Por mi raza, UNÁMonos
Aunque suele afirmarse, con toda razón, que en nuestro país se fundó la primera universidad en el continente americano –la Real y Pontificia Universidad de México-, es equívoco identificar dicho antecedente con la Universidad Nacional Autónoma de México.
Como tal, nuestra Máxima Casa de Estudios nace de la mano de Justo Sierra en mayo de 1910 bajo el nombre de Universidad Nacional de México. Fue hasta después de una huelga, en 1929, que la Universidad adquiere su autonomía y la incorpora en su nombre.
Antes, en 1921, el Consejo Universitario recibió la propuesta de escudo y lema: un águila mexicana y un cóndor andino -que significan las raíces mesoamericanas- y el mapa de América Latina para no dejar dudas de su identidad; el lema, “por mi raza hablará el espíritu”, significa, en palabras de José Vasconcelos, “la convicción de que la raza nuestra elaborará una cultura de tendencias nuevas, de esencia espiritual y libérrima”.
En su conjunto, lema y escudo, evocan una “raza cósmica”, resultado de las cuatro razas existentes (amerindios, europeos, africanos y asiáticos) que trascenderá los conceptos de raza y nacionalidad en nombre del destino de la humanidad.
A lo largo de su historia, la UNAM ha vivido severos conflictos: el más importante, el de 1968, que desembocó con la matanza de un número incierto de manifestantes en Tlatelolco, entre los que se encontraban no únicamente estudiantes sino muchos otros grupos que habían encontrado en las movilizaciones estudiantiles el espacio para sumar sus demandas.
En los años posteriores, transcurrida la desazón –y el miedo- por la barbarie del gobierno de Díaz Ordaz, surgieron otros movimientos universitarios, como el del CEU en 1986, que sin violencia frenó una reforma, o el del CGH en 1999 que mantuvo cerrada la Universidad por varios meses; el primero culminó de una manera pacífica y el segundo con la entrada de la policía federal al campus universitario.
Según Imanol Ordorika (“Violencia y porrismo en la educación superior”), la derrota del movimiento estudiantil iniciado en 1999 dejó el campo “prácticamente libre para las nuevas manifestaciones de delincuencia y porrismo”, tal y como lo acabamos de ver.
Los llamados “porros” son grupos de choque que constituyen un poder real al interior de las escuelas públicas de nuestro país, principalmente el IPN y la UNAM, que lo mismo dispensan “favores” que persiguen a quienes protestan contra las autoridades universitarias, o manipula las expresiones auténticas de descontento de la comunidad estudiantil.
Sus antecedentes pueden remontarse a los años veinte, con la creación de los “gorilas”, grupo integrado por prefectos de las escuelas, pero más precisamente en los años treinta cuando el rector Luis Chico Goerne organiza un grupo de choque llamado los “pistoleros de la rectoría”.
Como tal, los “porros” surgen en el sexenio de Miguel Alemán, en el contexto de las porras que acompañaban los partidos del equipo de fútbol americano de la Universidad. De ahí su nombre. En las siguientes décadas los “porros” están presentes en la vida universitaria, aparecen por oleadas y luego disminuyen su actividad. Eran el azote de preparatorias y CCH. Su incursión en el campus universitario era más bien escasa. Hasta la semana pasada.
Con los antecedentes que tenemos, no cabe esperar que los sujetos que llegaron -uniformados y en mismo transporte- a la explanada de Ciudad Universitaria para agredir a un grupo de alumnos que se manifestaban pacíficamente, hayan arribado espontáneamente. ¿Quién está detrás de ellos?, ¿a qué intereses sirven?
La historia nos enseña que un conflicto estudiantil mal manejado, por pequeño que haya sido su origen, puede salirse de control. En el presente caso, el conflicto original trascendió del ámbito de un plantel para convertirse en una demanda unánime de la comunidad universitaria: “fuera porros de la UNAM”, grito que se acompañó con una multitudinaria manifestación en CU.
¿Y ahí concluye el recuento? No. Lo peor es que se asoman nubarrones en el horizonte: la incapacidad o impericia de las investigaciones en torno de las agresiones dejó en libertad a los primeros detenidos. Si a eso le sumamos la determinación de la PGR para que sea la procuraduría de la Ciudad de México la que siga las investigaciones al ser “un conflicto entre particulares”, el conflicto puede escalar porque la Universidad es de todos.