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La Verdad del Sureste

De nuevo el tema del salario


Doctor en economía por el Colegio de México (COOLMEX) con estancia en investigación en la Universidad de Princeton, fue catedrático en el Centro de Investigación y Docencia económica y articulista en la revista económica Trimestre Económico.

Es nuevamente tema de conversación en los círculos políticos de este país el tema del salario mínimo. La polémica es hija natural de la renegociación del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN), pues los canadienses reclamaron a México, con razón, que deberían incrementar el salario pues la competencia económica era desleal y agregaría, inhumana, para una clase poderosa comodina, que en lugar de hacer inversiones en maquinaria para incrementar la productividad, lo que ha hecho es mantener “castigados” los salarios, romper la estabilidad en la vida del obrero y, finalmente, despilfarrar sus ganancias en gastos suntuarios, pues ya hemos dicho en más de una ocasión que la clase capitalista mexicana se gasta el 80 por ciento de cada peso ganado y solo invierte el 20 por ciento, a diferencia de Corea del Sur, que solo gasta el 20 por ciento de cada peso ganado e invierte el 80 restante, lo que se refleja en su Producto Interno Bruto (PIB), perfectamente comparable con el nuestro, aunque ellos no posean los recursos naturales de nuestro país, su superficie territorial quepa en el estado de Jalisco y su población sea menos de la mitad de la nuestra.
    Los señalamientos de los canadienses son correctos; los sectores empresariales han dicho que debe aumentar el salario mínimo y han propuesto elevarlo de 80 a 90 pesos por jornada de trabajo de ocho horas. Un incremento ridículo, pero así lo han planteado. Veamos.
    El incremento del salario nominal del año 2000 a 2017 en México fue de 37 a 80 pesos, equivalente a un 111 por ciento; pero el salario mínimo del año 2000 equivalía a cuatro dólares y el de 2017 también a cuatro; esto quiere decir que no ha cambiado en absoluto; peor aún, significa que desde el año 2000 a la fecha se sigue pagando medio dólar por hora; en otras palabras, que la situación salarial del obrero mexicano no presenta ninguna mejoría.
    En Canadá, el dato del salario mínimo del año 2000 es de 5.7 dólares por hora y de 10.27 dólares para 2016, un aumento de 4.56 dólares por hora.
    En el caso de Estados Unidos (EE. UU.), el Departamento de Trabajo (DoL, por sus siglas en inglés) establece que los trabajadores de empresas que contraten con el gobierno federal deben ganar, a partir del 1º de enero de 2017, como mínimo 10.20 dólares por hora.
    Asimismo, los trabajadores que cobran propinas y están contratados por empresas que tienen a su vez una relación contractual con el gobierno federal deben ganar, como mínimo, 6.80 dólares por hora. En EE. UU., para el año 2000, el mínimo fue de 7.2 dólares por hora, es decir, mejoraron las condiciones salariales para los norteamericanos en tres dólares, 41por ciento.
    Hay quienes argumentan que el costo de la vida en EE. UU. y Canadá es muy superior al de México; sin embargo, no señalan que en México el obrero tiene que recurrir a la piratería, a la comida chatarra, etc., porque el salario no le alcanza para comprar productos originales o frutas y verduras de primera calidad.
    El empresario mexicano Carlos Slim señaló que debían transformarse los programas sociales en renta fija: “Es mejor dar un salario, por ejemplo, a la ama de casa, y que ella decida qué hace con el ingreso.
    Sería mucho más barato que los programas sociales”. “No cabe duda que el empleo es el factor más importante y único de combate a la pobreza. No es con planes sociales como se resuelve, sino con empleo”; dijo, entonces, que debería darse un salario mínimo a las amas de casa en lugar de programas sociales.
    En otras palabras, sugiere que se dé a las amas de casa dos mil 700 pesos al mes en el mejor de los casos, descargando a las empresas de su obligación de proporcionar empleos, pues los programas sociales se sostienen con dinero público y éste procede de los impuestos; y es bien sabido que la carga tributaria descansa mayormente sobre las espaldas de los trabajadores mexicanos.
    En México no se ve una verdadera intención de que los empresarios reduzcan sus ganancias, lo que es perfectamente posible, para pagar más impuestos y, sobre todo, mejores salarios. ¿Vamos a seguir en la misma tónica de ser “competitivos” como resultado de pagar salarios de hambre a los trabajadores mexicanos, sometiéndolos a prolongadas y extenuantes jornadas de trabajo?
    Hay que recordar que la Economía Política señala que al trabajador se le paga por su fuerza de trabajo, es decir, que al obrero no le pagan por lo que trabaja, pues cuando llega a hacer el contrato con su patrón, aún no trabaja y ahí acuerda el salario que le pagarán; una vez que el trabajador acepta los términos del contrato, tiene que cumplirlo y se pone a trabajar durante ocho horas (en México trabaja en realidad 12 horas en promedio), pero resulta que al final de la jornada produce más riqueza por término medio de lo que el patrón destina para pagarle su salario. Pues bien, el valor producido por el obrero, pero no retribuido a él, se llama plusvalía; esa plusvalía se coagula en la mercancía y una vez que ésta se vende en el mercado se convierte en ganancia.
    Es una propiedad particular de la fuerza de trabajo crear más valor del que ella cuesta, aunque se pague por todo lo que vale (su valor se mide por la canasta básica); la fuente de la riqueza es el trabajo humano; pero los compradores de la fuerza de trabajo descubrieron hace mucho que sus ganancias aumentan considerablemente cuando consiguen pagarle a sus trabajadores salarios inferiores al valor de su fuerza de trabajo; y amasan entonces fortunas fabulosas a costa de la clase trabajadora, cuyas condiciones de vida tarde o temprano se deteriorarán, convirtiéndola en una clase trabajadora enferma e incapaz de producir riqueza, matando así a la gallina de los huevos de oro.
    Por eso vale la reflexión: el trabajador es el creador de la riqueza social y en el marco del sistema capitalista, aunque podría tener una vida mejor, como lo prueban los trabajadores promedio de EE. UU. y Canadá; sin embargo, esos niveles mayores de bienestar que disfrutan los trabajadores de aquellos países, en el marco del TLCAN tiene como contrapartida la terrible situación laboral de los trabajadores mexicanos y, por lo tanto, es necesario un ajuste de salarios; pero no un ajuste demagógico o con base en los programas sociales; es necesaria una disminución de las ganancias de las empresas, de la plusvalía que convierten en ganancia, para que la clase trabajadora mexicana mejore sus condiciones de vida mediante un aumento de salario no inflacionario y, así, pueda vivir dignamente.
        ¿Tendrá la clase empresarial la voluntad y disposición de “sacrificar” sus ganancias en pro del salario del obrero? La historia ha demostrado que no. Es por tanto necesario que el obrero tome en sus manos el poder de este país y dicte las normas del salario de manera que se cumpla lo que la Constitución señala: que el salario sea remunerador. Solo así podrá mejorar la suerte de los trabajadores de México.

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