Joder a México
Aunque en nuestro país está abolida la pena de muerte desde hace varios años y no puede ser reimplantada, no son pocos los actores políticos y sociales que acuden a dicha figura como un recurso retórico que pretende corregir la incapacidad de las autoridades para brindarnos seguridad.
Más allá de los aspectos formales que llevaron a la abolición de la pena capital, desde mucho tiempo atrás me había convencido de su inutilidad y de los riesgos de su uso como un medio de eliminación política o racial. Hecha la aclaración anterior, me permito establecer un supuesto: cuando el sentenciado a pena de muerte se pone la soga al cuello con sus propias manos, sólo hay que jalarla.
De Vicente Fox y Enrique Peña hemos aprendido que la superación personal sí es posible; que no hay nada que hagan o digan que constituya un límite. Como dice algún clásico: “el límite eres tú mismo” (o como dice la publicidad de una marca deportiva “sólo hazlo”).
Dos meses antes de dejar Los Pinos, a Fox se le escuchó decir previo al inicio de una entrevista: -Ya digo cualquier tontería, ya no importa; total, yo ya me voy. La vocería presidencial, fiel a su estilo, justificó la expresión foxista diciendo que “eran comentarios irrelevantes” que únicamente trataban “de hacer más cómodo el inicio de la entrevista y romper el hielo inicial”. Como si no fuera cierto.
Quizá bajo el influjo del mismo argumento –“romper el hielo”-, Enrique Peña acumuló una frase más al libro interminable de sus dislates lingüísticos: -no creo que ningún presidente se haya levantado pensando, y perdón que lo diga, cómo joder a México.
Dichas palabras, mencionadas durante la inauguración del Foro “Impulsando a México”, revelan que si tal vez el titular del Ejecutivo Federal no se levanta con esa idea, lo hace bastante bien, digamos que de manera natural. U obsesiva, vaya usted a saber, amigo lector.
Peña Nieto comenzó a “joder a México” desde que en plena campaña presidencial se ufanó, ante la comunidad estudiantil de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, de haber sido el responsable del operativo en San Salvador Atenco en mayo de 2006, que ahora está en proceso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Además, como gobernador del Estado de México, el hijo predilecto de Atlacomulco” ignoró una petición de organizaciones de la sociedad civil para emitir una alerta de género dados los niveles de violencia en contra de las mujeres, violencia que, por cierto, lejos de disminuir se incrementa cada día.
“Joder a México” es haber mostrado como ejemplos “de la nueva generación política” a los gobernadores Roberto Borge (Quintana Roo), Javier Duarte (Veracruz) y César Duarte (Chihuahua). Los tres perdieron las elecciones estatales, los tres dejan deudas millonarias, y los tres enfrentan acusaciones de corrupción y enriquecimiento ilícito.
¿Y qué decir de la “Casa Blanca” de las Lomas? La cuestionable adquisición de dicho inmueble hubiera ocasionado la caída de cualquier gobernante en un país medianamente democrático. Pero aquí no. El fiel escudero que resultó ser Virgilio Andrade absolvió a Peña de cualquier culpa que pudiera tener en esta vida y en tres reencarnaciones futuras.
¿Y el crecimiento económico ofrecido como promesa de campaña?, ¿y la bonanza que nos traería la reforma energética? ¿Dónde quedó el paraíso prometido en el que, como en tiempos de López Portillo, tendríamos que aprender a administrar la abundancia?
En plenas campañas de 2012, el partido tricolor se dibujaba a sí mismo como “el que sí sabe hacer las cosas”. Y hasta aventuraban que la violencia desatada durante el gobierno de Felipe Calderón acabaría casi por arte de magia. Pues no, no ha sido así de acuerdo con diversos informes.
En este escenario, Enrique Peña decidió que Raúl Cervantes -priista hasta el tuétano- fuera el nuevo Procurador General de la República y, eventualmente, el primer Fiscal General de la Nación. Si consigue su propósito, Cervantes será una pieza clave dentro de una poderosa red de complicidades que incluiría a su primo Humberto Castillejos -Consejero Jurídico del Ejecutivo- y a jueces y magistrados impulsados por éste.
Si Peña piensa que una parte del pueblo mexicano está dormido -que no durmiendo-, debería reflexionar porque no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo.