El calendario político no da tregua y en Morena el reloj ha comenzado una cuenta regresiva que pondrá a prueba algo más que la popularidad de sus cuadros: su congruencia. Con el vencimiento del plazo en junio para que los servidores públicos se separen de sus cargos si aspiran a una candidatura, mayo se convierte en el mes de las definiciones morales.
La premisa debería ser sencilla, pero en la práctica política suele nublarse por el ego: ¿se está en el servicio público para consolidar un proyecto de transformación colectiva o para usar el cargo como trampolín personal?
Hasta ahora, el panorama nacional muestra una calma inquietante. Salvo el caso de la gubernatura en Guerrero, donde la renuncia de Esthela Damián, consejera Jurídica de la Presidencia, fue el paso obligado, el resto de los funcionarios federales y estatales parecen estirar el tiempo al máximo.
En Tabasco, el edén de la política nacional, el silencio es absoluto. Nadie ha levantado la mano con la honestidad de decir: "me voy en junio porque mi aspiración está en la boleta y no en el escritorio".
Este silencio es riesgoso. Un funcionario que tiene la cabeza en la próxima campaña y el cuerpo en la oficina pública no le sirve al ciudadano. El compromiso con un "proyecto social de transformación" —bandera principal del movimiento actual— exige una entrega total.
No se puede transformar un país o un estado a medias, mientras se operan redes clientelares o se negocian cuotas de poder para el beneficio propio.
Es fundamental recordarles a quienes hoy dudan que nadie llegó a su puesto por mérito aislado. Fueron invitados a colaborar en un engranaje colectivo. El servicio público no es una agencia de colocación de empleos para asegurar el siguiente sexenio; es un contrato de confianza con el pueblo.
Este fenómeno no se limita al gabinete estatal. En los gobiernos municipales, la efervescencia es idéntica. Alcaldes y regidores que apenas están consolidando sus planes de trienio ya miran de reojo las diputaciones o la reelección.
El riesgo es evidente: una administración pública "en pausa" mientras los titulares operan sus salidas.
Los funcionarios no deben olvidar que fueron invitados a colaborar con un proyecto colectivo y social, no a construir feudos personales desde el presupuesto público.
La transformación que tanto se pregona no es una etiqueta para usar en campaña, sino un ejercicio diario de servicio que no debería verse interrumpido por el ansia de poder.
Quien decida irse en junio debe hacerlo con la frente en alto y las cuentas claras, entendiendo que el servicio público no es un derecho de paso, sino un mandato temporal.
Tabasco no necesita candidatos que utilicen sus cargos como trampolines, sino servidores públicos que entiendan que, en política, la mayor virtud es saber terminar lo que se empezó.
Si la decisión es buscar una alcaldía o una diputación, es una aspiración legítima, pero debe ir acompañada de una ética de desprendimiento. Quien privilegia el "proyecto personal" por encima de la responsabilidad conferida, traiciona el espíritu del encargo original.
Junio será el filtro de la congruencia. Veremos quiénes cierran su ciclo con la satisfacción del deber cumplido y quiénes, en la desesperación por no quedar fuera del presupuesto, intentan saltar de una liana a otra sin haber terminado de sembrar en el campo que hoy les toca labrar.
La transformación no es una carrera de relevos personales, es una construcción social que no debería pausarse por ambiciones individuales.