Ojalá más gente ayudara a migrantes: Las Patronas
Amat lán de los Reye s, Ver. Cuando el tren pita por primera vez, ellas empiezan a correr, cargan las cajas de plástico repletas con bolsas de comida y salen rumbo a las vías ubicadas apenas dos cuadras abajo. Son las ocho y media de la noche en La Patrona. El temblor de las vías anuncia a la Bestia. El faro ilumina el valle de Córdoba. Segundo pitido y todas se colocan a la orilla de los rieles alzando cada bolsa blanca con arroz, frijoles, tortillas y una botella de agua. El maquinista de la ruta del Golfo las ve. Baja la velocidad.
El silencio es roto por el estruendo de la locomotora que se acerca. De la oscuridad emergen sombras colgadas en las esquinas de los vagones donde hay pequeñas escaleras. Apenas se ven sus rostros. Estiran el brazo para alcanzar el alimento. Algunos llevan días sin comer.
En un vagón abierto viene una docena de migrantes centroamericanos. Van sentados, otros de pie; se amontonan para agarrar las bolsas. Los primeros gritos se funden con el crujir de los fierros: “Gracias”.