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La Verdad del Sureste

Nuevo amanecer


Primer día de los nuevos días. Luego de muchos años de sueños, esperanzas y caídas, la izquierda amanece al frente del gobierno de México. Atrás quedaron los días aciagos en que la frustración electoral limitaba el horizonte de las aspiraciones de quienes no nos conformábamos con más de lo mismo. La certeza de la posibilidad de un cambio finalmente está presente.
    El reto es mayúsculo y los obstáculos no serán pocos, pero no habrá pretexto que valga. Tampoco cabe la autocomplacencia pues es el momento de demostrar con hechos que la política se puede hacer de otra manera, a pesar de las inercias y de la pesada losa que significan 70 años de hegemonía de un partido que llegó a tener el poder y control absoluto de la vida política nacional.
    Por supuesto, no debemos engañarnos ni esperar transformaciones mágicas o un camino ausente de tropiezos. En esta nueva etapa la sociedad también debe mutar para ser más participativa y menos receptiva; independientemente del mandato de las urnas, una ciudadanía exigente e informada obliga a los gobiernos a hacer mejor las cosas.
    El reproche sin participación o propuesta es tan estéril como un grito lanzado en un estadio vacío. Goethe decía con toda razón que “no está bien descubrir las faltas sin indicar a la vez el remedio para combatirlas”. ¿De qué servían nuestras quejas en las décadas pasadas si todo lo dejábamos en la mera inconformidad “de café”? La pasividad nos sumió en un profundo letargo.
    Dejábamos las decisiones en manos de otros que ni siquiera nos rendían cuentas. El poder –afirmaban- era para ejercerse. Sí, pero como una obligación derivada del poder soberano del pueblo, pueblo al que desdeñaban porque en realidad lo consideraban una masa amorfa. Quienes mantienen esta línea de pensamiento no comprenden cómo es que ahora se tome en cuenta nuestro parecer.
    El Estado somos todos y el gobierno es nada más el administrador, pero casi nunca lo entendimos. Aquí tenemos parte de responsabilidad de los hechos del pasado y por eso ahora debemos asumir las obligaciones del futuro, desde las más simples hasta las más comprometidas. Por ejemplo, si en ocasiones los “atajos burocráticos” facilitan nuestras actividades, en nada ayudan a que se rompa la cadena de corrupción.
    Un rumbo distinto supone cambiar de mentalidad. La oportunidad es para nosotros, no para una nueva clase gobernante. Si esto no lo tenemos claro, las grandes expectativas creadas alrededor de la presidencia de Andrés Manuel reducen sus posibilidades de materializarse, así cuente con mayoría legislativa en ambas Cámaras, a la cual tampoco debemos perder de vista.
    El primero de julio depositamos nuestra confianza en una persona pero a los legisladores les dimos la responsabilidad de acompañar sus pasos, tarea en la que se han mostrado erráticos y titubeantes por momentos. Y no por inexperiencia. Han aflorado personalismos y ambiciones personales que, sin darse cuenta, pueden significar la sepultura de sus aspiraciones. ¿Diputados y senadores estarán a la altura del lugar donde los ha puesto la historia?
    Algunos de estos legisladores parecen haber olvidado que el tránsito de la izquierda hasta alcanzar el poder no ha sido fácil; otros no han entendido el nuevo papel que deben desempeñar. Ser oposición no es lo mismo que ser gobierno.
    Desde la izquierda se tenían muchos motivos para ser oposición, sobre todo desde que se perdieron los principios de justicia social. En cambio, ser gobierno parte de ser congruente con lo ofrecido en campaña y con uno mismo.
    Nunca como antes cobra sentido la protesta de “guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes que de ella emanen, y desempeñar leal y patrióticamente el cargo de Presidente de la República que el pueblo me ha conferido, mirando en todo por el bien y prosperidad de la Unión; y si así no lo hiciere que la Nación me lo demande”.
    El gobierno del cambio deberá mirar hacia adelante; trabajar por y para el pueblo; gobernar sin rencores pero no sin justicia; ser prudente cuando deba serlo y atrevido cuando sea necesario, pero tener la sabiduría para entender la diferencia. Nuestro voto no fue un cheque en blanco, fue un mandato de esperanza hacia alguien que, como le dijeron: “no nos puede fallar”.     

 

 

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