El mal del país es el modelo económico, no la corrupción
Doctor en economía por el Colegio de México (COOLMEX)
con estancia en investigación en la Universidad de Princeton,
fue catedrático en el Centro de Investigación y Docencia económica
y articulista en la revista económica Trimestre Económico
Es recurrente escuchar cómo varios integrantes y representantes de los partidos políticos de México se dedican a buscar descalificativos en contra de los distintos actores que están en la escena con posibilidades de figurar como candidatos a tal o cual puesto público, en vez de poner de relieve, con interés profundo, los verdaderos males que aquejan al país y sus causas profundas.
Se quedan simple y llanamente en el nivel declarativo para ganarse la voluntad del electorado lanzado frases “efectivas” o “efectistas” más bien. No profundizan, porque no pueden, no quieren o no saben y por eso se quedan en un nivel de debate bajo creyendo que si confunden a la sociedad se ganarán su confianza electoral.
Quiero poner de relieve, por ejemplo, el reciente encuentro en un programa televisivo en cadena nacional en que se reunieron a “debatir” los presidentes de los partidos políticos más importantes del país: se hicieron presentes Ricardo Anaya, del Partido Acción Nacional; Enrique Ochoa, recién electo presidente del Partido Revolucionario Institucional y Alejandra Barrales, la también recientemente electa presidenta del Partido de la Revolución Democrática.
El “gran” ausente fue Andrés Manuel López Obrador, presidente de Morena, quien fue convocado pero no aceptó la invitación. Me sorprendió sobremanera la seguridad con la que Anaya señaló categóricamente que el mal de México era “la corrupción”.
También me llamó la atención la coincidencia con el discurso de Andrés Manuel López Obrador, quien también afirma lo mismo. En filosofía de la licenciatura estudiamos algunas categorías que permiten ver con claridad lo que sucede en este caso.
Justamente en una de las clases vimos que “los extremos se tocan”. Nos ponían el ejemplo del fuego y el hielo. Ambos son contrarios extremos; resulta que si uno mete la mano al fuego, se quema; pero si uno pone la mano sobre un témpano de hielo, también se quema, con lo que se muestra la relación estrecha que existe entre los contrarios extremos.
Pues bien, en este caso, da la casualidad de que el PAN es la derecha y Morena se autodenomina un partido de izquierda; pues bien, en este punto coinciden los extremos, lo que los revela iguales en la miopía política, en la posición sobre los problemas de mexico y, finalmente, en las mentiras.
Veamos. Nos hablan de la corrupción como el principal problema de México; sin embargo, omiten recordar los escándalos de corrupción en los que se han visto envueltos sus propios partidos políticos, de tal suerte que en ambos casos se trata simplemente de un discurso electorero.
Recordemos al “señor de las ligas”, cercano colaborador de López Obrador quien recibió dólares de manos del empresario Ahumada; este caso fue conocido en el país y en el mundoa; lo mismo podemos decir de Carlos Imaz Gispert, del partido de López Obrador, quien en su momento también recibió dólares del mismo empresario argentino y tuvo que renunciar a su cargo como jefe delegacional por evidente corrupción; nadie puede olvidar tampoco los paseos a las Vegas al famoso casino Bellagio del tesorero de Andrés Manuel, quien se gastaba fuertes sumas de dinero presumiblemente del erario del entonces DF en las barbas del Jefe de Gobierno (si no sabía López Obrador, malo; si sabía, peor); por su parte, ahora se acusa al exgobernador panista de Sonora, Guillermo Padrés, al que acusan de haber desviado más de 700 millones de pesos; al tiempo que le echaban en cara a Anaya, presidente del PAN, las llamadas suyas que se habían publicado en torno a los cobros de los famosos “moches” y la corrupción moral de sus compañeros, que fueron exhibidos en una fiesta en Puerto Vallarta evidenciando una doble moral pues, casados y tan bien “portaditos” que se veían, dieron un espectáculo en cadena nacional.
Entonces, como extremos que se tocan: coinciden erróneamente en señalar que el mal de México es la corrupción; segundo, coinciden también en que han estado en el ojo del huracán en materia de escándalos de corrupción. Pues bien, nos toca desmentir a ambos en que el problema del país sea la corrupción.
Como dijo ya el ingeniero Aquiles Córdova Morán, la corrupción no es una causa, sino efecto o resultado del modelo económico.
Efectivamente, el sistema económico en el que vivimos empuja a todos los sectores a caer en la corrupción puesto que la filosofía que priva en el sistema es el egoísmo, el afán de lucro, el principio de la máxima ganancia al menor costo, el principio de lo mío y lo tuyo, y el afán de consumir y acumular.
Todos los días somos sometidos a una propaganda agresiva e intensa para inducirnos a consumir las mercancías que se ofrecen.
Se inculca desde pequeños el deseo de a acumular riquezas, a envidiar las posesiones de otros, etc., de manera que se busca, por la vía que sea, cumplir con esas metas y es así como empresas, profesionistas, políticos, gobernantes, etc., buscan sacar el mayor provecho mediante la corrupción, pues se convierte en un medio de acumulación y más en un país donde la impunidad priva.
Por el lado de los desprotegidos, de los pobres, la necesidad, la falta de empleo, la falta de vivienda, medicina, ropa, escuela, etc., empujan a esos espíritus débiles a corromperse, pero en este caso como medio de supervivencia.
Así, a cada rato vemos cómo por la vía de la corrupción, quienes no tenían nada, hoy tienen muchos recursos económicos y quienes tenían una vida aparentemente tranquila y honesta han sido empujados a corromperse bajo el siguiente principio: “prefiero tener una vida corta pero bien vivida (con dinero, casas, diversión, etc.), que una vida larga, pobre y sufrida como la de mis padres”.
La producción de la riqueza tiene un carácter social y la apropiación de la riqueza un carácter privado, y el mercado lleva a pocos a tener mucho y a muchos a tener poco, de manera que los que trabajan no disfrutan y los que disfrutan no trabajan.
Además, los que se apropian de la riqueza gracias al trabajo ajeno, tienen un corazón de hierro para ver sufrir a los que trabajan para ellos, de manera que si pueden hacerse de mayores riquezas por la vía de la corrupción, lo harán sin el menor escrúpulo. Los verdaderos corruptos están en las clases poderosas, y no entre los pobres.
Si se quiere acabar con la corrupción aprobando nuevas leyes y contratando mayor número de policías, van a faltar reclusorios para contener a todos los posibles corruptos; para acabar con este flagelo lo que se requiere es cambiar el modelo económico y construir una nueva sociedad.
Un modelo que distribuya la riqueza y una sociedad construida sobre una nueva base: que no sea la ambición personal lo que mueva a los individuos, sino el afán colectivo, es decir, que mejoren todos y no sólo unos cuantos. Que se produzca suficiente riqueza, pero que se distribuya socialmente. Una nueva educación para una nueva sociedad y una nueva sociedad para una nueva educación.
Construyamos, los humildes de este país, una fuerza capaz de tomar el poder político nacional y promovamos desde ahí el cambio de modelo económico que gradualmente acabe con la corrupción. Si los políticos no plantean así las cosas, lo que digan será demagogia electoral.