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La Verdad del Sureste

El último y nos vamos


La historia del sexenio que está por concluir y respecto del cual nos vimos saturados de propaganda oficial en los días previos al último informe presidencial, comenzó a escribirse el día en que el candidato Enrique Peña acudió a la Universidad Iberoamericana en mayo 2012.
    Acostumbrado a los reflectores, como estaba hasta entonces, seguramente pensó que su visita a dicha universidad privada sería un día de campo y que se identificaría con los estudiantes pues él mismo provenía de una universidad privada también confesional. Pero omitió un pequeño detalle: la Ibero es de jesuitas, quienes tienen fama de rebeldes al interior de la Iglesia católica y por eso es hasta el Papa Francisco que un jesuita accede al papado.
    Frente a los estudiantes, la soberbia –o el cinismo, vaya usted a saber- le ganó al candidato. Cuando ya iba de salida decidió regresar para responder una pregunta del alumnado sobre los hechos de San Salvador Atenco en 2005. Peña Nieto no sólo justificó la acción, sino que de sus palabras emanaba la palabra “represión” en las acciones de su futuro gobierno. La reacción de los estudiantes no se hizo esperar.
    El priista apresuró su salida del auditorio y en lo que más parecía un episodio de “El gordo y el flaco”, terminó refugiado en un baño de la universidad. Escondido escuchó los reclamos de los universitarios que le decían que ellos sí tenían memoria, que ahí no era bienvenido, que ahí no lo querían. El mexiquense no tuvo más remedio que hacer lo que en las corridas de toros llaman “la graciosa huida”.
    Las cuestionadas reformas estructurales del sexenio –educativa y energética- nacieron de un pacto entre las entonces primeras fuerzas políticas: PAN y PRD que sumaron sus votos a los del PRI para concretar los deseos del hijo predilecto de Atlacomulco. Sin empacho alguno, las dirigencias perredistas y panistas aplaudieron las decisiones venidas desde Los Pinos. Es verdad que hubo unos pocos puntos en los que desafinaron, pero no en las que más le importaban.
    Hay que ver qué pasó con esas alianzas de conveniencia después del primero de julio de este año. Fracturadas las dirigencias, sin rumbo, los tres partidos lucen desarticulados. Si creyeron que el “Pacto por México” era una gran idea, no se equivocaron: sirvieron para que la ciudadanía reaccionara en su contra.
    Un tercer tema que definirá para la posteridad este sexenio, es el caso de los estudiantes desaparecidos de la escuela normal de Ayotzinapa, hecho respecto del cual Enrique Peña se acaba de equivocar una vez más. Se equivocó al tardar en reaccionar, se equivocó al reducirlo a un problema municipal y luego estatal, se equivocó al atacar al grupo de expertos venidos por parte de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y volvió a equivocarse ahora al defender la mentira histórica construida desde la PGR.
    El todavía mandatario puede creer en los resultados que dejó el procurador Murillo Karam, pero como egresado de la carrera de derecho debería saber que dichas conclusiones serían insostenibles ante un juzgado, donde se necesitan evidencias.
    A la defensa de la mentira histórica que hizo Peña Nieto, no tardó en responder el Equipo Argentino de Antropología Forense que trabajó en el caso: “en 18 meses de recolección y examen multidisciplinario de la evidencia física del Basurero de Cocula no se encontraron elementos científicos que sustenten la incineración de 43 cuerpos en la noche del 26 al 27 de septiembre del 2014 en ese lugar”.
    La lógica que han seguido las autoridades mexicanas es muy simple: un tema de homicidio prescribe y queda en el ámbito local, pero la desaparición forzada trasciende tiempo y fronteras.
    En la “gira del adiós” de Peña no podemos obviar el asunto de la “casa blanca” pues fue el punto de quiebre de la imagen presidencial. Una propiedad adquirida -bajo condiciones más que favorables- a quien fue su contratista preferido. A partir de entonces la palabra “corrupción” fue una compañera permanente de la actuación del gobierno federal, lo mismo en el socavón de la autopista México- Acapulco que en las obras del nuevo aeropuerto internacional.
    Por cierto, se comenta que los empresarios no quieren la concesión del aeropuerto porque el costo de mantenimiento anual será muy alto. Notable descubrimiento.    

 

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