Tristeza, jeringas, dosis, cuerpos marcados: La vida dentro de un picadero en Ciudad Juárez
Ciudad Juárez, México 19 ago 2018.- Tristeza y cuerpos marcados, jeringas y dosis. La vida en un picadero de la fronteriza Ciudad Juárez, en el norte mexicano, es un remolino de dolor y heridas abiertas, una batalla casi perdida contra las drogas.
“Yo me tiro (me inyecto) en la ingle porque ya no tengo venas. Son años consumiendo y ya se me acabaron”, explica a Efe Adán, de 39 años.
Adán vive en una colonia (barrio) de la periferia de esta ciudad de 1.5 millones de habitantes, acompañado de varios miembros de su familia, incluso niños. En un cuarto de la casa, él y otros consumidores toman a diario drogas inyectadas como la heroína.
Extremadamente flaco, tiene los dientes desgastados y un absceso enorme en una de las piernas, fruto de una mala inyección.
Pero también la mente despejada y el hablar tranquilo. Él es el encargado de este picadero, al que la ONG Programa Compañeros acude semanalmente.
“Compañeros nos ayuda en muchas cosas, en cómo prevenir el sida y la tuberculosis, y ya tienen tiempo”, apunta Adán, que hoy recibe de esta entidad fundada en 1986 varios equipos con jeringas nuevas.
Como encargado, Adán cuida e incluso inyecta a los demás usuarios, que durante el día y la noche pasan por el sitio para buscar, además de insumos, un lugar donde consumir alejados de los transeúntes.
A cambio, este hombre que empezó a “agarrar el vicio” de las drogas a los 13 años y es padre de cuatro hijos recibe varias monedas o unas gotas de heroína para su dosis, que completa trabajando de limpiador o pintor.
“No ando de mañoso ni haciendo tonterías, me gano la vida honradamente”, cuenta.
En la casa hay hoy cuatro niñas y un niño, que corretean por el patio sin zapatos. “Me preocupa que se vayan a enterrar una jeringa o una aguja”, dice María del Rosario, de 48 años y hermana de Adán.
Ella dejó de inyectarse hace 15 años, y aunque de vez en cuando consume cristal, dice estar “limpia” y preocupada por si alguna de sus hijas o nietos cae en la adicción.
“El diablo es muy grande y no duerme”, advierte.
En Ciudad Juárez, el nivel de consumo sobresale frente al de otros lugares del país.
En parte, expertos atribuyen al factor frontera y al narcotráfico la fácil accesibilidad a las drogas, que hacen que muchos sucumban a ellas.
Desde hace más de tres décadas, Programa Compañeros hace una encomiable labor de reducción de daños en usuarios de drogas inyectables. Atienden unos 2 mil al año, les ofrecen servicio médico y los visitan en sus zonas de consumo, de igual a igual.
“Trabajamos en unos 60 picaderos dispersos por toda la ciudad.
Algunos son grupos muy reducidos y en otros espacios como en el centro, donde hay mucho trabajo sexual, hay más movimiento”, resume a Efe Julián Rojas, coordinador del trabajo en campo de Compañeros y exusuario, como la mayoría de promotores de salud de la ONG.
Además de jeringas, les reparten un completo kit. En el caso de las trabajadoras sexuales, una labor a cargo de la promotora Zulema Ramírez, les atenúan los daños del consumo fumado de crack con vitamina C y una boquilla para que no se quemen los labios ni los dedos al usar la pipa, que es habitualmente una antena de automóvil.