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La Verdad del Sureste

El niño y el muro


@UTufigno

Ismael Rodríguez es un afamado director de la época dorada del cine mexicano. Dirigió a Dolores del Río, Pedro Infante y María Félix. ¿Quién no ha visto “ATM”, “Nosotros los pobres”, “Pepe el Toro” o “Tizoc” (su película más aclamada en el extranjero)?
    Menos publicitada es su película “El niño y el muro”, un dramón coproducido por México y España, filmada realmente en las afueras de la ciudad de Berlín, en 1964. Se trata de un niño, Dieter, quien con mucho esfuerzo logra comprar una pelota, pero al jugar con ella ésta cae del otro lado del muro que divide Berlín.
    El menor, de cinco años, trata de horadar el muro para recuperar su balón, sin lograrlo. Sin embargo, a través de la horadación conoce a la niña que, del otro lado, tiene su pelota y trata de negociar con ella para que se la devuelva. El resto de la historia no se las cuento (“espoilear”, dicen los jóvenes) para que vean la película.
    Una reseña de aquella época dice lo siguiente respecto de la película: “Es, antes que nada, un poema fílmico sentimental con una finalidad humana digna de encomio: la de presentar al mundo entero la vergüenza que supone la separación de una capital -Berlín-, en cuanto representa como división de dos mundos no sólo de las ideas políticas… sino también de los sentimientos todos”.  
    El empeño de Donald Trump en construir el muro raya en lo demencial porque nos regresa a las épocas en las que Berlín fue dividida de manera artificial. Es cierto que las fronteras pueden y deben estar marcadas, pero de eso a construir un ofensivo muro -pagado por nosotros- hay diferencia.
    El presidente de los Estados Unidos, que tal parece ha inaugurado una nueva época, la de gobernar a través de Twitter, es reiterativo en sus señalamientos: “México ha tomado ventaja de los Estados Unidos… y la poca ayuda de la débil frontera debe cambiar, AHORA!”. En otro mensaje: “La gente quiere protección y un muro protege. Todo lo que ustedes tienen que hacer es preguntar a Israel”. What?, pregunto yo.
    Peña Nieto tomó una de las decisiones más difíciles en lo que va de su gestión: aceptar la cancelación de su encuentro con Donald Trump, gesto que fue apreciado por una buena parte de la sociedad mexicana. Sí, era necesario, lo malo es que no fue por iniciativa propia, sino porque el mandatario norteamericano así lo quiso. Sólo hay que leer sus mensajes para confirmarlo.
    Ante tal determinación surgieron sesudos analistas y voces que en otros tiempos fueron sumisas ante las imposiciones del gobierno norteamericano, como la de Vicente Fox, que aplaudieron la decisión de Enrique Peña. Si el residente de Los Pinos fuera consecuente, le quitaría a Luis Videgaray el peso de estar aprendiendo en la Secretaría de Relaciones Exteriores, pero sería tanto como reconocer que se volvió a equivocar al ponerlo al frente de las tareas diplomáticas.
    También, en la oleada anti Trump, aparecieron en redes sociales mensajes que, de distintos modos, llaman al nacionalismo y a la unidad. Enfrentar a los nacionalismos con otros nacionalismos tiene sus riesgos; y llamar a la “unidad” parece más una forma de desmovilizar a la sociedad por los agravios que hemos sufrido en el actual sexenio: la “Casa blanca”, Ayotzinapa, devaluación del peso, feminicidios, “gasolinazo” … y sume las que guste.
    Estará de acuerdo, amigo lector, que ninguno de los anteriores problemas es consecuencia directa de la llegada de Trump al poder. Yo preguntaría: ¿por qué no hubo la misma “unidad” ante la desaparición de los 43 normalistas o por qué no se levantaron las mismas voces ante el inocultable conflicto de interés en la adquisición presidencial de la casa de Las Lomas?
    Y como para aderezar el menú que tenemos en la mesa, surgió un nuevo actor ante el desconcierto de un gobierno reactivo que siempre va detrás de Trump. Se trata de otro magnate, pero uno nuestro: Carlos Slim, quien en un mensaje abierto ante medios de comunicación dijo, en pocas palabras, que no hay que temerle a Trump porque “es un negociador”, como todo hombre de negocios. Sí, señor Slim, pero un país no es una empresa. Y las personas no somos mercancías.    

 

 

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