El gran debate
“El gran debate” es el título de una película dirigida y protagonizada por Denzel Washington. Basada en hechos reales ocurridos en la década de los años treinta del siglo pasado, la trama se centra en la participación de un grupo de estudiantes afroamericanos -alumnos de una pequeña escuela del racista estado de Texas- en diversos concursos de debate. El clímax se presenta cuando enfrentan al equipo de la prestigiada universidad de Harvard.
La práctica de debates ha sido un ejercicio cotidiano en las escuelas de derecho de la Unión Americana, lo inusual era el enfrentamiento interracial. Los equipos que participan en estos concursos conocen de antemano los temas a debatir y se informan al respecto, lo que desconocen es la postura que deberán defender, misma que solo se les da a conocer al momento de su intervención.
En la historia de la película, el equipo de la pequeña escuela de Wiley defiende el derecho a la desobediencia civil a partir de construir argumentos basados en el ejemplo de Gandhi, pero soportados con la carga histórica de discriminación padecida por la comunidad afroamericana. Así, el hasta entonces invicto equipo de Harvard sucumbió ante la incomprensión de las realidades sociales.
El mandato de treinta millones de votos parecería una razón más que suficiente para darle legitimidad a las acciones del nuevo gobierno. Entonces, ¿para qué consultar a esos mismos votantes sobre las principales tareas que se propone realizar la siguiente administración? La razón principal ya la hemos dicho en anteriores colaboraciones: porque la democracia no se agota en las urnas.
Por otra parte, no hemos terminado de asimilar que a partir del primero de julio estamos en un momento distinto de la historia, en una etapa en la que nuestra voz cuenta, en la que los temas públicos se debaten y se deciden con nuestra participación. Algo que no todos parecen haber entendido ni se muestran dispuestos a entenderlo, tal vez porque es más cómodo que otro decida por nosotros.
Los renuentes a las consultas señalan, entre otras razones, que hay temas que requieren de ciertas capacidades o conocimientos para expresar una opinión, lo que incapacitaría a los aficionados al fútbol para expresar su parecer sobre una jugada pues pocos conocen realmente el reglamento de este deporte. Lo mismo sucede cuando un paciente debe elegir entre distintas opiniones médicas: sin ser especialista toma una decisión de la cual puede depender su vida.
Lo importante del debate de los temas públicos es que enriquecen nuestra calidad de ciudadanos al hacernos más participativos. Hoy, sin darnos cuenta, en nuestro entorno hemos tenido intercambios de ideas con nuestros amigos y familiares sobre el nuevo aeropuerto, el “tren maya”, la nueva refinería en Tabasco o la Guardia Nacional, algo impensable en el pasado y que, por lo menos, nos da temas de plática.
Entiendo los motivos de ser de los escépticos, de los que dicen que las decisiones ya están tomadas, pero si esto fuera así yo les cuestionaría: ¿para qué se desgastaría un gobierno que llegó con tan alta carga de legitimidad? Porque, hay que reconocerlo, en estos meses han sido puestas en entredicho iniciativas legislativas de la mayoría morenista en las Cámaras, algunas de las cuales fueron frenadas o de plano se les dio marcha atrás.
Un gobierno insensible, autoritario, no daría reversa a sus decisiones, como no lo hicieron los gobiernos neoliberales que partieron a la sociedad entre los sectores privilegiados y aquellos que nutren los rangos de pobreza.
Un gobierno democrático debe escuchar, y no hay forma más directa de escuchar que a través de los instrumentos de consulta, pero no de la consulta prevista en la Constitución, tan acotada que es una figura sin vida en nuestro sistema político. La consulta constitucional, así como fue diseñada, a nada ni a nadie sirve. Deben abrirse las posibilidades y los escenarios; hacerla más flexible.
Sin embargo, no soy tan optimista en suponer que una reforma en el mecanismo de consulta convenza a todos. En la cabeza de los clasistas, los mismos que perdieron el debate en la historia que narro al principio de esta colaboración, no cabe la participación del pueblo en temas que consideran terreno vedado para quienes ellos consideran que su voz no merece ser escuchada.