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La Verdad del Sureste

La tremenda Corte


Lo dudo de la generación “millennial”, pero afirmaría sin temor a equivocarme que la gran mayoría de quienes provenimos de generaciones anteriores hemos escuchado o escuchamos, porque al menos en Ciudad de México aún se transmite, algún capítulo de “la tremenda Corte”, añejo programa radiofónico que no pierde vigencia por la picaresca del personaje principal –“Tres patines”-, quien un día sí y otro también es sentenciado por “el tremendo juez”.
    Dicha emisión, que se mantuvo de manera ininterrumpida al aire en su natal Cuba durante casi 20 años, logró el favor de las audiencias acaso porque había alguna suerte de identificación entre la población y las situaciones que vivían los personajes. Al poco tiempo de la llegada del gobierno de Fidel Castro corrieron toda clase de rumores sobre el destino del programa y los actores, pero lo único cierto es que la mayoría optaron por un exilio voluntario entre México y Miami.
    Pese a especulaciones, la realidad es que la razón principal de la salida de Cuba del elenco de “la tremenda Corte” fue por motivos económicos: si antes de la llegada de Fidel nunca obtuvieron el pago que ellos consideraban adecuado por su fama internacional ni tenían derecho a las regalías del programa, mucho menos las tendrían durante el gobierno de la revolución. Así de sencillo.
    Y al igual que esa “tremenda Corte”, nuestra Corte se empeña en defender sus privilegios económicos a pesar de lo desproporcionado que resultan en un país donde ocho de cada diez personas con ocupación remunerada perciben un ingreso máximo de 13,254 pesos mensuales (INEGI).
    Quienes integran el más alto tribunal del país defienden su ingreso con distintos argumentos que van desde las trampas legaloides hasta decir que su trabajo es de alta especialización o, el peor de todos, afirmar que así se garantiza la honestidad e imparcialidad de sus fallos. El genial humorista Groucho Marx, quien habitualmente interpretaba el papel de abogado, estaría feliz de escuchar este último razonamiento.
    En alguna ocasión Groucho le preguntó a una bella dama si tendría sexo con él a cambio de un millón de dólares (no recuerdo exactamente la cantidad). Ella sonrió coquetamente y le respondió: -por supuesto-. Enseguida él le preguntó si tendría sexo por diez dólares. La dama alzó las cejas, enfurecida, y le replicó: -¿pues quién se cree que soy?-. Groucho le contestó tranquilamente que eso ya había quedado claro, que sólo estaban acordando el precio.
    Así como le ocurrió a la dama de la anécdota anterior, la honestidad se tiene o no se tiene, es una cuestión de principios no de ingresos. Condicionar una actuación de un servidor público por una percepción es una invitación a “aceitar la máquina para que camine”. Hay defensores de oficio, por ejemplo, que dedican más tiempo a un asunto si los interesados le allegan alguna gratificación, práctica que algunos justifican por los desplazamientos hasta el lugar de las audiencias o hasta para disponer de las copias necesarias.  Entiendo que muchos ciudadanos desesperados acuden a este tipo de prácticas, cuando lo que debería haber es una exigencia hacia las autoridades para mejorar los procesos. Y cosas parecidas vemos en hospitales públicos con tal de que se tenga una mejor atención hacia un familiar hospitalizado.  Pero aunque pueda parecer comprensible que el familiar de un paciente o de un procesado busque un impulso adicional a su caso, resulta totalmente inaceptable del lado del servidor público que se encuentra en la élite de los ingresos. Adicionalmente, la imparcialidad tampoco se garantiza con una remuneración estratosférica. Se puede ser perfectamente tendencioso con un salario cientos de veces mayor al mínimo, tal y como podemos verlo en el oficio periodístico, donde afamados columnistas carecen del mínimo de objetividad. Si estos periodistas ganan lo que ganan, es por su proclividad a la desinformación. Quienes integran la Suprema Corte disfrazan sus personalidades con negras y elegantes togas, pero debajo de ellas existe una persona de carne y hueso que tiene necesidades fisiológicas, que requiere comer y dormir como cualquiera de nosotros. Ah, pero que también tiene preferencias ideológicas y políticas. ¿O me van a decir que nadie en la Corte votó el primero de julio para mantener su imparcialidad? Si hubiera sinceridad, Ministros y Ministras reconocerían que votaron contra la mayoría.  
      

 

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