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La Verdad del Sureste

Reconciliación


“El juicio de Nüremberg” es una película que cuenta con un extraordinario reparto: entre otros, Burt Lancaster, Spencer Tracy, Judy Garland y Marlene Dietrich. Filmada en 1961 bajo la dirección de Stanley Kramer y basada en hechos reales, la trama central de “El juicio de Nüremberg” gira en torno al enjuiciamiento al que fueron sometidos cuatro magistrados de la Alemania Nazi acusados de procesar y sentenciar a partir de leyes injustas pero que eran legales en ese momento.

    El fin de la Segunda Guerra Mundial marca el inicio de una serie de juicios en contra de miembros del régimen nazi que son sentenciados a largas condenados o incluso la pena de muerte. Ahí inicia nuestra película. Los procesos llevados en contra de soldados alemanes han significado un severo desgaste entre la sociedad teutona, por lo que ahora la justicia de los vencedores se dirige hacia los juzgadores.
    Durante el proceso, el juez Haywood -norteamericano honesto pero insensible- recibe del fiscal –también norteamericano- no sólo las acusaciones en contra de los magistrados, sino además toda suerte de evidencias gráficas de los horrores del nazismo aunque no tuvieran relación directa con la acusación.
    La película tiene muchas maneras de analizarse –la jurídica es particularmente interesante-, pero me detengo en los momentos previos al dictado de la sentencia. Poco antes de que el fiscal emita sus conclusiones, un mando del ejército norteamericano le trata de hacer ver que una sentencia “dura” podría perjudicar los intereses de los Estados Unidos en Europa.
    De manera similar, Haywood trata de ser persuadido por uno de sus colegas del tribunal para imponer una sanción menor. Otras voces eran coincidentes con dicha petición: una pena severa afectaría el eventual apoyo que el pueblo alemán podría brindarle a los Estados Unidos. Sin embargo, el juez desoyó las sugerencias y dictó la sentencia que creyó conveniente. El propio fiscal, que parecía buscar más venganza que justicia, se sorprendió con la decisión del magistrado.
    La noche del primero de julio, cuando se evidenció que el triunfo de López Obrador no sólo era inevitable sino contundente, una palabra emergió desde la Plaza de la Constitución en la Ciudad de México: reconciliación. A partir de ese momento, Andrés Manuel modificó su discurso de campaña. Ya no era candidato, ya era el virtual presidente electo y debía actuar como tal.
    Como lo hizo Pepe Mújica una vez que ganó la presidencia de Uruguay, quien pidió perdón a la oposición por si “la lengua me llevó demasiado lejos (durante la campaña), pero desde mañana andaremos juntos”. ¿Hay algo reprochable en las palabras de quien ha sido uno de los mejores mandatarios latinoamericanos en las últimas décadas? Y miren que fue guerrillero.
    Las campañas son el escenario idóneo para las expresiones fuertes, para cuestionar al adversario y, de alguna forma, para los excesos verbales. Sin embargo, los amagos y las fintas, al igual que en el fútbol, no siempre terminan en gol, como tampoco terminan en mate todos los jaques que podemos imponerle a nuestros rivales en el ajedrez.
    Propios y extraños se muestran sorprendidos por la cordialidad con la que Andrés Manuel ha tratado a personajes con quienes se mostraba irreconciliable durante la campaña, incluido José Antonio Meade. Puesto en una balanza, ¿esas actitudes favorecen o perjudican a nuestro país?
    Los catastrofistas anunciaban el apocalipsis en caso de que “el intransigente”, “el loco”, “el radical”, ganara la presidencia. “Nos va a meter en una guerra contra Trump, no sabe nada de diplomacia”, llegué a escuchar. La realidad es que Trump envió a funcionarios de primer nivel para reunirse con Andrés Manuel, del mismo modo que los gobiernos de China y Canadá hicieron acto de presencia en la casona donde despacha.
    A sus muchas promesas de campaña, la promesa de reconciliación se visibiliza en esos encuentros. Algunos dudan:
    ¿se está convirtiendo en cómplice? Yo diría, repitiendo una frase que alguna vez le escuché: “en política hay que saber optar entre inconvenientes”. ¿Actuar como jefe de estado o como jefe de partido?
    Sin duda llegará el momento de que rueden cabezas, quizá Lozoya, quizá Graco o Ruiz Esparza, pero se hará sobre la base de justicia, no de venganza, porque, como se dice en El Padrino, sólo “en nuestro mundo no hay lugar para el perdón”.

 

 

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