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La Verdad del Sureste

PRESIDENCIALISMO IMPERIAL


Villahermosa, Tabasco a 16 de julio de 2018. La vida política del México posrevolucionario del siglo XX se caracterizó por el poder desmedido centralizado en un solo hombre: el presidente de la República. El primer mandatario del país tenía la potestad de decidir sobre cualquier  rincón de la vida nacional. El quitaba y ponía gobernadores en los estados, designaba presidentes municipales, decidía quien llegaba al congreso como senador y como diputado. Todos (o casi todos) bajo las mismas siglas, las del Partido Revolucionario Institucional (Previamente Partido Nacional Revolucionario y Partido de la Revolución Mexicana). Incluso los poquísimos que llegaban por otras siglas (como el caso del PAN, fundado en 1939) debían contar con la aquiescencia presidencial. Así fue durante las administraciones de Lázaro Cárdenas del Río, Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán, Adolfo Ruiz Cortines, y cada uno de los que les siguieron.  
    Durante aquellos años imperiales, no obstante la impenetrable hegemonía política del partido en el poder, hubieron sexenios de bonanza y desarrollo económico en que las condiciones de los mexicanos mejoraron notoriamente, alcanzando incluso niveles de crecimiento impensables hoy en día. Ni que decir del orden social heredado por la “pax porfiriana” retomado después, paradójicamente, en nombre de la Revolución.  En nombre de ese orden social o esa “pax” se llevaron a cabo detenciones y asesinatos de líderes sociales, sindicales, campesinos, estudiantiles, etc.; detenciones como la de Valentín Campa o Demetrio Vallejo, o asesinatos como el de Rubén Jaramillo, y ni que decir de la triste masacre de estudiantes cometida en “La noche de Tlatelolco” aquel 2 de octubre del 68´ y replicada tres años después en el “halconazo” del 71´.
    La suma transexenal de errores políticos y económicos fue minando la credibilidad de ese presidencialismo. Por un lado le restaba simpatías, mientras que por el otro se fortalecía la oposición, de modo tal que en 1989, el partido hegemónico pierde su primer gubernatura (resultando vencedor el panista Ernesto Ruffo Appel en Baja California); en 1997 por primera vez pierde la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados, y en el año 2000 pierde la mayoría en la Cámara de Senadores y la presidencia de la República contra el panista Vicente Fox.
    Pero ese presidencialismo no fue siempre uniforme. El buen desempeño en unos casos y el desastre en otros, de cada periodo sexenal, fue resultado, principalmente de lo que Daniel Cosío Villegas nombró como “El estilo personal de gobernar”. El planteaba que en un sistema en que la concentración del poder político en el presidente era tan grande, los atributos del personaje se permeaban al sistema político entero.
    Aunque hoy en día no existe una hegemonía política como la que rigió durante prácticamente todo el siglo pasado, lo más cercano a ello en décadas, comenzará a funcionar a partir de finales de este mismo año, cuando el nuevo presidente, acompasado por un congreso de mayoría morenista (más aliados) tome protesta de ley, y comience a dirigir el destino de la nación.
    Andrés Manuel López Obrador no tendrá piedras en el camino y podrá gobernar con toda libertad, por lo que el resultado dependerá de su “estilo personal” para ejercer el poder. El decidirá si ese estilo se asemeja al del nacionalismo de Lázaro Cárdenas, al de la industrialización de Miguel Alemán, el de la austeridad y buena administración de Adolfo Ruiz Cortines, la dureza de Díaz Ordaz, el populismo dilapidador, irresponsable y nocivo de Luis Echeverría y López Portillo, o la tecnocracia neoliberal de últimos sexenios.  Por decisión nuestra, la decisión es suya. Que su presidencialismo sea para bien.
Twitter: @MartinezBriceno

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