Mi amigo Jaime
Durante la sesión de entrega de la constancia de mayoría que lo acredita como ganador de la elección y presidente electo, Andrés Manuel recordó que en esa misma fecha -ocho de agosto- nació Emiliano Zapata, revolucionario respecto de quien no hay mucho que explicar. Lo que él significa para el agrarismo y la Constitución de 1917 trasciende los libros de historia.
Además, en el mismo hilo discursivo, Andrés se refirió a su “amigo entrañable, compañero, Jaime Avilés”. Su amigo Jaime. Hago una pausa porque resulta inevitable recordar la canción de Billy Joel: “siempre fuimos amigos… hicimos nuestros planes y tuvimos que tomar caminos separados… pusieron tanta confianza en ti, todo lo duro que has luchado… siempre te vas a quedar como lo que alguien más soñó que deberías ser”. A pesar de que Jaime cobró fama como corresponsal de guerra en la Nicaragua sandinista en 1979 y durante la invasión norteamericana a Granada en 1983, fue más conocido por su paso como columnista en distintos diarios de circulación nacional. Su estilo, irónico y sarcástico a la vez, lo hacía un crítico agudo de la realidad nacional.
De palabra fácil y mente ágil, Jaime no dudaba en llamar a las cosas por su nombre y a las personas por sus vicios o sus virtudes. Se convirtió en un aliado y un convencido del movimiento encabezado por su amigo Andrés.
Quienes tuvimos la oportunidad de tener algún trato con Jaime sabemos que no era complaciente con el poder, que él llevaba al extremo su integridad y que prefería tratar de explicar su pobreza inexplicable antes que recibir un pago para congratular a la clase política. Esto último lo resalto porque Jaime, siendo como era, mantuvo su apoyo firme a su amigo Andrés hasta que la enfermedad se lo impidió. Justamente el ocho de agosto de 2017.
Andrés aguardó el momento simbólico para rendirle un homenaje expreso a su amigo Jaime y a muchos otros que, sin mencionarlos por su nombre, fueron “precursores de este movimiento. Porque ellos contribuyeron a que se hiciera realidad esta transformación en nuestro país; el inicio de un proceso de cambio verdadero”. Nobleza obliga. ¿Cuántos tendrían la humildad de recordar que hubo otros antes que uno mismo?
En distintos momentos, Andrés ha mostrado su lado humano, sus afectos y sus pasiones. Tampoco esconde su aspiración: pasar a la historia como uno de los mejores presidentes de México. No lo mueve el poder por el poder, ni mucho menos el dinero. Eso lo sabía Jaime. Por eso era su devoto; extraño siendo él un ateo (al menos así lo percibí).
Y la gente se identifica con el Andrés humano. Sólo hay que darse una vuelta por la casona de la colonia Roma en la Ciudad de México para comprenderlo: todos los días, centenares de personas aguardan la llegada del hoy presidente electo para acercarse lo más posible y tratar de hacerle llegar alguna petición, queja o simplemente para saludarlo.
Al principio de su gobierno en la Ciudad de México, Andrés solía hacer caminatas por el Zócalo, hasta que la gente lo fue idetificando. Algo parecido ocurrió cuando comenzó a atender personalmente a quienes muy temprano llegaban al edificio de gobierno para plantearle sus problemas. Pronto se corrió la versión de que el Jefe de Gobierno dedicaba unos minutos para atender directamente a quienes acudían ante él, entonces hubo necesidad de establecer un protocolo.
De entre los muchos cambios que mandató la ciudadanía el primero de julio, el mandatario electo marca ya una diferencia respecto de quienes lo han precedido. De la arrogancia y distancia institucional, se ha pasado a la humildad y cercanía democrática. Tanta que a veces parece desbordarse, como cuando acudió a su primera cita con Peña Nieto y un conductor de un vehículo que iba delante del suyo se detuvo y descendió del auto para saludarlo.
Ese tipo de gestos hacen la diferencia entre el político y el ser humano, el que únicamente tiene intereses y el que tiene amigos de verdad. Tal vez por ello hasta Donald Trump reconoció el viernes en un mensaje de Twitter que el nuevo Presidente de México “ha sido un absoluto caballero”. Un caballero que rechaza trato preferencial para abordar el avión pero recuerda a su amigo Jaime.