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La Verdad del Sureste

INFORME OXFAM: LAS ÉLITES DEL PODER EN EL MUNDO


 

Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics, miembro del Sistema Nacional de Investigadores y profesor-investigador en la DICEA-UACh.
Oxfam, organización internacional con sede en Oxford, Reino Unido, presentó el pasado 20 de enero un reporte, el número 178, cuyo contenido se centra en: el poder de las élites económicas y políticas del mundo, la acumulación de la riqueza, y sus efectos sobre la democracia. El Informe, que lleva por título “Gobernar para las élites: secuestro democrático y desigualdad económica”, destaca, entre otros aspectos, que: “La riqueza mundial está dividida en dos: casi la mitad está en manos del 1% más rico de la población, y la otra mitad se reparte entre el 99% restante”. Más adelante dice que el Foro Económico de Davos considera que: “… esta desigualdad supone un grave riesgo para el progreso de la humanidad. La desigualdad económica extrema y el secuestro de los procesos democráticos por parte de las élites son demasiado a menudo interdependientes. La falta de control en las instituciones políticas produce su debilitamiento, y los gobiernos sirven abrumadoramente a las élites económicas en detrimento de la ciudadanía de a pie” (Oxfam, pág. 1). Muy revelador resulta que el mismísimo foro de Davos, que congrega a lo más granado de los líderes del mundo intelectual, empresarial y político, manifieste también su preocupación por las consecuencias que pueda desencadenar la desmesurada acumulación de la riqueza.
    El informe abunda en detalles: la mitad más pobre de los habitantes del mundo posee tanta riqueza como las 85 personas más ricas, y existe un selecto grupo de mil 426 multimillonarios (al cual se sumaron el año pasado otros 210), cada uno de los cuales posee más de mil millones de dólares. Citando como fuente al Credit Suisse, apunta que el 10% de la población mundial posee el 86 por ciento de la riqueza, y, en contraparte, el 70 por ciento más pobre sólo dispone del 3 por ciento. Pero el informe no se limita a describir el problema, y aborda una de sus consecuencias más obvias: el secuestro de la democracia; al respecto expresa: “En noviembre de 2013, el Foro Económico Mundial lanzó su informe Perspectivas de la Agenda Mundial 2014, que situaba el aumento de la desigualdad en los ingresos como la segunda mayor amenaza mundial de los próximos 12 a 18 meses. Según las personas encuestadas, la desigualdad “está afectando a la estabilidad social en el seno de los países y supone una amenaza para la seguridad en el ámbito mundial” (Ibíd., pág. 2). Si bien, históricamente el pensamiento capitalista ha postulado la conveniencia de un cierto grado de desigualdad para estimular la creatividad, la iniciativa, la disciplina, y otras cualidades de las personas, lo cierto, y así lo admite Oxfam, es que, llevada al extremo, afecta el crecimiento económico, impide la reducción de la pobreza y amenaza la estabilidad social, la democracia y la seguridad.
    La razón es que no sólo empobrece a las personas, impidiéndoles satisfacer sus más elementales necesidades: también las priva de educación, salud y de sus derechos políticos, pues, como admite el informe, quienes se apropian de la riqueza disponen de medios sobrados que les permiten ejercer el poder en su exclusivo provecho, creando así un círculo vicioso, pues al imponer su dominio ahondan la desigualdad. Dice oxfam que: “Cuando la riqueza se apropia de la elaboración de las políticas gubernamentales secuestrándolas, las leyes tienden a favorecer a los ricos, incluso a costa de todos los demás. El resultado es la erosión de la gobernanza democrática, la destrucción de la cohesión social y la desaparición de la igualdad de oportunidades. A menos que se adopten soluciones políticas valientes que pongan freno a la influencia de la riqueza en la política, los gobiernos trabajarán en favor de los intereses de los ricos, y las desigualdades políticas y económicas seguirán aumentando” (Ibíd., pág. 2). En esta tesitura refiere una frase de Louis Brandeis, quien fuera integrante del Tribunal Supremo de los Estados Unidos y dejara dicho que: “podemos tener democracia, o podemos tener la riqueza concentrada en pocas manos, pero no podemos tener ambas”. En una palabra, la concentración de la riqueza y la democracia son progresivamente excluyentes, y cualquiera lo entiende así: en una encuesta de Oxfam, en los Estados Unidos, 65 por ciento de los entrevistados consideran que el Congreso aprueba leyes principalmente a favor de los ricos; en España, ocho de cada diez personas son del mismo parecer.
s obvio que así ocurren las cosas. Conforme la riqueza se concentra, las élites se adueñan del manejo del gobierno y la legislación, como ilustra el reporte, refiriéndose a un caso en los Estados Unidos: “En 2010 el Presidente Obama promulgó la ley de reforma de Wall Street y de protección del consumidor (conocida como Ley Dodd-Frank), cuyo objetivo es regular los mercados financieros y así proteger la economía de una segunda gran crisis. Sin embargo, el sector financiero se ha gastado más de mil millones de dólares en pagar a los cientos de personas que hacen incidencia política para debilitar la Ley y retrasar su plena aplicación” (pág. 14). Como se ve, el poderío económico se traduce en un predominio político cada vez más avasallador, que permite a los ricos hacer leyes diseñadas conforme a sus intereses, o bien, impedir o retardar la ejecución de aquéllas que de alguna forma les afecten.
    Así pues, los excluidos de la economía lo son también de la política, pues como es sabido, para ejercer los derechos establecidos en las leyes se requieren ciertas condiciones materiales. Nadie en su sano juicio podría afirmar, por ejemplo, que un humilde indígena de las montañas pueda ejercer en igualdad de condiciones los mismos derechos que las personas acomodadas, instruidas, informadas; con sus necesidades plenamente satisfechas y con recursos para viajar, participar en eventos políticos y postular costosas campañas electorales. No sólo se trata de igualdad formal ante la ley: la democracia política exige como condición que haya democracia económica. Y no deja de llamar la atención, finalmente, que una institución como Oxfam insista en que el Foro de Davos y las demás organizaciones económicas internacionales deben aplicar políticas que promuevan la equidad, so pena, de que el sistema basado en el modelo de democracia tradicional no resista más. Y la preocupación no es infundada. Si no se aplican medidas para distribuir más equitativamente el ingreso, la democracia seguirá vaciándose de contenido y terminará por convertirse en un cascarón vacío, sin sentido ni utilidad alguna para la mayoría de la sociedad. Y el peligro es que al ahondarse la polarización económica y suprimirse progresivamente las condiciones materiales necesarias para la democracia, y, enajenada ésta de la mayor parte de la sociedad como forma de gobierno y expresión de la voluntad popular, las élites, dueñas absolutas del poder económico, podrían optar por imponer gobiernos totalitarios sobre la mayoría. Ésta es la conclusión obligada si se acepta que la concentración de la riqueza hace imposible la democracia. No es, pues, cualquier cosa lo que está en juego.

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