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La Verdad del Sureste

SENTIR SIN PERDERSE

La tristeza que sigue trabajando


SENTIR SIN PERDERSE

Hay personas que llegan puntuales a su trabajo, responden mensajes, atienden clientes y cumplen con sus responsabilidades. Conversan con sus compañeros, sonríen ante una broma y regresan a casa después de una jornada aparentemente normal. Nadie sospecha que, desde hace semanas, levantarse de la cama les exige un esfuerzo que antes no conocían.

Quizá atraviesan una separación, la enfermedad de un familiar, dificultades económicas o una pérdida reciente. Saben que algo ha cambiado en su interior, pero continúan haciendo lo que se espera de ellas porque las cuentas deben pagarse, los hijos necesitan atención y las obligaciones no desaparecen cuando atravesamos un dolor profundo.

Solemos reconocer el sufrimiento cuando alguien llora, se aísla o deja de cumplir sus actividades. Resulta más difícil identificarlo en quienes mantienen una vida aparentemente organizada. Hemos aprendido a confundir la capacidad de seguir adelante con la certeza de estar bien, como si cumplir nuestras obligaciones demostrara que emocionalmente nada nos ocurre.

El psicólogo estadounidense James Gross, reconocido por sus investigaciones sobre regulación emocional, ha estudiado la supresión expresiva, una estrategia mediante la cual intentamos contener las manifestaciones externas de nuestras emociones. Podemos controlar lo que mostramos sin conseguir que desaparezca lo que sentimos. Por eso, una sonrisa no siempre expresa alegría ni una jornada productiva garantiza tranquilidad interior. Tampoco debemos asumir que toda persona reservada está ocultando sufrimiento.

Pensemos en alguien que acaba de terminar una relación importante. Durante el día atiende llamadas, resuelve problemas y conversa con sus compañeros. Al regresar a casa, experimenta un vacío que había conseguido mantener al margen mientras trabajaba. No necesariamente fingía cuando sonreía. Podía disfrutar algunos momentos y, al mismo tiempo, sentir profundamente la ausencia de alguien.

Algo semejante sucede con quien enfrenta problemas familiares, pero evita hablar de ellos porque considera que debe mantenerse fuerte. Sigue trabajando, procura que nadie note su preocupación y termina acostumbrándose tanto a guardar lo que siente que incluso le cuesta reconocer cuándo necesita ayuda.

Conviene distinguir entre tristeza y depresión. La tristeza es una emoción humana que puede surgir ante pérdidas, decepciones o cambios importantes. No constituye, por sí misma, una enfermedad. La depresión, en cambio, es un trastorno que puede manifestarse mediante un estado de ánimo persistentemente bajo o la pérdida de interés por actividades antes disfrutadas, acompañado de otros síntomas.

La Organización Mundial de la Salud señala que, durante un episodio depresivo, estos síntomas suelen presentarse la mayor parte del día, casi todos los días, durante al menos dos semanas. Pueden incluir alteraciones del sueño, apetito, energía y concentración. Esto no significa que cualquier tristeza de dos semanas sea depresión, sino que la persistencia, intensidad y combinación de síntomas justifican una valoración profesional. Incluso alguien que continúa trabajando puede necesitar atención clínica.

Mantenerse ocupado durante una etapa difícil no siempre resulta perjudicial. El trabajo puede proporcionar estructura, relaciones sociales y una sensación de utilidad. El problema aparece cuando se convierte en nuestra única manera de escapar de aquello que nos duele.

El psicólogo Steven C. Hayes ha estudiado este fenómeno mediante el concepto de evitación experiencial: los esfuerzos por escapar de pensamientos, recuerdos o emociones desagradables, aun cuando esa conducta termina afectando nuestra vida.

Una pregunta puede ayudarnos a reconocer la diferencia: ¿qué sucede cuando terminan nuestras ocupaciones? Si trabajar nos proporciona estabilidad y todavía encontramos momentos para descansar, relacionarnos y atender nuestras emociones, puede ser un recurso saludable. Pero si necesitamos llenar cada minuto porque cualquier instante de silencio nos resulta insoportable, quizá estamos postergando un dolor que merece atención.

También debemos reconocer una realidad: continuar trabajando no siempre es una elección. Muchas personas no pueden detenerse porque dependen de sus ingresos para sostener a su familia. Decirles simplemente que descansen o acudan a terapia privada puede resultar poco sensible frente a sus circunstancias.

El cuidado emocional no debería ser un privilegio reservado para quienes disponen de tiempo y recursos económicos. A veces comienza con pequeñas pausas cuando son posibles, procurar descanso, compartir una preocupación con alguien de confianza o acudir a los servicios públicos de salud disponibles. Estas medidas no sustituyen la atención profesional cuando es necesaria, pero pueden representar un primer paso.

Los investigadores Margaret Stroebe y Henk Schut desarrollaron el modelo de proceso dual del duelo, que explica cómo las personas que enfrentan la muerte de alguien significativo suelen alternar entre momentos dedicados a experimentar la pérdida y otros orientados a reorganizar su vida cotidiana. No necesitamos permanecer constantemente concentrados en el dolor ni ignorarlo para continuar viviendo.

Aunque este modelo fue formulado para comprender el duelo por fallecimiento, también invita a reflexionar sobre otras pérdidas. Podemos reservar momentos para reconocer lo que sentimos, hablar de ello, escribir o permitirnos llorar, mientras conservamos actividades que nos ayudan a recuperar estabilidad. No existe una manera única de afrontar una pérdida ni un plazo universal para sentirse mejor.

Cuando el sufrimiento se vuelve abrumador, persiste o deteriora significativamente nuestra vida, el apoyo de familiares y amigos puede no ser suficiente. Buscar una evaluación psicológica o médica es importante. Necesitar compañía durante una tristeza comprensible y requerir atención profesional ante posibles síntomas depresivos son situaciones distintas, aunque pueden coexistir.

También conviene revisar nuestras expectativas sobre quienes parecen capaces de soportarlo todo. En muchas familias y espacios laborales existe alguien que siempre resuelve problemas, escucha y encuentra soluciones. Su fortaleza termina convirtiéndose en una obligación. Pero el cuidado emocional no puede depender únicamente de la capacidad individual para resistir. Los centros de trabajo también deben promover ambientes donde expresar agotamiento o solicitar apoyo no sea interpretado como falta de compromiso.

Acompañar emocionalmente exige mirar más allá de la productividad. Preguntar cómo se encuentra alguien, escuchar sin apresurarnos a ofrecer consejos y evitar frases como “échale ganas” puede abrir espacios de confianza.

Una persona puede desempeñar bien su trabajo y necesitar ayuda. Puede reír durante una reunión y llorar al regresar a casa. Puede sentirse agradecida por su vida y experimentar tristeza por algo que perdió. Nada de esto resulta contradictorio.

Quizá debamos dejar de medir a las personas únicamente por lo que consiguen hacer durante el día y comenzar a interesarnos por cómo se encuentran mientras lo hacen. Porque cumplir con todas nuestras obligaciones no siempre significa estar emocionalmente bien. Reconocer esa diferencia puede ayudarnos a mirar con mayor sensibilidad a los demás y a concedernos el mismo cuidado, para aprender a sentir sin perderse.

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