Los de abajo
La reforestación como legítima defensa en Tabasco
Tabasco ha perdido más del 95% de su selva original en las últimas seis décadas, lo que equivale a la devastación de más de un millón de hectáreas de vegetación tropical. Esta catástrofe ambiental, impulsada históricamente por políticas públicas que privilegiaron la ganadería extensiva y el desmonte masivo para pastizales, ha dejado al estado en una situación de extrema vulnerabilidad ante los embates del cambio climático.
En respuesta a esta crisis ecológica, el despliegue de la Jornada Nacional de Reforestación cobra una relevancia sin precedentes para la supervivencia biológica y social de la entidad.
Lo que la naturaleza tardó milenios en consolidar como uno de los ecosistemas más biodiversos de América Latina, el modelo agropecuario del último medio siglo lo redujo a llanuras de pastoreo. El desmonte de miles de hectáreas para favorecer la ganadería extensiva no sólo despojó al jaguar y al mono saraguato de su hogar; despojó también a los tabasqueños de su principal escudo climático.
Hoy, los efectos de esa agresiva transformación del suelo tocan a nuestra puerta en forma de olas de calor históricas, sequías prolongadas e inundaciones que ya no encuentran freno.
La reciente movilización ciudadana y gubernamental en la Jornada Nacional de Reforestación, sumando esfuerzos en cientos de puntos del estado con especies nativas como el macuilí, el guayacán y la ceiba, no debe verse meramente como un acto político o una efeméride ambiental.
Es, en su sentido más estricto, una acción de legítima defensa y supervivencia. El gran desafío de este esfuerzo masivo radica en romper la inercia del monocultivo y entender que un suelo sin árboles es un suelo muerto.
Reverdecer Tabasco implica restaurar el ciclo del agua, refrescar las comunidades rurales azotadas por el estrés térmico y devolverle la dignidad productiva a la tierra a través de esquemas agroforestales.
La participación de miles de voluntarios demuestra que la conciencia ecológica está despertando; sin embargo, plantar es sólo el primer paso. La verdadera hazaña será garantizar el cuidado, la protección y el desarrollo a largo plazo de estos nuevos pulmones forestales para que la selva, finalmente, gane la batalla contra el desierto.
UNA MANCHA VORAZ
En la década de 1940, la cobertura selvática representaba el 49% del territorio estatal. Actualmente, los registros oficiales de la Secretaría de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible (SEMADES) y la Comisión Estatal Forestal advierten que queda menos del 5% de la vegetación original.
El crecimiento de la mancha urbana, que en ciudades como Villahermosa, se duplicó en los últimos 30 años, combinado con la infraestructura ganadera, el relleno de vasos reguladores, han contribuido a esta situación.
Al desaparecer estos vasos reguladores naturales y la cobertura vegetal que absorbía el agua, el terreno perdió su capacidad de filtración, lo que incrementó drásticamente el impacto de las inundaciones en las partes bajas del estado.
En este escenario de emergencia, la estrategia de Sembrando Vida en Tabasco se ha convertido en el pilar estructural de la restauración ambiental. Lejos de ser un subsidio asistencialista, su verdadera trascendencia radica en que sustituye el modelo extractivista por sistemas agroforestales sustentables.
Al incentivar económicamente a más de 20 mil campesinas y campesinos organizados en las Comunidades de Aprendizaje Campesino (CAC), el programa ataca de raíz dos problemas simultáneos: la pobreza rural y la degradación del suelo.
Las parcelas que antes eran pastizales compactados por el ganado hoy vuelven a nutrirse sin agroquímicos, combinando cultivos de autoconsumo, como maíz, plátano y hortalizas, con la siembra masiva de árboles maderables y frutales.
La participación de este ejército de sembradores fue vital para canalizar cerca de 2.8 millones de plantas tan solo en la última jornada de reforestación, demostrando que la recuperación de la selva tabasqueña es inviable si no se pone la justicia social y el bienestar de los productores al centro de la estrategia.
No se trata únicamente de plantar árboles para cumplir metas estadísticas o llenar viveros; se trata de sembrar agua, de sembrar microclimas, de devolverle la vida a un suelo que ha sido exprimido al límite.
Si se logra que cada planta nativa eche raíces y prospere bajo el cuidado comunitario, Tabasco tendrá una oportunidad real de recuperar su esencia verde. Sanar nuestro entorno es, al final del día, la única garantía de que las próximas generaciones hereden un estado habitable, próspero y verdaderamente vivo.