Todo partido debiera tener no sólo formalmente, sino también de hecho, un programa ideológico. Sin embargo, en la práctica vemos que no es así. Por esa misma razón un individuo en política puede abandonar su ideología primaria y acceder a otra cuyas tesis aparentemente son contrarias pero que en la realidad transitan hacía una finalidad común: el poder.
Lo anterior viene al caso, porque uno de los partidos de mayor influencia social en nuestro Estado es el PRI, que al igual que los otros, clama por una unidad que jamás se ha llevado a cabo ya que dentro del mismo grupo de intereses que debieran ser una misma aspiración, resulta todo lo contrario. Por eso, cuando usan el púlpito de la aclamación popular, es ridículo y tramposo hablar de unidad pues todos sabemos que dentro de cada partido existen no sólo intereses de línea sino también individuales, ya que cada participante no lo hace por el bien común público: (desarrollo económico, educación, seguridad pública y privada, empleo, salud, nivel decoroso de vida, etc.), sino porque en el momento del triunfo, puedan gozar aunque sea mínima parte del suculento pastel que sabemos cada sexenio se convierte en millones de inescrupuloso provecho individuales que en escala descendente cubren las ambiciones de políticos de primera, de segunda, de tercera, de cuarta y demás categorías que ansiosos aplauden, brincan, sonríen o desesperan por estar lo más cerca posible del que a su parecer será el triunfador que garantice cuando menos seis años de alimento familiar. En tanto, el pueblo sigue esperando inocentemente que se haga realidad la emporcada justicia social, que hoy por hoy se traiciona con la venta de credenciales electorales, a quien ofrezca más.
