Ante el hermetismo de las autoridades correspondientes, para evitar el menoscabo de las siglas del balompié implicadas; pero en detrimento de la afectada, el caso de la probable agresión sexual a la silbante ofrece la oportunidad de ventilar la existencia depredadores sexuales desde directivos hasta entrenadores.
Cuando el citado delito lo comenten personas con alguna función administrativa o de mando, utilizan el acoso laboral como medida de presión, para que la posible victima consienta a sus bajos instintos dentro o fuera de entrenamiento o trabajo.
Existen paterfamilias que en sus deseos descomedidos por ver a su hija o hijo triunfar, entregan toda su confianza al entrenador a tal grado que se convierten en sus segundos “padres”.
Desafortunadamente cuando se trata de niños, estos no saben diferenciar entre una caricia de afecto de una sensual.
La posición social y el qué dirán son el principal aliado de los victimarios para burlar la justicia, debido a que los padres no denuncian por esos motivos. Si se trata de una víctima mayor de edad tampoco se atreve a revelar el nombre de su acosador y acudir ante las autoridades correspondientes por temor a las murmuraciones de sus amigos y/o compañeros de trabajo.
A nivel nacional y mundial son muchas las deportistas que han denunciado acoso sexual, generalmente de parte de sus entrenadores, que en su momento despertaron el interés de la opinión pública y después, con el paso del tiempo, se olvidó.
Seguramente, desde la óptica de la sociedad en general, nadie querrá que los acosadores de Avril “N”, quede sin castigo. Este caso es una alerta para al sector deportivo y sus directivos para organizar programas que prevengan cualquier clase de delito, promuevan la denuncia y los victimarios reciban su castigo. El poder es el poder.
