Los de abajo

El "poder sin principios" que marchitó a Tabasco

*Un mensaje que sigue retumbando y debe dar resultados


Cuando la presidenta Claudia Sheinbaum advirtió que "el poder sin principios es arrogancia y sin límites es abuso", se ha querido encasillar el mensaje en la coyuntura de Sinaloa. Sin embargo, el verdadero destinatario de esa sentencia no habita en el Pacífico; el mensaje tiene múltiples rostros.
 

Uno de ellos bien podría ser Ricardo Monreal Ávila, quien ha protegido al dirigente nacional del PRI, Alejandro “Alito” Moreno, para evitar su desafuero y encarcelamiento por los delitos que le imputa la fiscalía de Campeche.
 

Esto ocurre a pesar de que el priista ha viajado en reiteradas ocasiones a Estados Unidos para calificar al gobierno de Sheinbaum como un "narco-gobierno".
 

Pero Monreal no es el único. En Tabasco abundan los rostros conocidos. Algunos, por fortuna, ya están fuera de Morena, como Jesús Alí de la Torre; otros permanecen activos en sus filas, empeñados en desestabilizar el gobierno de Javier May Rodríguez.
 

El ejemplo más nítido de esta advertencia presidencial lo encarna el senador Adán Augusto López Hernández. Su paso por la gubernatura de Tabasco y la prolongación de su hegemonía a través de su sucesor, Carlos Manuel Merino Campos, constituyen una radiografía exacta de cómo el ejercicio del poder faccioso deviene en la decadencia institucional de todo un estado.
 

Lo vivido en Tabasco durante el último sexenio no fue un accidente de la administración pública, sino el resultado directo de una soberbia política que priorizó los intereses de grupo por encima del mandato popular.
 

La designación de Hernán Bermúdez Requena al frente de la seguridad estatal —hecha por López Hernández tras desoír las alertas de inteligencia— abrió las puertas a un periodo de terror que hoy mantiene al exmando policiaco en el penal de El Altiplano, donde enfrenta una petición de la fiscalía local de 154 años de prisión por secuestro y extorsión.
 

Lejos de terminar con la salida de Adán Augusto hacia la Secretaría de Gobernación, la arrogancia de su grupo se profundizó durante el interinato de Carlos Manuel Merino Campos. Bajo su mandato, Tabasco experimentó el abandono absoluto y el recrudecimiento de la crisis.
 

Convertido en un mero custodio de los intereses de su mentor, Merino Campos personificó el "abuso por omisión": un gobierno indolente que minimizó la violencia en las calles mientras la célula criminal "La Barredora" asfixiaba la economía local con el cobro de piso y las desapariciones forzadas.
 

La continuidad del proyecto adanista demostró que, cuando el poder carece de límites éticos, la estructura estatal se utiliza como un escudo de impunidad para proteger a la camarilla, dejando a los ciudadanos en el desamparo total.
 

Las consecuencias de este pacto criminal no quedaron en el aire; se midieron en el bolsillo y en la vida de los tabasqueños. La extorsión estranguló la actividad productiva y permitió la captura del Estado por el crimen organizado.
 

Hoy ha costado un enorme esfuerzo limpiar las corporaciones policiacas de los malos elementos heredados, pero finalmente se avanza por el camino correcto.
 

Este grupo político hizo exactamente lo que la presidenta describió: se volvieron arrogantes y abusaron del poder. El pueblo no les importó en lo más mínimo.
 

Desde el edén se alimentaron ambiciones personales de gran escala, empezando por el propio Adán Augusto, quien llegó a creer que bastaba el apellido López para suceder a Andrés Manuel López Obrador en la presidencia de México. Vaya arrogancia.
 

UN PODER SIN PRINCIPIOS
 

El abuso de poder también se revistió de venganza cuando decidieron correr del gobierno estatal a todos aquellos que manifestaron públicamente su respaldo a Claudia Sheinbaum durante el proceso interno de Morena.
 

Colocaron su ambición desmedida por encima de los tabasqueños y pagaron las consecuencias: la ciudadanía decidió respaldar a la hoy presidenta, consciente de que nada bueno le esperaría al país bajo una gestión adanista.
 

A pesar de haber encabezado el primer gobierno autodenominado de izquierda en el estado, esta facción nunca se preocupó por el bienestar social; no crearon un solo programa local para mejorar la calidad de vida de la gente, escudándose bajo el falso pretexto de que esa era una tarea exclusiva del gobierno federal.
 

La advertencia de Claudia Sheinbaum sobre el poder sin principios no fue un simple comentario de coyuntura para Sinaloa; fue una declaración de principios y un deslinde histórico.
 

Adán Augusto López Hernández debería mirarse con urgencia en ese espejo político. Aunque la soberbia y el cinismo le impidan darse por aludido, la sentencia presidencial le encaja como anillo al dedo.
 

En el Tabasco de hoy, el tiempo de los virreinatos y los abusos de facción ha caducado; la historia y el pueblo ya han comenzado a pasar la factura a quienes olvidaron que el poder sólo es virtud cuando se pone al servicio de la gente.
 

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