Los de abajo

El poder no es botín

• El recordatorio ético de Claudia Sheinbaum hacia el interior del movimiento


El reciente y unilateral intento de Rubén Rocha Moya por reasumir la gubernatura de Sinaloa de forma intempestiva, provocó una de las definiciones políticas más nítidas de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.
 

Su respuesta no fue un simple llamado al orden administrativo, sino un profundo recordatorio a las bases, corrientes y grupos que convergen en la Cuarta Transformación: en este proyecto, las causas colectivas sepultan cualquier aspiración o interés individual.
 

El mensaje, emitido con la solvencia moral que caracteriza a la jefa del Ejecutivo Federal, opera como un manual de comportamiento para quienes integran las filas de Morena. Al advertir implícitamente que el poder sin principios se vuelve arrogancia y el poder sin límites se convierte en abuso, Sheinbaum trazó una frontera infranqueable para las facciones internas.
 

Los cargos públicos, enfatizó, son responsabilidades transitorias sujetas al escrutinio del pueblo, no parcelas de impunidad ni herramientas de protección personal frente a crisis políticas o jurídicas.
 

Para contener las inercias facciosas y evitar que el movimiento de transformación degenere en las viejas prácticas del pasado, la postura presidencial establece prioridades esenciales para todos los grupos que convergen al interior.
 

Subordinación estricta al proyecto. Esto es, las agendas locales, los pactos de grupo y los nombres propios jamás estarán por encima de la Nación.
 

Honestidad sin pretextos. Ningún funcionario puede ampararse en el tejido del movimiento para evadir la rendición de cuentas y rechazo absoluto a la soberbia. Los liderazgos deben actuar con rectitud y recordar que el poder pertenece únicamente al pueblo.
 

Las decisiones de alto impacto exigen altura de miras y respeto mutuo con el liderazgo central del país. Para todas las corrientes que coexisten en la transformación, la lección de este episodio es nítida. La presidenta Claudia Sheinbaum ha dejado claro que el camino de la renovación nacional exige desterrar la ambición desnuda del poder por el poder.
 

En el México contemporáneo, el único compromiso irrenunciable es con la dignidad, la paz y la esperanza ciudadana.
 

CONTRA LAS FACCIONES Y POR LA PAZ
 

Por ello, el desenlace institucional en la entidad federativa no deja lugar a dudas sobre dónde radica la legitimidad. Tras la nueva licencia del mandatario saliente, el contundente respaldo de la presidenta a la recién nombrada gobernadora interina, Graciela Domínguez Nava, sella el pacto de unidad de cara al futuro.
 

Al calificarla como una mujer honesta y comprometida con la justicia social, la jefa del Ejecutivo no solo valida el relevo legal impulsado por el Congreso local, sino que envía el aviso definitivo a los grupos políticos: la Federación arropará con toda su fuerza a la nueva gobernadora para pacificar el estado. Quienes pretendan jugar a las vencidas o desestabilizar la transición interna se toparán con un mando central firme, cohesionado y con la autoridad moral intacta para hacer valer los principios éticos sobre cualquier facción.
 

El mensaje de la presidenta funciona como un dique y un límite para cualquiera que pretenda tomar ese camino de indisciplina y ambición. Rubén Rocha Moya se convirtió en el ejemplo vivo de lo que no se puede tolerar.
 

Frente a las facciones que intentan operar bajo lógicas de lealtad corporativa o acuerdos cupulares locales, se impone la regla de que ningún interés particular está por encima del pueblo. Aquellos liderazgos o grupos internos que pretendan anteponer sus agendas personales o jugar a las vencidas con el poder central ya conocen el costo político: el aislamiento, el deslinde público y el peso de la autoridad moral del Estado.

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