Ricardo el embustero
Se autorretrata como opositor. Inició una falsa precampaña bajo la bandera de unificar a la oposición -o al menos a cierta parte- para enfrentar al viejo régimen que regresó luego de una pausa de doce años. En su camino dijo que sumaba apoyos para su causa y que, finalmente, él era el mejor posicionado. Ha mentido siempre y no ha perdido la costumbre.
El 12 de febrero de 2013, con muchos meses de retraso, se votaba en la Cámara de Diputados la nueva Ley de Amparo que vendría a dar cuerpo a la reforma constitucional de amparo y derechos humanos de 2011. La aprobación se entrampó, particularmente porque había un tema que no era del agrado de los poderosos sectores empresariales y financieros: la suspensión en el amparo.
Para lo no enterados les hago una brevísima explicación de la suspensión: es una medida que impide que los actos de una autoridad se consumen en perjuicio de aquella persona a quien le violan derechos, aunque no siempre se concede. El artículo 129 de la Ley de Amparo establece de manera particular los casos en que no debe concederse la suspensión.
Durante su paso como diputado federal, en que llegó a ser coordinador de su bancada e incluso presidente de la Cámara, Ricardo Anaya participó en cinco periodos de sesiones ordinarias y en dos periodos de sesiones extraordinarias. Se ausentaba poco de la Cámara, pero a pesar de ello la actuación legislativa del panista fue discreta y muy lejana de ser la de un opositor.
No es requisito votar siempre en contra de las iniciativas de ley para ser opositor, pero sí al menos debe votarse en contra de las iniciativas que son lesivas para el interés general. De las docenas de ocasiones en que Anaya tuvo que decidir su voto, siempre votó a favor de las iniciativas que el gobierno de Peña consideró como las más importantes para su gobierno, como la reforma energética, y sólo en 23 ocasiones votó en contra.
El 12 de febrero de 2013, Ricardo Anaya votó en contra de la fracción XIII del artículo 129 de la nueva Ley de Amparo. Esta disposición establece que no debe concederse la suspensión cuando “se impida u obstaculice al Estado la utilización, aprovechamiento o explotación de los bienes de dominio directo referidos en el artículo 27 de la Constitución”. En otras palabras, Anaya votó en contra del interés del nacional. ¿Y así aspira a ser presidente?
Las múltiples “cualidades” que muchos ven en el “joven maravilla”, tales como hablar inglés y francés, tener posgrados o hacer presentaciones al estilo de Steve Jobs, fueron insuficientes para que Anaya brillara como legislador.
El portal “Atlas Político” le da al panista una calificación más bien mediocre: en su desempeño en la legislatura 2012-2015 lo ubica en el puesto 257 de 504 diputados. Aun así contó con el respaldo del PRI para ser presidente de la Cámara, o quizá por ello tuvo su apoyo. El mismo medio señala que Ricardo Anaya, como diputado, no registró declaración patrimonial, fiscal ni de intereses.
9 de enero de 2014. Los Pinos. Al centro, un muy sonriente Enrique Peña encabeza el acto de promulgación de la reforma financiera. A su izquierda, el presidente del Senado, Raúl Cervantes; a su derecha –no podía ser de otra forma- Ricardo Anaya, presidente de los diputados. Los dos legisladores y el Secretario de Hacienda, Luis Videgaray, aplauden el momento de la firma.
Tal vez esos tiempos felices entre el panista y el poder real fueron los que despertaron su ambición para apoderarse del partido blanquiazul y de aspirar a mayores alturas. Desplazó y traicionó a Gustavo Madero, marginó al grupo de Felipe Calderón y propició la salida de Margarita Zavala. Finalmente se quedó con la candidatura de la extraña alianza PAN-PRD.
En el primer debate presidencial, Ricardo Anaya mintió al decir que la delincuencia se había incrementado en la Ciudad de México entre 2001 y 2005. En lugar de presentar tasas de incidencia por cada mil habitantes, que es la metodología correcta, presentó un porcentaje de distribución frente al conjunto nacional. Trató de engañar a todos, en cadena nacional. El panista es un embustero, pero también la última carta que le queda al grupo en el poder.