El Mercedes


El Mercedes

En el suelo caliente quedaron los dos cuerpos. Alcanzaron a tomarse de la mano antes de exhalar el último suspiro y mirarse.
 

Solo uno balbuceó unas palabras.
 

-Te amo
 

La policía llegó cuando los dos cuerpos estaban bañados de una sangre espesa.
 

-¿Por qué lo hizo?
 

La mujer se queda callada. Sigue igual que cuando le quitaron el arma que empuñó y descargó sobre la pareja que bajaba del Mercedes. No hubo palabras. La mujer había disparado mientras los ojos se le desorbitaban de rabia.
 

No hay respuesta de la mujer que se llama Esperanza. La policía sabe de ella solo por los papeles que encontraron en la gaveta de su carro.
 

Esperanza conocía a los ocupantes.
 

Los primeros disparos, en la cabeza, fueron para él. Luego miró a su izquierda. Apretó el gatillo hasta vaciarla.
 

La sorpresa fue para Rubén, su esposo, cuando la vio de frente con la pistola.
 

Esperanza empezó a sospechar hace dos meses.
 

Ambos trabajaban y solo coincidían para comer y en la noche, cuando llegaban a casa.
 

Para Rubén era difícil salirse del trabajo para acompañarla a algún compromiso familiar.
 

_Hay mucho trabajo amor. Pero puedes ir tú, no te detengas por mí. Ya nos vemos en la noche en la casa.
 

Esperanza obedecía con la mansedumbre de una mujer enamorada.
 

-Sí amor. Ya nos vemos después.
 

La intriga le inició cuando Rubén empezó a llegar más tarde a casa y cansado.
 

Esperanza se había quedado varias veces esperándolo con una sorpresa: se había comprado la tanga que Rubén le había dicho que le gustaba, y se había depilado.
 

Por más que se le insinuaba, Rubén no la tocaba. Buscó alguna respuesta:
 

-¿Todo bien en el trabajo?
 

¿Te preocupa algo?, ¿Qué te pasa?
 

-Nada mujer. ¿Qué va a pasar? Hay mucho trabajo. Me agota.
 

-¿Ya no me quieres?, le insistió Esperanza mientras se le ponía enfrente y le tomaba las dos manos que colocó en sus pechos. Estaban calientes.
 

-¿Qué ya no me deseas?
 

Intentó besarlo y él la aventó.
 

-¡Que estoy cansado! ¡Déjame dormir!
 

-¡Te odio! Yo aquí como tú estúpida. Esperándote. Arreglándome. Viviendo para ti.
 

Por las mañanas Esperanza notó que Rubén se perfumaba más y vestía con dedicación. Había comprado ropa.
 

Le dejó de creer su habitual rutina hasta el día en el que le marcó y le dijeron otra vez que había salido.
 

Decidió vigilarlo. Estacionarse cerca de la oficina.
 

Lo vio salir. Subirse al Mercedes. Lo siguió a corta distancia hasta que entró a una plaza y se estacionó.
 

A medio día el estacionamiento estaba casi vacío. Un Sedán polarizado aparcó al lado del Mercedes. Una persona descendió y subió casi sentado por la parte del copiloto, sin que se notara. El auto salió de la plaza.
 

Esperanza lo siguió unos kilómetros antes de desviarse. Se fue a su trabajo.
 

Por la noche que llegó Rubén, estaba acostada, de espalda. Pero despierta.
 

-¿Cómo estuvo tu día amor?
 

-Bien, ya sabes, mucho trabajo en la oficina. Pero vamos bien. Cumpliendo con los objetivos del negocio.
 

-Que bueno. Si quieres comer algo dejé algo preparado.
 

-Ya comí. Voy a descansar. Estoy agotado.
 

-Que descanses.
 

Esperanza estaba llorando. Rubén no lo notó. Se durmió.
 

Esperanza no pudo dormir desde entonces.
 

Amaba a Rubén. Desde que lo conoció en la universidad no tuvo ojos para otro hombre. Debería estar pensando en el hijo que desea y no en lo que pasaba.
 

Volvió a marcar a la oficina y Rubén no estaba. Tampoco le dejaba recados.
 

Decidió ir.
 

Rubén, a la misma hora, salió y subió al auto.
 

Esperanza lo siguió a la distancia.
 

Rubén se estacionó en un cajón de la plaza que conocía y a los pocos minutos llegó el Sedán.
 

Esta vez decidió seguirlo.
 

-A quién carajos irá a ver, expresó en voz alta.
 

Estaba descartando conocidos por la zona cuando notó que Rubén disminuyó la velocidad. Ella también lo hizo. Se orilló con el motor encendido sin perderlo de vista.
 

Motel Oasis, se leía en el letrero.
 

Rubén bajó el cristal para pedir la habitación y, a la distancia, Esperanza alcanzó a ver el rostro de la persona que lo acompañaba.
 

Se puso pálida.
 

Golpeó el volante.
 

-¡No!, ¡No! ¡No! ¿Por qué?...
 

Lo único que pudo hacer fue dar la vuelta sobre la calle y conducir hasta su casa.
 

Se sentó en el sillón. Volvió a gritar por qué. Pensó en la excusas de Rubén por las noches. En sus cortantes platicas cuando le deslizaba su deseo de ser madre.
 

Rubén la encontró acostada. De espaldas. No hubo un buenas noches. Nada. Se hizo la dormida. Toda la tarde se la había pasado llorando y tenía los ojos hinchados. No quería verle la cara. Se contuvo y así se mantuvo hasta este día que ocurrió el hecho en la plaza.
 

El policía volvió a interrogarla.
 

-¿Por qué lo hizo?
 

-Era mi marido.
 

-Pero mató a los dos.
 

-Sí, se lo merecían. Lo haría de nuevo.
 

-¿Usted lo conocía? Al otro.
 

-Sí, era un amigo de la universidad.

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