Los multimillonarios no pagan impuestos
Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics,
miembro del Sistema Nacional de Investigadores y profesor-investigador
en la División de Ciencias Económico-administrativas
de la Universidad Autónoma Chapingo.
Según la OCDE, los ingresos fiscales en México, como porcentaje del PIB, son los más bajos en ese grupo de naciones, 19.6 (Estadísticas tributarias, 2014). Francia recauda 45 por ciento y Bélgica 44.6; México tiene el peor nivel, luego Chile, con 20.2, siguiendo ambos el modelo estadounidense, 25.4. En nuestros días, Argentina recauda el 32.2 y Brasil el 33.4; entre los países nórdicos, Dinamarca, el 50.9 (el promedio en la OCDE es 33.7). Según otras fuentes, el ingreso tributario total (federal, estatal y municipal), es, en Austria 42.5 por ciento, en Finlandia 44 y en Suecia 42. Es decir, en México lo asignado es poquísimo, y luego los corporativos, con la complicidad gubernamental, logran evadir el pago, echando la carga fiscal sobre las espaldas de los contribuyentes débiles. Un estudio de la organización “Fundar, Centro de Análisis e Investigación”, Privilegios fiscales, beneficios inexplicables para unos cuantos, publicado el mes pasado, consigna que entre julio de 2015 y julio de 2016, el Servicio de Administración Tributaria (SAT) perdonó, discrecionalmente dice, 3 mil 616 millones de pesos por deudas fiscales a diez empresas: como la constructora GEO (2 mil 928.4 millones), Volks Wagen (56 millones), Industrias CH, 149 millones; Simec International, 395.1 millones. Sumando lo condonado al sector público y a personas físicas importantes, el monto es de 5 mil 563 millones (un empresario financiero regiomontano fue beneficiado con 551 millones). En el año 2013 a Televisa le fueron perdonados 2 mil 990 millones, y hoy vuelve a ser favorecida. El 18 de febrero de 2015, El Financiero publicó otra ronda de condonaciones discrecionales: a Sabritas (929.4 millones), Gamesa (150), a Scotiabank y también a TV Azteca. O sea, estos apoyos son cotidianos.
Condonación de impuestos, perdones fiscales y esquemas sofisticados de evasión o elusión no son nuevos. Recordemos que ante los alcaldes de México, en Puerto Vallarta, el 29 de octubre de 2009 el entonces presidente Felipe Calderón declaró: “Las empresas que más ganan ´rara, rara vez´ pagan impuestos”. El periódico Vanguardia añadió en esa ocasión que: “Hace dos semanas el Servicio de Administración Tributaria informó que 400 grandes consorcios, amparados en el régimen de consolidación fiscal, tributaron en 2008 una carga de ISR menor a 2% en promedio”. El 3 de septiembre de 2013, la Secretaría de Hacienda advirtió que con tal régimen, ese año dejarían de recibirse 9 mil 554 millones; los defensores de las grandes empresas alegaban que suprimir el esquema fiscal, “generaría incertidumbre”, un eufemismo de protesta porque las obligarían a pagar. Según la SHCP, en total, entre 2013 y 2014 dejaron de recibirse 19 mil 496 millones gracias a la consolidación fiscal, diseñada precisamente para proteger a los grandes capitales y sus holding.
Pero la capacidad de los más ricos para evitar el pago de impuestos no es un descuido o “irregularidad”. Es parte fundamental del modelo económico, diseñado calculadamente al amparo de leyes fiscales sesgadas hechas bajo dictado de los grandes empresarios, que permiten a estos servirse con la cuchara grande. Pero alguien tiene que pagar impuestos, y lo hacen los pobres y la clase media, para luego, paradójicamente, con sus recursos aplicados al gasto público, subsidiar a las grandes compañías con toda suerte de facilidades para instalarse, operar, y atraer Inversión Extranjera Directa, para que nos haga el “favor” de usar, más bien abusar de la mano de obra casi regalada que también se ofrece, otro dispositivo para acrecentar las ganancias del gran capital con el que los pobres subsidian a los ricos. Sería interesante disponer de datos que permitan comparar el apoyo a los pobres mediante programas asistenciales y el monto total, abierto u oculto, otorgado a las grandes empresas, con toda probabilidad, mucho mayor; las despensas no son tan caras como las subvenciones a los corporativos. Por si fuera poco, se permite pagar los salarios más bajos de la OCDE; en conclusión, realmente existe el paraíso terrenal para los ricos, y por cambiarle el nombre le pusieron México. Esta es la causa de tan desmesurada acumulación de riqueza y del aterrador crecimiento de la pobreza.
Al dejarse todo el peso de la carga fiscal sobre los pobres y la clase media, el ingreso gubernamental se reduce, y para resarcirse, el Estado acude a la deuda pública, haciéndola crecer: en 2012 representaba el 37.7 por ciento del PIB; hoy, el 50.5. Se amplía también la base gravable, es decir, los que tributan, incluyendo al sector informal y las pequeñas empresas (según la organización Fundar, entre diciembre de 2014 y diciembre de 2015, el número de contribuyentes aumentó en 5.3 millones, 11.4 por ciento); pero es tan pesada la carga fiscal que las PYMES no pueden con ella y quiebran (abordaré este punto en otra ocasión), acelerando la concentración del capital en oligopolios y monopolios. También se obliga a pagar a los contribuyentes cautivos con el ISR en el ingreso, y luego en el consumo con el 16 por ciento de IVA, castigando el bienestar social. Para colmo, cuando su precio internacional era alto, el petróleo aportaba alrededor del 36 por ciento del ingreso federal, pero además de que cayó, al entregar con la reforma energética la explotación de los hidrocarburos a las petroleras transnacionales, sobre todo norteamericanas (que ellas necesitaban para reducir su dependencia), perderemos buena parte de esos ingresos, aunque el precio internacional se recupere.
En fin, el sistema fiscal es un mecanismo distributivo indispensable, dada la tendencia concentradora inmanente al mercado. Para revertir tal tendencia se requiere un esquema fiscal progresivo, donde paguen más quienes más ganan, y donde los más pobres no paguen. Los ricos deben aportar recursos para que el Estado los aplique al desarrollo económico y social, como ocurre, por ejemplo, en los países nórdicos, donde las grandes empresas sí contribuyen, generando recursos distribuidos luego a la sociedad toda. Claro que esta idea pone los pelos de punta a los corporativos y sus defensores oficiosos, pues, dicen, más impuestos empresariales provocan “incertidumbre” y salida de capitales; pero ante ese argumento, la pregunta cabe: ¿por qué no han abandonado los países arriba mencionados con cargas fiscales de más del doble que la nuestra? Pero no seamos ilusos. Mientras el gobierno y el Congreso estén en manos de los ricos, será imposible que ellos reviertan la injusticia fiscal aquí documentada; es pedir a los ricos mismos darse un tiro en un pie. Solo un gobierno de los pobres será capaz de tomar medidas tan radicales, nadie más.