociedad, a través de la educación. Le auxilió en su labor el que si bien el belicismo tenía allí su centro de tensión, la dinastía Zhou reinante, era intérprete de un destacado desarrollo cultural y majestuosidad de las artes y letras.
Kong Qiu, nace el año 551 A.C. de familia de la baja nobleza del Estado de Lu. Años después se sería el “maestro Kong” o Kong Fuzi, y que los jesuitas del (siglo XVII) llamarían Confucio, cuya biografía se cae entre realidad y leyenda. Como ocurre con Sócrates según vimos, cuanto conocemos de su obra y pensamiento viene de testimonios y enseñanzas que sus discípulos reunieron en la obra llamada Lunyu (Analecta) misma que nos da buena cuenta de su forma de concebir el mundo y del proyecto de transformación social que intentó llevar a la práctica.
Su vida fue muy accidentada: huérfano de padre a los tres años abandona, con su madre, su ciudad natal hacia Chun Fu, desde donde desarrolla diversas tareas domésticas y laborales para asegurar su subsistencia. Así conoce y vive la pobreza y desigualdad de una sociedad con gran cantidad de problemas. Estas vivencias le llevan a ir consolidando sus ideas para transformarla. Fue ávido lector, a los quince años dominaba casi por completo el amplio alfabeto chino para penetrar obras de historia, música, poesía y literatura, que cultivan su entendimiento. Como autodidacta, define las esenciales líneas ideológicas de su pensamiento, fortaleciendo la creencia de que el cambio social no podría llegar de otra forma que no fuera a través de la educación, a la que dedica el resto de su vida.
A los diecisiete años pierde a su madre. Un puesto de trabajo (inspector de graneros) ofrecido por el gobernador de Chun Fu, le permite superar la pobreza. Desde esa cómoda posición social y económica dedica gran parte de su tiempo a sus lecturas y formación. Allí entiende que su aprendizaje servirá poco si no lo comparte con la sociedad en que convive, fundando una escuela con acceso a todos los jóvenes de la ciudad -no sólo hijos de nobles y familias adineradas- ya que su concepto de “hombre noble” no por nacimiento, sino quien obraba con rectitud y bondad. Su proyecto era desaparecer las diferencias de clase por linaje y avanzar hacia un sistema más justo en el que la diferencia entre los hombres (seres humanos) fuese su buen obrar y sus principios, no orígenes y ascendencia. Impulsaba una educación al alcance de todos, en que se formase y transmitiesen conocimientos, pero también valores. Su propuesta revolucionaria en el siglo VI A.C. es más desarrollada que muchos planes educativos multipublicitados en la Región Latinoamericana y Caribeña.
Confucio trató siempre de conciliar su tarea educativa con el ejercicio de cargos en la administración. Para transformar la sociedad, importaba dar ejemplo. Nada mejor –pensaba- que actuar en el sistema, desde dentro e incorporar medidas que permitiesen al ciudadano ver que el cambio era posible. A los cincuenta años, fue nombrado consejero del duque de Lu, Ting, con posibilidad de tomar decisiones para garantizar el acceso de la mayoría, al sistema educativo y la protección de sectores sociales más necesitados: ancianos y niños, cuyas miserias conocía bien desde su juventud.
Su proyecto nunca se afirmó. Dimite de dicho cargo, desengañado con el hedonismo del duque y su falta de compromiso, para buscar apoyo de otros príncipes y señores feudales, tratando de impulsar su modelo de buen gobernante, ejemplo para su pueblo. Corroboró que ninguno de ellos cedería un gota de su poder, ni renunciaría a su fastuoso y lujoso estilo de vida, como seguimos corroborando en la actualidad, en tanto la población organizada no haga presencia en las determinaciones oficiales.
Rendido ante tal situación, sin llegar a las ideas concebidas mucho después de la participación social en las determinaciones de los gobiernos, dedica su vida a sus estudios y enseñanzas, difundiéndolas entre su creciente grupo de discípulos, persistiendo en llevar a cabo esa transformación moral de la sociedad. El año 479 A.C., Confucio muere, tras una vida plena, dedicada a la enseñanza y a buscar el sueño sin cristalizar en su proceso vital. Sus ideas no expiran con él, su legado siguió curso a través de los muchos seguidores que tuvo. La influencia de su pensamiento lo transformó en un referente en China. Hoy, en el Planeta, su juicio fundamenta procesos alternativos de educación. Su ejemplo y el de muchos más, serán faros para ese cambio ineludible, si como individuos y sociedad queremos una educación libre, laica, equitativa, colaborativa, en que la voluntad y la palabra nos guíen hacia un mundo de paz y de concordia universales. (Continuará)
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