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La Verdad del Sureste

Urdimbres y texturas

Terremotos: montañas de ciudadanos


Septiembre definió en proporciones épicas la acción de los mexicanos en general. Dos sismos, la amenaza de huracanes, inundaciones, lluvias torrenciales y desplazamientos de personas, hicieron presión en los ciudadanos, para dejar la comodidad, de  “ a mí no me perjudicó” por el “estoy aquí”.
     Y de repente surgen las palabras: cotidianidad, solidaridad, acompañamiento, héroe. Pero a lado de cada una de esas palabras está la de ciudadano. Como una fatal ironía, el sismo que cimbró este septiembre a la capital, coincidió con el aniversario del sismo ocurrido en 1985; pero aquella vez las emociones quedaron sostenidas en las manos, en el gesto, en la unión ciudadana, y bajo el resguardo de las grabadoras de periodistas y reporteros gráficos. Nadie supo o nadie sabía cómo explicar lo que aquella generación vivió y quedó registrado en los testimonios de los sobrevivientes.
     Ahora fue distinto, sí hubo daños, pero no en la magnitud en que se presentó en los ochentas; ahora, saltaron a las calles los jóvenes, los no tan jóvenes, y en fin, quien pudo dar en la medida de su condición, registrando en los teléfonos móviles cada situación vivida.
     El oficio de ciudadano no es tal, es una construcción social del mundo moderno; se ha construido en la medida de la demanda, que socialmente las personas activas han trabajado con cada proceso social.
     Los sismos revelaron aquello que permanecía agazapado en la casa, en el trabajo, en las universidades: la participación ciudadana en apoyo a otro, sin esperar la acción de los planes de protección civil, porque la confianza en la administración pública, gobierno y gabinete es nula. Hace mucho que Michel Foucault, sociólogo francés advertía de lo fundamental de la participación ciudadana como algo vivo, activo, sin condicionantes de ninguna naturaleza, pues lo fundamental de ser ciudadano es organizarse para seguir construyendo ciudadanía.
     Ante esa perspectiva, quienes quedaron hechos un embrollo y a un lado fueron los políticos; paralizados por lo que pudiera ser tomado como un atajo para hacerse de votos, se quedaron mirando la acción ciudadana como algo en donde ellos no tenían cabida. Que de hecho fue así. Pues, inconformidad hay por el proceder de los institutos políticos, ante los gastos ofensivos para las campañas, y esos arreglos amafiados que sólo a ellos convienen.
     No debe olvidarse que quienes generan los cambios impulsados por la necesidad, la presión, y la ausencia de líderes que escuchen, es la sociedad organizada. Ahora se le mira con cierto recelo, porque entonces nos hace cuestionarnos, después de este impulso ciudadano, ¿seguirán las estructuras sociales igual?
     Qué va a pasar con esa participación ciudadana? Ese es un reto no sólo para los ciudadanos sino también para los institutos políticos. Así que no es de extrañar que posterior a los eventos del mes de septiembre, los ciudadanos brinquen al siguiente estadio de la política, para organizar y estructurar nuevamente el sistema de partidos que se requiere para estos tiempos. Es, por lo menos, una posibilidad y una necesidad.

 

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