IMPUESTO A LAS GASOLINAS:SU COSTO
(PARTE 1 DE 3)
Un tema política y económicamente sensible para los mexicanos es el de los energéticos. Más allá de las “Raíces del Nacionalismo Petrolero” (como tuvo a bien titular el Dr. Lorenzo Meyer en su excelentísimo libro homónimo) que nos evoca nuestra relación con los procesos históricos que desembocaron en ese sentimiento hacia la industria de los hidrocarburos, el pulso que la mayor parte de los ciudadanos tomamos, medimos y sentimos sobre la industria de manera cotidiana, pasa necesariamente por las gasolinas y su precio.
Dicho tema fue uno de los que se tradujo en mayor costo político para el gobierno saliente de Enrique Peña Nieto (y miren que los escándalos anduvieron al mayoreo), en el cual ha habido al día de hoy un aumento de 80% en el precio de los combustibles (y contando), al pasar la gasolina magna de 10.70 a 18.92 pesos, la Premium de 11.30 a 20.24 pesos, y el diésel de 11.01 a 18.98 pesos, en promedio (información del diario El Economista). Un total fracaso de la Reforma Energética que prometía, vía oferta y competencia de mercado, disminuir los precios (¿De monopolio a oligopolio?).
Cabe aclarar también que los precios de los combustibles están sensiblemente alterados por la mano del Estado. La administración pública ha elaborado cuatro tipo de impuestos que impactan significativamente en su precio final: IEPS Federal, IEPS Estatal, IEPS por emisiones de CO2, e IVA, lo que equivale de manera conjunta a un 30% del valor de venta al público (Fuente: SHCP), es decir, unos 6 pesos por cada litro de combustible.
Andrés Manuel López Obrador, partidario del nacionalismo energético, y sabedor de las condiciones económicas nada alentadoras de una ciudadanía acechada por la pobreza, planea dar un golpe de timón al respecto: su equipo de transición ya valora la posibilidad de eliminar el IEPS (Impuesto Especial sobre Producción y Servicios), como lo señalara recientemente Rocío Nahle, futura titular de la Secretaría de Energía.
Sin embargo, más allá de las buenas intenciones del gobierno de transición, el tema económico deja poco margen de maniobra. Al aprobarse la reforma energética aquel diciembre de 2013, se modificaron también las disposiciones fiscales que rigen sobre la entonces paraestatal, ahora empresa productiva del Estado, para disminuir su contribución a la Hacienda Pública. Cabe decir, una difícil pero necesaria decisión perfilada hacia la despetrolización de las finanzas del país. Lo anterior, sumado a la caída en la producción y los bajos precios internacionales del hidrocarburo, ha tenido como consecuencia que la contribución de Pemex al presupuesto nacional pase de un 30 o hasta 40%, a aproximadamente un 15%, lo que a su vez genera un boquete fiscal de miles de millones de pesos. Un vacío que naturalmente requiere ser llenado.
Ahí es donde cobran mayor relevancia los impuestos a las gasolinas. Prescindir del IEPS, significa renunciar a 250 mil millones de pesos para el presupuesto público, sumamente necesarios para llevar a cabo el ambicioso programa de infraestructura que plantea Andrés Manuel para el México del futuro que implica entre otras cosas, el rescate mismo de Petróleos Mexicanos y la soberanía energética. Sin mencionar los programas para atender las múltiples necesidades sociales. No todo se resuelve con austeridad y combate a la corrupción, por más necesarias y benéficas que sean estas medidas.
Pero lo anterior no es la única razón por la que una carga impositiva a las gasolinas es útil e incluso, necesario. También existen razones de carácter ecológico, geopolítico, social y de racionalidad económica que vuelve a las gasolinas caras, una necesidad. Abundaré sobre ello en mi siguiente columna.
Twitter: @MartinezBriceno