QUÉ SE HACE? ¿QUÉ DEBE HACERSE?

Coordinador de la Dirección Nacional del Movimiento Antorchista

Muy difícil sería no considerar duras, durísimas las palabras que escribió el Papa Francisco en su exhortación apostólica titulada Evangelli Gaudium (La alegría de la fe), sobre el modo de producción capitalista en el que vivimos. Dijo el Papa: “Así como el mandamiento de ‘no matarás’ pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir no a una economía de la exclusión y la inequidad” y, añadió, “esa economía mata”.

    Llama, pues, poderosamente la atención la rigurosidad con la que la cabeza de los católicos del mundo compara a la economía capitalista con el asesinato de seres humanos, no es cualquier cosa. Pero no fue todo, el Papa también dijo que “Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo”. Y así es, los problemas de todo el mundo tienen su raíz última en esa espantosa miseria que padecen cientos de millones de seres humanos, mientras unos cuantos potentados gozan y dilapidan todo lo que se les viene a la mente. Y, puesto que las palabras del Papa, no tienen desperdicio, me permito citar otras muy elocuentes y precisas:
“El sistema económico actual es ‘injusto desde la raíz’, porque en la economía predomina ‘la ley del más fuerte’; y, refiriéndose a los beneficiarios del sistema, añadió: “todavía defienden las teorías del ‘derrame’, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra por sí mismo mayor equidad e inclusión social. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando”. Se trata, pues, de una condena total y exacta. Sólo espero que Su Santidad no predique en el desierto.
    La esperanza es justificada ya que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), acaba de informar que la desigualdad entre los países miembros de esa institución (los otros deben estar mucho peor), entre los que se cuenta México, se incrementó más entre 2010 y 2012, que en los 12 años precedentes y que, para Estados Unidos, el 10 por ciento de la población más rica “se llevó a la casa la mitad del ingreso generado por esa poderosa economía del mundo”. O sea, pues, que la inmensa mayoría del mundo suda y trabaja para que unos cuantos vivan en la abundancia; recuérdese que apenas hace ocho días, rescatábamos el dato de que sólo con lo dilapidado por los potentados en yates para su diversión unas cuantas veces al año, se podría acabar el hambre del mundo y todavía sobrarían 18 mil millones de dólares.
    Y en México no se cantan mal las rancheras. La realidad –y hasta las noticias que no pocas veces tienen como propósito esconderla- nos confirma las palabras del Papa para nuestro caso. No hablemos solamente de la pobreza en general, sino de una nota periodística de actualidad que debería ponerle los cabellos de punta a todos aquellos padres y madres amorosos y sacrificados que se quitan el pan de la boca para dárselo a sus hijos, que renuncian a comprarse un pantalón nuevo para que su hijo querido tenga uno digno y que se abstienen, pues, de todo lo imaginable para que sus hijos “salgan adelante”. Pues bien, la nota a la que me refiero informa que, según un estudio reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), organización a la que nadie mínimamente informado catalogaría de enemiga del sistema, ha asegurado en un estudio que todos aquellos que hayan entrado al mercado laboral en el año 2012 y subsiguientes (y mientras no cambien radicalmente las condiciones salariales y de retiro), después de pasar toda su vida trabajando, se retirarán percibiendo un 28.5% del salario promedio que ganaban durante su vida laboral. Ese es el futuro que espera a lo hijos después de tantos sacrificios.
    ¿Y qué hacen nuestros gobernantes para resolver la grave situación? Tiran a la basura todas sus más encendidas promesas de campaña, retienen recursos para los municipios en donde viven muchos de los más necesitados, como en Chimalhuacán e Ixtapaluca, niegan la solución a las demandas más apreciadas y urgentes de la población y, por si no fuera suficiente, firman compromisos para resolver problemas sociales y luego se niegan a cumplirlos, todo, por razones de conveniencia política de corto plazo. Como es el caso del gobernador del estado de México, Eruviel Ávila Villegas, que tiene inconformes a la inmensa mayoría de sus gobernados. En una palabra, colaboran aplicadamente a empeorar las cosas con la peregrina idea de que será otro el que venga y las enfrente.
    ¿Qué deben hacer las victimas de este sistema económico “que mata” y en el que “predomina la ley del más fuerte”? Usar su legítimo derecho a la defensa. La revolución mexicana, cuyo aniversario se conmemoró apenas la semana pasada, tuvo como uno de sus resultados más importantes la firma de un pacto social –digámoslo así- sobre cuyas bases habría de transcurrir la vida de la nación entera y que se llama Constitución de los Estados Unidos Mexicanos; en ese pacto histórico, quienes sobrevivieron a los que dieron su vida, que fueron más de dos millones de mexicanos, campesinos pobres la inmensa mayoría, se empeñaron en heredarnos las armas civiles, legales para defendernos de los señores del gran poder que ellos ya sabían que eran temibles. Tenemos, pues, el derecho constitucional de organizarnos, reclamar solución y manifestarnos pacíficamente cuando no se escuchen nuestras demandas. Usémoslo. Y estemos plenamente conscientes de que los enemigos de esos derechos en 1917, existen todavía, tienen poder, actúan y quieren borrarlo con el que suponen que es un argumento ingeniosísimo e irrefutable: el perjuicio a terceros. Pero el ejercicio de todos los derechos, elimina a “terceros” en el momento y lugar en el que alguien ejerce el suyo: el derecho a la vivienda digna no conculca los derechos de otros, pero los perjudica para ejercerlo en el mismo momento y lugar, el derecho a recibir herencias de la misma manera perjudica el disfrute de otros y, hasta el derecho al matrimonio daña a terceros, sí, a todos los que no resultaron ser del gusto de los desposados. ¿Qué debemos, pues, hacer? Seguirnos defendiendo estrechamente unidos.

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