Objetivo: Ciudad de México 2018
@UTufigno
Cuando los españoles cruzaron el paso entre los guardianes del valle (los volcanes Popocatéptl e Iztaccíhuatl), se maravillaron con lo que vieron y se fijaron un objetivo: conquistar Tenochtitlan a como diera lugar. Moctezuma tuvo un gesto inicial de deferencia hacia los venidos del otro lado del mar y los recibió como si tratara con deidades. Tal y como corresponde a todo malandrín, los conquistadores no mostraron inicialmente sus intenciones, pero pronto hicieron prisionero a Moctezuma hasta que, luego de fieras batallas, vencieron la resistencia de los tenochcas.
Con Tenochtitlan en su poder, Hernán Cortés decidió instalar su gobierno un poco más al sur, en Coyoacán, en donde estableció el primer ayuntamiento de las tierras conquistadas. Sobre la base de la estructura territorial prehispánica, se crearon barrios y luego ayuntamientos. Ahí se fincaría la capital de la Nueva España primero y de México después, con lo que la ciudad construida sobre el lago perpetuó su importancia como centro político y económico del país.
A lo largo de su existencia, el tránsito histórico de la Ciudad de México no ha sido fácil: desde la escisión temprana del Estado de México para crear un Distrito Federal sede de los poderes, pasando por la incorporación de las zonas montañosas hecha por Santa Anna (a partir de una visión estratégico-militar), hasta la supresión de los ayuntamientos en la segunda década del siglo pasado. En este trayecto la capital quedó rebajada a la categoría de un simple “Departamento”, como si fuera una oficina burocrática más.
Por años, el gobierno federal –y el central en su momento- se acostumbró a hacer y deshacer dentro del territorio de la Ciudad de México, a partir de un solo argumento: es la sede de los poderes federales. Eran épocas en las que el partido único tenía el control absoluto, por tanto no existían cuestionamientos a la naturaleza del Distrito Federal ni mucho menos a la falta de derechos políticos de los habitantes de la Ciudad de México. Pero vino el despertar a partir de un movimiento de la Tierra.
Los sismos de 1985 sacudieron edificios pero también las estructuras caducas del gobierno y del partido hegemónico. Las elecciones federales de 1988 vieron cómo se tambaleaba el sistema y la Ciudad de México dio un claro testimonio de lo que pensaban sus habitantes: la votación reflejaba un rechazo mayoritario al gobierno tricolor. La organización que se dio entonces, a semejanza de la habida en 1985, limitó la posibilidad del fraude electoral en la capital. La oposición ganó senadurías, asambleístas y diputaciones, pero el Jefe del Departamento del Distrito Federal volvió a ser impuesto desde Los Pinos.
Sin embargo, había quedado claro que el empuje democratizador en el Distrito Federal no tenía reversa y continuó su avance en los años inmediatos. En 1997 se da la primera elección del gobernante de la Ciudad de México y la izquierda logra una aplastante victoria sobre el viejo régimen. Nacía así una opción distinta que marcaría distancia del gobierno federal no sólo porque sí, sino a partir de una agenda propia basada en los programas sociales, esos que muchos llaman “populismo” pero que no dicen nada cuando se trata de repartir televisiones digitales.
El avance paulatino en la reforma política del Distrito Federal permitió que en el 2000 se eligieran por primera vez Jefes Delegacionales y la titularidad del Ejecutivo local se refrendó en el proyecto de izquierda que encabezó Andrés Manuel. A los olvidadizos, quisiera recordarles que durante los primeros tres años de su gobierno, Andrés Manuel no contó con la mayoría de la Asamblea y aún así consolidó un gobierno fuerte y de oposición. En 2006 se mantuvo la misma línea y en 2012 ganó… ¿la izquierda?
Llama la atención que los diputados federales que más festinaron la votación a favor de la reforma política del Distrito Federal hayan sido los tricolores. ¿Por qué se frotan las manos? ¿Porque piensan que la capital va a caer en sus manos como cayó la gran Tenochtitlan a manos de los conquistadores? Una reforma política en la que los habitantes de la Ciudad de México no hemos sido consultados sobre el tipo de ciudad que queremos, dista mucho de ser una reforma democrática. Es una imposición.