Urdimbres y texturas
-El riesgo de la modernidad; reconstruir el Contrato Social
“Está constituyéndose un nuevo tipo de capitalismo, un nuevo tipo de sociedad y un nuevo tipo de vida personal, todos los cuales difieren de fases anteriores del desarrollo social” U.Beck 2002.
El sociólogo alemán Ulrich Beck se refería a la forma en que los riesgos han cambiado con el paso del tiempo, y con ello se involucran cambios que tienen que ver con la vida cotidiana, desde lo que comemos, dónde vivimos, si conocemos a quiénes viven en el mismo vecindario, o acaso si el hecho de vivir asentados en zonas de riesgo medioambiental, nos hacen más responsables, o simplemente vivimos porque debemos hacerlo.
Los riesgos, según Beck, devinieron, o se transformaron primero en una modernidad de Estados-Nación donde las relaciones sociales en la comunidad tenían sentido territorial, se enraizaban en el hecho de permanecer ligadas a las pautas de vida colectiva, el progreso por el empleo, y el aprovechamiento de la naturaleza. Me atrevo incluir en esa lista la certeza de que se podía vivir de acuerdo a los planes que en familia se podían trazar, para a la larga hacer crecer y legar a los hijos un patrimonio. En ese camino de modernidad que nos ha tocado vivir y que hemos visto crearse con el paso de las décadas, nos hemos acercado a un paulatino socavón, o desgaste de esas pautas de vida, precisamente por la llamada segunda modernidad; es decir, un proceso lento, invisible, incoloro, que nos ha acompañado en los últimos años: individualización, globalización, revolución del género, subempleo, crisis ecológicas, y el que sin duda más daño ha hecho: el derrumbe de los mercados financieros, que afectan no sólo a las economías globales, sino que afectan a las comunidades y, cómo no, a la vida local también.
Esos cinco procesos relacionados que acabo de citar, no sólo dañan a ciertos sectores. No, tiene que ver cómo la sociedad deba enfrentarlos, cómo solucionarlos, o al menos vivir con ellos, siempre y cuando no resulten demasiado caros para pagar.
Desafortunadamente en los hechos, quien ha pagado esos efectos de inmediato es el llamado Estado de bienestar, ése que hizo posible el Instituto Mexicano del Seguro Social, el que llevó a cabo el establecimiento de la Secretaría de Educación Pública, y que hizo posible también, tener la oportunidad de administrar los recursos del subsuelo, como lo fue en su momento Petróleos Mexicanos.Aunque Ulrich Beck advertía en su libro “La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad”, que el Estado debía responder a los desafíos globales, tenía que hacerlo sin renunciar a sus convicciones sociales, políticas y morales, agregaría que ningún Estado debía comprometer el contrato social que ampara dos hechos fuertemente arraigados: la responsabilidad y el compromiso en el ejercicio del poder.
En México, a lo largo y ancho de su territorio, ha quedado demostrado que no hay ya ese Estado benefactor. Tampoco existe ese Estado que administra inteligentemente sus recursos; más bien se ha vuelto a modo y contentillo de algunos. Ha visto el arribo de clases políticas sin formación académica, que aún sin tener los elementos necesarios que la educación otorga. Ya no hablemos del desarrollo de habilidades cognitivas, sino de aquellas que tienen que ver con el acto reflexivo de ser personas, porque como diría don Enrique González Pedrero en una charla: “la educación es para enseñar a pensar, aprender a pensar y resolver problemas en la vida, la reflexión ante todo”. De crecer al final de cuentas en el acto de ser responsables en las acciones a nivel de administración de un ente que nació para ser casa grande: El Estado, como lo que es, es garantía para sus ciudadanos de vivir en paz.
El Estado no es esa loza pesada en la que se ha convertido, donde el ciudadano asume los gastos del servicio público a través de los impuestos; todo orquestado por fuerzas desestabilizadoras que interactúan en las actuales sociedades con la careta de fuerzas financieras y económicas que dictan cómo deben ser el ciudadano, que ya no lo es, ahora es consumidor y votante.
Gasolinazos, incrementos de luz, gas, desaparición de la seguridad social. Esas, son tan sólo una parte de una acción a largo plazo, que tiene como finalidad que pasen por un acto normalizante. Aquí no hay de otra, no se pueden seguir normalizando acciones que sólo comprometen la vida mental, social y objetiva de un pueblo. Le rascan a provocar manifestaciones para controlar por miedo.
Cada día de este inicio de año es un golpe, y el mexicano promedio lo recibe con una impotencia que es dañina. La solución: la acción social inteligente. No esa de líderes salidos al calor de los hechos y que más tardan en gritar que en solucionar. Los partidos políticos tendrán que ejercer de mediadores si es que realmente quieren que esto funcione, o de plano, dejar que los ciudadanos pacten de nuevo, el contrato social, el grado de exigencia depende del diálogo. La sociedad del riesgo que describía U.Beck depende de dónde se sitúe el riesgo. En México, el diálogo pasará por un arduo proceso de desestabilización primero, y quizá, sólo después podamos hablar para medir con quiénes estamos dispuestos a dialogar.