Me refiero al gobernador Javier May Rodríguez, quien en pleno 25 de diciembre, después de la resaca de la cena de Navidad, salió a trabajar como si fuera un día cualquiera. Ese día recorrió las diversas casas hogares que están bajo la administración del Sistema DIF Tabasco.
Fue muy significativo que haya elegido ir a esos lugares donde son visibles en el semblante de sus moradores, adultos mayores, niñas y niños, las huellas del abandono y el olvido familiar. Son diferentes las circunstancias por las que un pequeño o un adulto en su etapa final llegaron a esos hogares, pero el sentimiento y la tristeza es la misma.
La asistencia social debe tener rostro humano, compasión y solidaridad con los olvidados. Seguramente cada uno de ellos tiene una historia que contar de por qué razón llegaron a las casas hogares del DIF Tabasco.
Y como el mandatario es un hombre compasivo, sensible al dolor humano, acudió a esos lugares para llevar un poco de alegría. Convivió con viejitos, niñas y niños. Fue un detalle que no se esperaban y menos un 25 de diciembre.
En ese recorrido anunció buenas nuevas, principalmente para la Casa del Árbol. Esa casa hogar de los adultos mayores será rehabilitado para que la estancia de los que ahí moran sea más llevadera, menos dramática.
“Vamos a empezar en enero a rehabilitar el centro de lavado, el centro de rehabilitación, vamos a mejorar también el tema de cuidados para que tengan mejor atención médica”, dijo el mandatario.
¿Hace cuánto la Casa del Árbol no recibía ningún tipo de atención? A los gobiernos anteriores poco les importó la suerte que puedan correr las personas que tienen por casa esos albergues, su único refugio seguro.
Simplemente no eran una prioridad para nadie. No recibían atención de ningún tipo. Al olvido de la propia familia, si es que había, se sumaba la indiferencia gubernamental del pasado de un organismo que, se suponía, está dedicado a la asistencia social.
MÁS QUE REFLECTORES
A veces los adultos mayores o las niñas y los niños sólo servían de escenografía para tomarse la foto, para que se viera que “la primera dama” era una mujer compasiva, pero era pura faramalla. Era una actitud fingida, desprovista de toda humanidad.
Lo que vimos el miércoles fue un acto genuino y sincero de un gobierno que predica con el ejemplo, que ha convertido en una de sus prioridades la atención a los grupos vulnerables del estado.
Por eso decidió “compartir alegría y unión” en las casas hogares, en una convivencia que tuvo como propósito promover el bienestar de sus moradores. Algo tan sencillo pero a la vez tan significativo, cargó de valor y sensibilidad.
Ante ellos, el gobernador dijo que esta época es momento propicio para “la reflexión, el perdón y el reencuentro”.
Esto es posible por la formación cristiana del mandatario. La labor pastoral que realizó en su juventud ha marcado no solo su vida personal sino también su vocación de servicio como gobernante, su preferencia por los menos favorecidos a quienes atendió y conoció su condición social, de lo que adolecían, el abandono en que se encontraban, cuando formó parte de las comunidades eclesiales de base en su natal Comalcalco.
Eso forjó su carácter, cimentó sus principios y valores, su compromiso con los que menos tienen. Esa actitud, no es una pose sino la firme convicción de cambiar una realidad tan lacerante de quienes en el pasado inmediato a nadie les importaba su suerte.
Lo vimos también en el mensaje del 24 de diciembre, rodeado de personas comunes, no de su familia, para desear una feliz navidad a los tabasqueños. El impacto de la imagen fue demoledor: él es pueblo, de ahí son sus raíces y se debe a la gente. Se dice fácil, hacerlo es lo que cuesta, porque se requiere de valores y principios de los que muchos adolecen. Esperemos que en su gabinete se asuma esa actitud.
