Removiendo a México
En México hemos tenido la fortuna de haber albergado a algunos escritores famosos. Tal es el caso de Bruno Traven, D. H. Lawrence y de Gabriel García Márquez, sólo por citar tres ejemplos. Pero hay otros más que bien pudieron haber residido en nuestro país o al menos parecería que residieron aquí y en sus relatos narraban sucesos cotidianos.
Por ejemplo, la narrativa policíaca de Truman Capote tendría aquí un semillero de ideas para sus novelas, aunque ni sus relatos más desgarradores se acercan a las realidades que se han vuelto lo cotidiano en un país que está en riesgo -si no es que ya lo hizo- de normalizar los crímenes más atroces que el escritor y periodista norteamericano hubiera podido suponer.
Otro novelista que sería costumbrista en México, es Franz Kafka, quien se distinguía por imprimir en sus narraciones situaciones angustiantes, absurdas o innecesariamente complicadas, como las que ustedes y yo vivimos en prácticamente cualquier tipo de trámite, sin que importe si se trata de organismos públicos o de empresas privadas. Las actitudes kafkianas son inherentes a la burocracia pública y privada.
Si alguien hubiera escrito una novela donde se contara la historia de un convoy que transportaba más de 300 cadáveres a plena luz del día, y que circulaba por importantes municipios colindantes con una de las ciudades emblemáticas de México, seguramente dirían que desbordaba imaginación, que eso no sería posible bajo ninguna circunstancia y que lo más parecido ya había sido visto en una película cubana.
“La muerte de un burócrata”, del director Tomás Gutiérrez Alea, es una comedia que satiriza la burocracia cubana a través de contar la historia de un obrero que muere en un accidente de trabajo y a quien sus compañeros deciden enterrarlo, de manera simbólica, con su carnet laboral. Grave error: sin el carnet, su viuda se ve impedida de cobrar la pensión.
Para rescatar el documento, un familiar de la viuda inicia un viaje sin retorno por todas las oficinas habidas y por haber, sin que logre solucionar el problema, por lo que decide abrir la tumba pero se lleva al tío a su casa. Ahí, preserva el cuerpo con cubos de hielo mientras piensa cómo reintegrarlo a su tumba, propósito en el que fracasa. No les cuento el final de la película.
¿En qué mente del mundo democrático cabe que 322 cadáveres circulen por varios días dentro de cajas de tráiler porque no hay instalaciones suficientes para tenerlos? ¿En el autor de una comedia negra?, ¿en el creador de una absurda historia burocrática?, ¿en la crónica del periodista que lo ha visto todo y ya nada le asombra?
Nos enteramos del “tráiler de la muerte”, abandonado en el municipio de Tlajomulco, por la denuncia vecinal que obligó a las autoridades de Jalisco a reconocer que era suyo, así como su incapacidad para atender los 444 cadáveres sin identificar que resguarda el Instituto de Ciencias Forenses de dicha entidad, de los cuales 322 permanecen al día de hoy en tráileres refrigerados.
Lo ocurrido en Jalisco, de suyo grave, no es caso único en el país pues lo mismo ocurre al menos en Nayarit. Sin embargo, más allá del trato poco decoroso que las autoridades dan a los cuerpos y a los familiares de personas desaparecidas, a quienes ni siquiera pueden dar certeza de la identidad de los cadáveres, preocupa que la muerte circule tan libremente por el país. Y no es una metáfora.
¿Quiénes son esos 322 muertos?, ¿dónde los encontraron?, ¿fueron víctimas de asesinato o de accidentes?, ¿eran originarios de Jalisco, Nayarit, Veracruz, Guerrero, Michoacán, Tamaulipas o del estado de México? ¿Eran mexicanos? ¿Sus familiares los han buscado?, ¿denunciaron su desaparición? ¿Hay algún registro fidedigno de personas desaparecidas con datos de identidad?
La respuesta a las interrogantes anteriores parece ser negativa: no se sabe o no se tiene. A unos días de que se cumpla un aniversario más de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, el “tráiler de la muerte” va a servir para reabrir las especulaciones en torno a su destino final. No sin razón. Nuestra cruda realidad apunta a que si removiéramos el territorio nacional emergerían cadáveres por doquier y probablemente muchos otros más estén dentro de tráileres circulando libremente por las carreteras.