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La Verdad del Sureste

SENTIR SIN PERDERSE

Cuando reconocer un error duele más que cometerlo


SENTIR SIN PERDERSE

Hay personas que pueden pasar días, meses e incluso años sin reconocer que se equivocaron. Pueden justificar lo que hicieron, minimizar el daño causado o encontrar argumentos para responsabilizar a alguien más. Algunas prefieren dejar de hablar con una persona importante antes que pronunciar dos palabras aparentemente sencillas: “Me equivoqué”.

¿Por qué resulta tan difícil admitir un error? ¿Qué sucede psicológicamente cuando alguien se aferra a tener la razón, incluso frente a las consecuencias de sus propias decisiones?

Equivocarnos forma parte de la experiencia humana. Interpretamos mal una situación, reaccionamos impulsivamente, decimos algo que lastima o tomamos decisiones cuyos resultados no fueron los esperados. Sin embargo, mientras algunas personas pueden reconocerlo y corregirlo, otras experimentan una resistencia que parece desproporcionada frente a la equivocación.

Una explicación se encuentra en la disonancia cognitiva, concepto desarrollado por el psicólogo Leon Festinger. Esta teoría sostiene que experimentamos malestar cuando nuestras creencias, actitudes o conductas entran en contradicción. Si alguien se considera una persona justa, reconocer que actuó injustamente puede generar un conflicto entre lo que hizo y la imagen que tiene de sí mismo.

Para reducir esa incomodidad, puede modificar su interpretación de los hechos. En lugar de admitir que lastimó a alguien, argumenta que la otra persona exageró, que malinterpretó sus palabras o que provocó su reacción. De esta manera, conserva una imagen favorable de sí mismo, aunque el conflicto permanezca sin resolver.

También intervienen mecanismos psicológicos de defensa. La racionalización permite construir explicaciones que hacen parecer aceptable una conducta cuestionable. La negación dificulta aceptar determinados hechos y la proyección puede llevarnos a atribuir a otros sentimientos o comportamientos propios que nos cuesta reconocer.

Estos mecanismos no siempre operan conscientemente. Una persona puede convencerse sinceramente de su versión porque admitir otra posibilidad le resulta emocionalmente amenazante. Esto no significa que toda discrepancia sea una defensa psicológica ni que quien sostiene una postura diferente esté necesariamente equivocado.

En otras ocasiones, detrás de la resistencia aparece la vergüenza. Para algunas personas, reconocer un error equivale a admitir que son incapaces, débiles o indignas de respeto. Han aprendido a confundir una conducta equivocada con su valor personal.

Aquí existe una diferencia importante: la culpa puede orientarse hacia lo que hicimos y motivarnos a reparar el daño, mientras que la vergüenza suele involucrar una valoración negativa de nosotros mismos. No es igual pensar “hice algo incorrecto” que concluir “soy una mala persona”. Cuando ambas experiencias se confunden, reconocer una equivocación puede sentirse como una amenaza a la propia identidad.

El problema es que proteger nuestra autoestima mediante la negación puede terminar dañando aquello que intentábamos preservar: nuestras relaciones.

Imaginemos una discusión de pareja. Una persona hace un comentario hiriente y, cuando su compañero expresa cómo se sintió, responde: “Era una broma, tú te tomas todo demasiado en serio”. La conversación deja de centrarse en el comentario y se convierte en un debate sobre si la otra persona tiene derecho a sentirse lastimada.

Algo semejante ocurre en las familias cuando un padre justifica sus palabras porque “solo quería educar”, o en el trabajo cuando alguien atribuye sus equivocaciones exclusivamente a sus compañeros. En estos casos, el conflicto no siempre surge del error inicial, sino de la resistencia a reconocer sus consecuencias.

Debemos distinguir, sin embargo, entre asumir responsabilidad y aceptar cualquier acusación. No estamos obligados a pedir perdón por hechos que no cometimos ni a considerar equivocada nuestra conducta únicamente porque alguien se sintió inconforme. Reconocer errores exige examinar lo sucedido, escuchar otras perspectivas y diferenciar las intenciones de los resultados.

También es necesario comprender qué ocurre con quienes conviven con una persona que nunca parece equivocarse. Pueden terminar explicando una y otra vez lo que sintieron, buscando pruebas de lo ocurrido o cediendo para evitar nuevas discusiones. Cuando esta dinámica se vuelve habitual, existe el riesgo de que comiencen a desconfiar de sus propias percepciones.

Algunas personas llegan a pedir disculpas solamente para recuperar la tranquilidad, aunque no consideren haber actuado mal. Así, una relación puede acostumbrarse a resolver sus conflictos mediante el silencio o la renuncia de una de las partes, en lugar de hacerlo mediante el reconocimiento mutuo.

Reconocer un error requiere una capacidad psicológica fundamental: tolerar la incomodidad de descubrir que nuestra conducta no siempre coincide con nuestros valores. Implica aceptar que podemos actuar injustamente sin que eso determine por completo quiénes somos.

La humildad no consiste en menospreciarnos ni en aceptar todas las críticas. Significa comprender que nuestra interpretación de los hechos puede ser incompleta y que escuchar a otra persona no representa necesariamente una derrota.

Pero admitir una equivocación tampoco termina con decir “perdón”. La reparación exige reconocer qué ocurrió, comprender sus consecuencias y modificar, cuando sea posible, la conducta que provocó el daño. Una disculpa repetida sin cambios puede perder su significado.

Y cuando somos nosotros quienes esperamos ese reconocimiento, conviene recordar algo difícil: no podemos obligar a otra persona a asumir una responsabilidad que se niega a aceptar. Podemos expresar lo sucedido, establecer límites y decidir cómo queremos relacionarnos, pero no controlar su conciencia.

Quizá todos recordamos a alguien que nunca reconoció habernos lastimado. Podemos esperar esa disculpa para siempre, o podemos aceptar la lección más dura: el perdón no siempre vendrá de quien nos hirió, pero la decisión de no convertirnos en el eco de su soberbia es completamente nuestra. Porque al final, quien elige el invicto en todas sus discusiones, termina ganando todas las batallas, pero perdiendo a todas las personas.

Aquí termina el texto, pero comienza el camino para aprender a sentir sin perderse.

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