PARTIDOS FACCIOSOS Y CAUDILLAJES
Con motivo de que éste 19 de diciembre se cumplen 114 años de la Promulgación de la Ley Electoral que en 1911 emitió don Francisco I. Madero (documento casi olvidado por quienes hacen política, hablan de derecho electoral, organizan los procesos electorales y/o dirimen conflictos electorales o califican las elecciones), redacto este breve comentario.
Gran alboroto han armado con la figura de los candidatos independientes –en especial entre quienes son adalides del espíritu faccioso o de partido y que buscan el fortalecimiento de la partidocracia-, y entre otros que pretenden hacer pasar tal figura como una gran novedad política; y peor aún, como un inusitado avance democrático.
Ya en esa Ley maderista del 19 de diciembre de 1911 se inscribió la posibilidad de que en las elecciones se pudiese votar por los candidatos independientes; no era necesario para ello que se registrasen previamente. La razón más poderosa de don Francisco I. Madero para permitir que los votantes tuviesen la absoluta libertad para escoger el candidato que quisieran y votasen por él, era que el registro no debería condicionar el voto –si el voto es libre, el votante lo puede emitir a favor de quien desee, de lo contrario el votante tendría que escoger de la baraja de nombres que con anticipación se le ponía a la vista-). El registro no implicaba, para el votante, la necesidad de sujetarse a él, esto es, que forzosamente habían de votar por un candidato registrado. “No”, decía Ramón Prida, “los votantes tienen la absoluta libertad de escoger al candidato que quieran, esté o no registrado”.
Esta distinción de la Ley electoral de Madero da un toque de gran democracia a cualquier régimen; no como ahora, que o escoges a uno de los candidatos de algún partido o escoges a un candidato independiente –independiente de un partido que abiertamente esté detrás de él- que ya con anticipación se autoeligió. Ambrose Biers dice en su Diccionario del Diablo, que candidato es aquel que ya fue elegido, y para los diseñadores de las reglas electorales nuevas del país, esa es la definición que les acomoda y embona.
Otra razón que fundaba la decisión de la ley electoral maderista para permitir al votante que votase por quien quisiese aunque no estuviese registrado previamente era que, si con anticipación se registraba, las fuerzas económicas, de poder o de presión podían llegar a intimidar al candidato registrado o impulsar el registro de alguno, lo cual implica que hubiese sido el espíritu faccioso el que ganase toda elección. Como ha sucedido desde el asesinato de Madero y Pino Suárez. Los candidatos no son del pueblo sino de los facciosos, llámense partido o sector. Partido es una derivación de la palabra parte; es decir, de una parte, o de la que una facción toma parte o forma parte.
Respecto al espíritu faccioso o de partido y los daños irreversibles que causa al desarrollo de una nación y a la democracia, pueden leerse con fruición los artículos-ensayos X y LXX del texto fundador El Federalista.
Santiago (James) Madison, bajo el seudónimo Publius), publico al respecto en El Federalista X: “Por facción entiendo cierto número de ciudadanos, estén en mayoría o en minoría, que actúan movidos por el impulso de una pasión común, o por un interés adverso a los derechos de los demás ciudadanos o a los intereses permanentes de la comunidad considerada en conjunto. La facción es la violencia del espíritu de partido. Nada produce al amigo de los gobiernos populares más inquietud acerca de su carácter y su destino, que observar su propensión a este peligroso vicio. La falta de fijeza, la injusticia y la confusión a que abre la puerta en las asambleas públicas, han sido realmente las enfermedades mortales que han hecho perecer a todo gobierno popular; y hoy siguen siendo los tópicos predilectos y fecundos de los que los adversarios de la libertad obtienen sus más plausibles declamaciones.
“Los ciudadanos más prudentes y virtuosos -amigos de la buena fe pública y privada como de la libertad pública y personal-, se quejan de que el bien público se descuida en el conflicto de los partidos rivales y de que con harta frecuencia se aprueban medidas no conformes con las normas de la justicia y los derechos del partido más débil, impuestas por la fuerza superior de una mayoría interesada y dominadora y que las calamidades que nos abruman las consideran –quizá erróneamente- como obra de nuestros gobiernos; pero se descubrirá al mismo tiempo que las demás causas son insuficientes para explicar, por sí solas, muchos de nuestros más graves infortunios y, especialmente, la actual desconfianza, cada vez más intensa, hacia los compromisos públicos, y la alarma respecto a los derechos privados.
Es el espíritu de partido, el espíritu faccioso el que impone esa práctica al gobierno.”
Esta desviación es común en el país y ha dado como resultado que en México no haya partidos políticos en su definición docta o académica sino partidos facciosos o facciones; y que se llegue a la degradación política de tal figura; –usando las palabras calificativas de Arturo Núñez Jiménez- hay u hubo caudillajes (o partidos de caudillos).