¿Mande? Ahorita
A veces, las palabras liberan, pero también sirven para mantener la sumisión, sobre todo cuando las conductas se normalizan y dejamos de pensar en su significado. Por ejemplo, la palabra “ahorita” no existe originalmente en el idioma de Cervantes pues se trata de un mexicanismo (americanismo) al igual que muchos diminutivos que acostumbramos emplear –imperceptiblemente- en nuestra vida cotidiana: “una tacita de café”, “momentito”, “un ratito” o “un pedacito”.
Ese abuso de los diminutivos tiene una explicación histórica: como nuestros antepasados no podían hablar de tú a tú con los conquistadores españoles, se recurría al diminutivo como una forma de no incomodar a nuestro interlocutor, o lo que es lo mismo, dirigirse con un respeto mal entendido. Confundimos cortesía con sumisión.
Podría citar más ejemplos, pero sólo me referiré a uno que particularmente me resulta chocante: “¿mande?”. Decimos “¿mande?” cuando alguien nos dice algo que no entendemos y no queremos que se enfade (¿por qué tendría que enfadarse?). Tenemos muchas maneras de decirle a esa persona que no entendimos: “¿cómo?”, “repíteme”, “no te entendí”, etc., pero decirle “¿mande?” no viene al caso. Inténtenlo y habrá quien les diga que es una falta de respeto.
¿Por qué asumimos que la persona que se dirige a nosotros nos está mandando? Por la misma razón de los diminutivos: por historia. Los hacendados no pedían las cosas, mandaban, al igual que los reyes y todos quienes se encuentran en una posición dominante. Y quienes acataban eran sus mandaderos. Eran otros tiempos, aunque hay quienes no lo han comprendido.
El mandato de las urnas convierte a quien lo recibe en el primer mandatario, es decir, la primera persona obligada a cumplir la voluntad popular, en tanto que el mandante es quien otorga el mandato. Ejemplificaré al estilo neoliberal: en una empresa, los socios (el pueblo) eligen al director general (presidente) para que éste dirija la empresa; sin embargo, de las decisiones más importantes participan el consejo de administración o la asamblea de socios.
En una sociedad acostumbrada a recibir órdenes de tlatoanis, virreyes y autoridades autoritarias, a muchos parece extraño que el presidente electo, a quien se le dio el mandato en las urnas, decida realizar una consulta sobre la pertinencia de continuar con el proyecto del nuevo aeropuerto de México (si no se dieron cuenta los actualizo: el gobierno de Peña le cambió el nombre para evitar la referencia a la Ciudad de México).
-Para eso lo elegimos, que decida-, se oye desde la derecha. Bajo esa lógica de pensamiento, los gobiernos neoliberales nos endeudaron con el Fobaproa, cedieron áreas importantes de sectores estratégicos, pusieron al borde de la quiebra a la industria nacional y abandonaron el campo. Tuvieron oídos sordos ante las voces críticas del modelo económico iniciado en los ochenta. “El poder se ejerce” diría un clásico.
El asunto del aeropuerto no es un tema menor y nunca lo fue. Peña Nieto lo decidió junto con su entonces entorno cercano y con el grupo Atlacomulco como beneficiario inmediato de la construcción. Por eso quitaron la referencia a la Ciudad de México cuando las encuestas vaticinaban un probable triunfo de MORENA en la capital del país. No querían compartir beneficios.
Contra la opinión de expertos en temas hidráulicos y ambientales, iniciaron la construcción. Ignoraron las características fangosas del suelo, propenso a hundimientos permanentes, el daño a la fauna de la zona y el hecho de que ese espacio era un vertedero natural de los excesos hídricos de la capital.
Cierto gobierno reciente de la Ciudad de México –de triste memoria- llegó bajo el lema “decidamos juntos”, que sonaba bien, pero nunca tomó el parecer de quienes habitamos la ciudad. ¿No era nuestro reclamo que se tomaran decisiones que afectaron nuestros intereses sin escuchar nuestro parecer?
-No somos expertos-, repetirán desde la derecha, y es cierto, como tampoco lo eran los ciudadanos de Berlín, Nantes o Kansas que fueron consultados sobre la operación simultánea de aeropuertos (Berlín), una nueva terminal (Kansas) o sobre la reubicación de un aeropuerto (Nantes, Francia).
De construirse, debemos saber que el nuevo aeropuerto será un barril sin fondo por su altísimo costo de mantenimiento permanente, aparte del sobrecosto que ya presenta la obra. ¿Valdrá la pena echarle más ‘dinero bueno al malo’? Ya tomaremos la decisión.