LO QUE NO SE HA ENTENDIDO EL DÍA DE MUERTOS
Ayer, rememorando el poema de Pellicer, Discurso de las flores, donde se afirma acertadamente que el pueblo mexicano tiene dos obsesiones: el gusto por la muerte y el amor a las flores, oteamos la gran contradicción que existe entre la idiosincrasia nacional y la visión global del mundo; disyuntiva cosmológica que tiene en un brete al país, a Peña Nieto y su gobierno.
El ímpetu guerrero y avasallador de la cultura (hoy occidental) sobre las culturas aborígenes definió la muerte o desaparición de culturas autóctonas.
Por ello escribía el agigantado filósofo-sociólogo que fuera Gilles Deleuze (quien falleciese en un día como hoy, 4 de noviembre, en 1995 al lanzarse al vacío por una ventana de su apartamento en la Avenue Niel de un suburbio parisino), que es un criminal atroz quien perpetra un genocidio, pero que lo es un millón de veces peor y más bárbaro, quien comete un etnocidio; aquel mata a los hombre por racimo, pero mientras quede uno, su familia y su especie sobrevive –la humanidad sobrevive-, éste, -el etnocída- mata a una cultura y borra de la faz de la tierra sus vestigios.
De Gilles Deleuze, escribió y afirmó repetidamente otro gigante intelectual, Michel Foucault: un día, el siglo XX será deleuziano, dado que el filósofo marcó profundamente el pensamiento de la segunda mitad del siglo pasado -la filosofía es el arte de formar, de inventar, de fabricar los conceptos, escribió Deleuze en Qu’est-ce que la philosophie? (¿Qué es la filosofía?).
Esas dos visiones cosmogónicas se chocan y entrelazan en este punto, en donde chocan la realidad global y nacional, con la idiosincrasia mexicana. Peña –y nosotros mismos- vivimos en entornos de sociedades de control, pero en el interior de la nación sobreviven, a regañadientes, sociedades viejas, de soberanía.
Las viejas sociedades de soberanía manejaban máquinas simples; pero las sociedades disciplinarias se equipan con máquinas energéticas. Las sociedades de control operan sobre máquinas de tercer tipo, máquinas informáticas. Es una evolución tecnológica, una mutación del capitalismo.
En la situación actual, el capitalismo ya no se basa en la producción, que relega con frecuencia a la periferia, a las naciones del tercer mundo –franja en donde está inmerso nuestro país-; el de hoy es un capitalismo de superproducción. Ya no compra materias primas y vende productos terminados: compra productos terminados o monta piezas. Lo que quiere vender son servicios y lo que se quiere comprar son acciones. Peña y los priistas escleróticos que le acompañan y el “reparto” o la pléyade de panistas retardatarios que están adosadas a ellos, no entienden el punto; y en consecuencia, la toma de decisiones de sus gobiernos hunde más en el atraso al país: lo degradan de nación a país; de patria a Estado.
Gilles Deleuze, escribía en su Post-scriptum sobre las sociedades del control:
Es sencillo buscar correspondencias entre tipos de sociedad y tipos de máquinas, no porque las máquinas sean determinantes, sino porque expresan las formaciones sociales que las han originado y que las utilizan. Las antiguas sociedades de soberanía operaban con máquinas simples, palancas, poleas, relojes; las sociedades disciplinarias posteriores se equiparon con máquinas energéticas, con el riesgo pasivo de la entropía y el riesgo activo del sabotaje; las sociedades de control actúan mediante máquinas de un tercer tipo, máquinas informáticas y ordenadores cuyo riesgo pasivo son las interferencias y cuyo riesgo activo son la piratería y la inoculación de virus. No es solamente una evolución tecnológica, es una profunda mutación del capitalismo.
Y esta disyuntiva cosmogónica, que es de carácter toral para el futuro nacional, no ha sido entendida por Peña y su gobierno; se anquilosó en un proyecto de neoliberalismo económico y “social” que ya va de salida. Y deja al país en la estacada. La pregunta que me asalta es: ¿Si llegase a ganar López Obrador la Presidencia, lograría revertir tan catastrófica situación?