Urdimbres y texturas
El chamuco pasó por Tabasco I
Un poema no es una ciudad, pero una ciudad puede llegar a ser un poema, no una pecera donde se muere uno. Eso pienso. Arquitectos, urbanistas, sociólogos, y en fin estudiosos de las ciudades, se han reunido en un afán de compartir el sentir sobre la ciudad, sobre lo que debe ser, y cómo construirla, en función de lo que ya existe.
Manuales no hay, pero sí muchas ganas de construir a lado de artistas, gastrónomos, turistólogos, personas de a pie, una opción de vida en el perfilamiento de las ciudades y su vida interior: la vida cotidiana.
Cada ciudad tiene una vida interior, y el ritmo que va marcando en el condicionamiento de dónde se siembra una planta, dónde se construye un puente, o bien, los lugares para comer, para trabajar, para vivir.
El ritmo no sólo lo coloca el ciudadano cuando decide quién administra el espacio, también es una decisión pensada, no tomada a la ligera en las agendas de las presidencias municipales; pero esas, por cierto, últimamente lo que más han olvidado es servir. O en su defecto lo han hecho a marchas forzadas. Parece un mal generalizado extendido en muchas ciudades. Servirse del presupuesto y no crecer, y no permitir crecer.
El problema es que no saben qué hacer con la ciudad del pasado, el paisaje actual y lo que se quiere a futuro, o es que de plano tampoco están pensando en eso.
Sucede que no se piensa para qué se quiere la ciudad, es acaso sólo un sitio donde habitan personas. ¿O simplemente es un espacio geográfico que funciona en virtud de tener un gobierno y un gabinete? Las ciudades deben ser pensadas no sólo en un espacio geográfico habitado por personas que buscan vivir, construir y perpetuar su vida a través de dejar una huella en su ciudad natal: la memoria, identidad, representación, y comunicación. Debe ser un espacio de disfrute, digno de caminarse.
La realidad en cifras es temible, se marchita el argumento de la ciudad rescatable, pero es algo imperiosamente necesario discutir: ¿qué se va hacer con la violencia? ¿Con esos ganchos de carnicería con los que se ha contado en los últimos días la historia de la vida cotidiana?
La idealizada ciudad de Villahermosa, es eso, una villa que fue hermosa, pero ahora es, nido de no sabe uno qué cosa. Acontecen sucesos que rayan en las crónicas negras escritas a la dura fuerza de que algo tiene que decirse porque quedarse callado es abonar a la complicidad del “no pasa nada”.
La violencia anidada ahora en estas regiones tiene que ver con luchas internas de otro orden. ¿Qué pasará después? Reconstruir, como en otros lugares por donde pasó el chamuco.