¿Segunda vuelta para qué?
Desde hace algún tiempo llegué a la conclusión de que la ubicación geográfica de nuestro país fue uno de los factores que más favorecieron nuestro retraso económico, político y jurídico durante la mayor parte del Siglo XX. Lejos de Europa, separados culturalmente de la frontera norte y aislados del resto de los países de Latinoamérica, los sucesivos gobiernos del partido único hicieron y deshicieron a su antojo dentro de nuestros límites territoriales. No les preocupaba el “qué dirán” porque no había nadie que lo dijera.
La evolución del pensamiento que se vivía en otras latitudes apenas nos tocaba. No fuimos campo fértil para la semilla de nuevas ideas. Crecimos con las que creíamos eran las correctas. Por ejemplo, actualmente nos parece una novedad hablar de lo que coloquialmente se conoce como “juicios orales”; sin embargo, esto es un asunto del pasado en otros sistemas jurídicos, incluso en países de Centro, Sudamérica y el Caribe. Pero para nosotros es novedoso y se cacarea como si fuera la piedra filosofal que transmuta el plomo en oro y la corrupción en justicia.
Por otra parte, somos una democracia incipiente, cuyo punto de partida bien puede fijarse en 1988. Dirán algunos que otros países del continente tienen democracias más jóvenes e incluso algunos que nunca han conocido la democracia. Lo único que voy a comentar es que aún suponiendo que esto sea cierto, no debemos perder de vista que somos uno de los países con menor cultura política a nivel continental y uno de los menos participativos. El sistema político logró desarrollar a lo largo del siglo pasado mecanismos de control que siguen vigente y aplicables.
Ante este panorama, poco participativo y poco politizado, la entrega de nueve millones de televisores digitales –por ejemplo- que hace el gobierno federal es una forma de control social. ¿Por qué tanta preocupación por la entrega de televisiones? En otros países en donde ha ocurrido el “apagón analógico”, el gobierno no asume la tarea de cambiar los televisores. ¿Por qué aquí sí? ¿Por qué las voces que llaman “populismo” a los apoyos sociales no llaman igual al reparto de televisiones? ¿Conveniencia mutua?
Nos hemos acostumbrado a que nuestros gobiernos copien otros modelos y los llamen “adopción”, “incorporación” o cosas por el estilo, a pesar de que las más de las veces se carezcan de estudios que valoren científicamente la viabilidad de adoptar tal o cual esquema que se aplica en otra parte del mundo.
El hecho de que un modelo social, político, cultural o económico se aplique en otros países con éxito, no significa que eso va a ocurrir aquí.
El tema de la segunda vuelta electoral en la elección presidencial es una de esas ideas que de cuando en cuando resurge en la clase política, particularmente en la que ve que sus aspiraciones se reducen para el siguiente ciclo electoral o de plano carece de ellas.
Quienes están a favor de la segunda vuelta argumentan, entre otros aspectos, que este mecanismo otorga mayor legitimad y gobernabilidad al candidato que gana en segunda vuelta. Falso, la legitimidad no se obtiene en las urnas y la gobernabilidad tampoco. Por ejemplo, las elecciones de los Estados Unidos del año 2000 y de Alemania en 2005 fueron muy cerradas, pero eso no les restó legitimidad ni gobernabilidad a los gobiernos –respectivamente- de George Bush hijo y Angela Merkel.
En realidad, la segunda vuelta electoral encubre una distorsión de la pluralidad democrática de un país ya que crea mayorías artificiales a partir de la negociación de componendas y favores que poco sirven a la sociedad. Es más, los aspirantes presidenciales ni siquiera se preocupan por tratar de obtener la mayoría en primera vuelta ya que un segundo lugar es suficiente para buscar un acomodo de las fuerzas electorales en la etapa posterior.
En un país como el nuestro, despolitizado y en donde la televisión sigue siendo la gran aliada del sistema, la segunda vuelta sería todo menos un ejercicio democrático e imparcial, no por nada ha desaparecido en prácticamente todos los países de Europa. Si, como se ha reiterado, “la regla de oro de la democracia dicta que se gana o se pierde por un voto”, la segunda vuelta electoral va en un camino opuesto.